Aurora Nacarino-Brabo Jiménez
Gracias, presidente. Señorías, empecemos por el principio. El 31 de mayo de 2018, hace casi siete años, el diputado José Luis Ábalos subió la escalera de esta tribuna, se aclaró la garganta y defendió durante cuarenta y cinco minutos la moción de censura que pondría fin al Gobierno de Mariano Rajoy para llevar a Pedro Sánchez a la Moncloa. Aquel Día D del sanchismo Ábalos habló de dignidad, decencia y democracia, y el resto es historia. Si Sánchez eligió a Ábalos para la misión más trascendente de su carrera política, fue porque nadie le merecía más confianza que él. José Luis había estado a su lado en los peores momentos, cuando tuvo que abandonar la secretaría general porque el partido no le siguió en su veleidad de pactos con los independentistas. ¡Qué tiempos! ¿Verdad, señorías del Grupo Socialista? José Luis le había acompañado en su gira en coche, como Koldo, como Cerdán, por las agrupaciones socialistas de toda España para ganar unas primarias a Susana Díaz. Con ellos empezó todo. Eran los hombres de Sánchez y así lo reflejaban los periódicos de la época. Un titular del diario El País en 2017 decía: Ábalos, el hombre para construir el partido de Pedro Sánchez. Ya nos avisaban de que el partido de Pedro Sánchez y el PSOE no eran la misma cosa. (Aplausos). Pero allí estaba José Luis y sobre esa piedra Sánchez edificó su iglesia. El presidente le entregó todo el poder: fue su jefe de campaña, en el Congreso lo nombró portavoz, en el partido secretario de organización, y en el Gobierno ministro de la cartera que más fondos públicos reparte a las empresas. Han pasado muchas cosas desde entonces. La iglesia de Sánchez cada vez tiene menos fieles y José Luis ya no está. «Sabes que te tienes que ir ¿verdad?», le dijo el presidente cuando le llamó para fulminarlo. Y todavía no nos ha explicado por qué se tenía que ir. A Ábalos se le imputan hoy cuatro delitos de integración en organización criminal, cohecho, malversación y tráfico de influencias; a su mano derecha, Koldo García, el guardián de los avales de Sánchez, el corazón comprometido, el referente socialista, como lo llamó el presidente, se le considera el brazo ejecutor de una trama de corrupción ligada a la compra de mascarillas en los días en que el común de los españoles vivíamos encerrados en nuestras casas, y Santos Cerdán estoy segura de que ha conocido tiempos mejores. En cuanto al presidente, están imputados su mujer, su hermano, su fiscal general y su ex número dos. Ya saben: dignidad, decencia y democracia. En resumen, Ábalos, Koldo, Cerdán, Sánchez… El coche está para el desguace. Y eso demuestra que la corrupción que rodea a este Gobierno no es una anécdota. No puede considerarse circunstancial ni accidental ni contingente, porque está en el mismo embrión, en el núcleo fundacional del sanchismo. (Aplausos). La corrupción, quién sabe si todavía en potencia o ya en acto, viajaba en 2016 a bordo de aquel coche con Pedro Sánchez. Es irónico. Llegaron al Gobierno con la promesa de combatir la corrupción, y hoy no hay un solo día en que la prensa no hable de la corrupción de este Gobierno. Han colonizado todas las instituciones, han atacado la separación de poderes y han mentido a mucha gente, a gente que les confió su voto, y, en lugar de rendir cuentas, vienen aquí cada semana a hacer oposición a la oposición. Y mientras se dedica a hacer oposición a la oposición, claro, el Gobierno no gobierna, porque lo peor de todo es que un Gobierno que destina toda su energía a defenderse en los tribunales, a apagar fuegos en su coalición y a renegociar en Suiza su hipoteca con Puigdemont carece del liderazgo y la capacidad ejecutiva para hacer frente a los desafíos que España y Europa tienen por delante, y créanme que son desafíos de primer orden. Hay muchas razones que pueden llevar a una persona a corromperse. Contra la corrupción no sirve de vacuna la ideología ni la moral religiosa ni el género ni la clase social, pero siempre hay un denominador común: todos los que se corrompen creen que a ellos no les van a pillar. Pero todos se equivocan. Contra la corrupción solo vale una cosa: atarse al mástil de las instituciones, como un Ulises, para no sucumbir a sus cantos de sirena. Eso es lo que hoy les propone mi grupo a sus señorías. Esta moción ofrece un pacto, un acuerdo para fortalecer nuestras instituciones en materia de colaboración con la justicia, en materia de transparencia y en materia de autonomía e independencia, siguiendo las recomendaciones que la Comisión Europea le hizo a España en su informe sobre el Estado de derecho. Y es algo más; es un recordatorio de la función de este Parlamento, que es escrutar al poder y pedir explicaciones, y la función de cualquier Gobierno, que es ofrecer respuestas y rendir cuentas. Creemos que no puede haber justificación para votar en contra de esta iniciativa. No hay excusas para seguir callando. Hoy mismo el juez del Supremo ha dicho que el fiscal general, y cito textualmente, ha hecho desaparecer pruebas. No sean ustedes como el fiscal general, sean mejores, como aquel juez americano, Louis Brandeis, que decía que la luz del sol es el mejor desinfectante. Que se haga la luz, pues. El Gobierno debe despejar todas las incógnitas, debe relatar todos los pormenores de la relación de la trama con los distintos ministerios, y sus señorías deben saber que guardar silencio ante ciertas conductas no es propio de socios, sino de cómplices. Tampoco está muy claro qué clase de sociedad es esta. ¿Qué coalición puede fundarse sobre el único propósito compartido de hacer imposible la alternancia? Acaso una de socorros mutuos, pero, desde luego, no una de progreso.
En fin, señorías, dijeron que llegaban con tres banderas, pero en realidad llegaban, como el poeta, con tres heridas, ya saben, la de la dignidad, la de la decencia y la de la democracia.
Muchas gracias. (Aplausos).