Carlos Hernández Quero
Gracias, señora presidenta. España ha dejado de ser un país amable para jóvenes, trabajadores y familias. Las últimas décadas han sido de decadencia, de consensos por arriba en los Parlamentos y de lamentos ahogados por abajo en las casas, décadas en las que ha adelgazado la clase media y han engordado tanto el privilegio como la precariedad. Los españoles somos más pobres, estamos más solos y nos sentimos cada vez más pequeños ante fenómenos que nos pasan por encima y que nadie ha deseado. Y en el centro de todo este proceso de desposesión está la vivienda, los hogares por los que el Partido Popular y el Partido Socialista han pasado como un auténtico huracán, extendiendo la incertidumbre donde ya reinaba la estabilidad y poniendo en entredicho esa máxima que dice que las nuevas generaciones vivirán mejor que las anteriores. Ya no. En los últimos tiempos, en España ha habido al menos dos ideas indiscutidas sobre cómo debían ser nuestras ciudades. La primera es que íbamos a ser más flexibles si vivíamos de alquiler y, sobre todo, más libres; que lo avanzado, lo moderno, lo guay y, desde luego, lo europeo era fluir, vivir sin ataduras, sin compromisos, sin poseer nada, sin vincularse de forma duradera a ningún lugar; que es mejor ir con la casa a cuestas como un caracol ―un día aquí y otro allá― o compartir, que, además, es toda una aventura y te abre mucho la mente; que eso de echar raíces o de querer vivir cerca de los tuyos es una antigualla, una reminiscencia de esa España en blanco y negro que habrá que dejar atrás más temprano que tarde. Ya saben: España es el problema y Europa es la solución, el papanatismo de siempre. Lo que callaban los que nos empujaban a convertirnos en jornaleros del alquiler es que en esa Europa tan ensalzada su parque inmobiliario estaba en manos de muy pocos, en manos de un puñado de fondos y de un puñado de alcaldes ansiosos por convertir a sus inquilinos en votantes y a sus votantes en inquilinos. Y lo que también callaban es que dar un portazo a la propiedad era dar la bienvenida a la soledad, a los ahogos económicos, al desarraigo, a los tumbos y a las vidas líquidas. No hay más que ver la España de hoy y compararla con la de hace veinte o veinticinco años para comprobar que aquellos cantos de sirena eran toda una engañifa; que nos dieron gato por liebre; que el esfuerzo económico que hoy hacen las familias para poder pagar una casa es mucho mayor que el de entonces; que la vivienda se ha convertido en un bien de lujo; que ya no se emancipa nadie; y que ni siquiera conocemos a quien tenemos al otro lado del rellano, a nuestro vecino. (Aplausos). Ahora vamos con la segunda idea de que la libre circulación de personas, mercancías y capitales iba a generar espontáneamente un orden mejor en nuestras ciudades y que ahora serían paraísos cosmopolitas donde nos libraríamos de todo atavismo, podríamos hablar mil idiomas, probar sabores exóticos, aprender costumbres pintorescas, cruzarnos con estudiantes internacionales y disfrutar de barrios vibrantes y multiculturales donde jamás nos encontraríamos con nuestra ex. Lo que callaban, de nuevo, los apóstoles de estas medidas es que lo de la ciudad global también tenía truco y que entre palabras bonitas y promesas de una Arcadia feliz en verdad estaban convirtiendo nuestras ciudades en espacios sin alma, en lugares vacíos, a medio camino entre el parque temático y el gueto, a caballo entre un centro comercial infinito y una ‘zona No Go’. Lo que callaban, también, es que mientras unos ―los menos― disfrutaban de restaurantes sofisticados, servicios a domicilio y mano de obra muy barata, los más lo que tenían era inseguridad cotidiana, machetazos, precios desorbitados, sustitución cultural, barrios irreconocibles y problemas de vivienda. Sí, problemas de vivienda, porque hoy el españolito medio vive emparedado, vive en mitad de un sándwich, en tierra de nadie, entre los barrios de precios prohibitivos y los barrios de tránsito prohibido; entre las fortunas extranjeras, que compran a tocateja lo que los nuestros ni siquiera pueden soñar con adquirir a plazos, y los inmigrantes de bajos recursos, que acaparan ayudas y alquileres sociales; entre los maletines y las bandas. Tanto unos como otros han desplazado de su entorno a los españoles medios y les han convertido en extraños en su propia tierra. (Aplausos).
¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sucedido? Que han promocionado tanto el alquiler, han dificultado tanto la compra a millones de españoles y han traído a tanta gente de tantos lugares de forma tan irresponsable que han convertido nuestras principales ciudades en calderas a punto de estallar, con una demanda altísima y una oferta insuficiente, claramente en retroceso, que ha llevado a una burbuja de precios, una burbuja que pagan los mismos de siempre: los nuestros. ¿Y qué han hecho entonces los políticos, qué han hecho para tratar de pincharla? ¿Poner suelo a disposición en lugar de especular con él? ¿Aligerar trámites, trabas, peajes y burocracia? ¿Construir para que la vivienda deje de ser un bien artificialmente escaso y caro y los españoles puedan volver a ser dueños de sus casas? ¿Hacer vivienda protegida? ¿Mejorar las condiciones de financiación para jóvenes y rentas bajas? Nada de eso han hecho. Lo que los políticos han hecho ha sido insistir en la receta que nos había traído hasta aquí, insistir en la senda del desastre: más alquileres y más inmigración. Algunos no se bajarán de la burra hasta que no mandemos al garete todo lo que amamos y lo poco que aún poseemos y conservamos.
Así, en los últimos años, la combinación de regulación excesiva de los alquileres, tolerancia con la inquiokupación y fomento de la inmigración masiva ha llevado a que en España tengamos un millón de viviendas menos en oferta de alquiler que hace cinco años y tres millones de personas más buscando casa. Una jugada de genios; una jugada de genios que, sin embargo, parece que a algunos aún les sabe a poco, porque andan unos prometiendo ventajas fiscales a fortunas extranjeras y otros pidiendo remesas de cientos de miles de inmigrantes cada año, sin preocuparse, por supuesto ―porque esto no le preocupa a nadie―, de dónde van a dormir estas personas que quieren traer, de si nuestras infraestructuras residenciales están preparadas para soportar esa presión o de si más temprano que tarde aparecerán en nuestras ciudades esas escenas que están ya siendo tendencia en otros países occidentales de sinhogarismo, de infravivienda, de chabolismo y hacinamiento. Esto nunca les preocupa cuando los llaman. (Aplausos).
Y fíjense que una de las cosas buenas que tenía el terrible invierno demográfico, el terrible invierno demográfico que asola España, era que en un país con muchas más muertes que nacimientos el problema de la vivienda estaría resuelto; pero es que ni por esas. Ustedes se han empeñado en traer a medio mundo desconociendo lo más básico, que fronteras seguras no son solamente la precondición para garantizar nuestra existencia, sino que, en un contexto de falta de oferta, fronteras seguras son también el requisito para que tengamos precios asequibles en los pisos.
Por eso ―y ya concluyo―, ante la sucesión de disparates, únicamente cabe actuar con determinación, y por eso hay que elegir: o la España de los solares vacíos y los precios disparados, o la España de las grúas y las familias propietarias; o la España en la que compran, alquilan y reciben vivienda social los nuestros, o el país que discrimina a sus propios hijos en su casa; o la España de la vivienda protegida, o la España del coliving; o la España en la que el Estado se forra con los impuestos a la vivienda, o la España en la que la gente puede comprar su casa porque no hay esos impuestos; o la España de la gente decente, o la España de la okupación y la especulación; o la España de los alquileres asequibles, o la España de los alquileres imposibles; o la España de la propiedad distribuida España, o la España de la propiedad concentrada.
Frente al consenso de tantos políticos —tantos— que nos quieren atomizados, divididos y sin propiedad, el consenso de la gente corriente, del español normal, de aquel que lo que quiere es ser dueño de su casa, tener familia, tener raíces y que su barrio siga siendo exactamente eso, su barrio. Lo que nos va a salvar, señorías, no son ni Miami ni Viena; son Carabanchel o Nou Barris.
Muchas gracias. (Aplausos de las señoras y los señores diputados del Grupo Parlamentario VOX, puestos en pie).