Carlos Hernández Quero
Gracias, señora presidenta. Señora ministra, la vivienda es ya el primer problema de los españoles, y no es porque el resto de los asuntos marchan de maravilla, es porque la vivienda está en el centro de todas las nuevas brechas de desigualdad, de todas las frustraciones de la gente corriente y del dolor de todo un país. Está el que quiere tener hijos y no puede porque no tiene piso, tiene zulo; la que cerca de los 40 aún comparte intimidad, sinsabores y turnos de ducha con desconocidos; el que a los 35 vive en casa de los padres y no atisba en el horizonte la posibilidad de emanciparse; la pareja que quiere casarse, pero no puede, porque todo lo que entra en casa se desina al alquiler; o esa otra que consigue pagar el alquiler, gracias a la ayuda familiar, a pesar de que los dos miembros de la pareja se parten el lomo trabajando; o ese padre, con una hija a cargo, al que nadie quiere como inquilino; o esa familia numerosa, que lleva años en lista de espera de vivienda protegida y lo único que se les ofrece son sesenta metros cuadrados por 1250 euros. Está el que se come cada día tres horas de atascos y claxonazos porque la única vivienda que puede permitirse está en las antípodas de su oficina y también el que se siente un forastero en su barrio de toda la vida, porque la vivienda no termina en el felpudo, también importan los barrios, señora ministra. Todo esto no es ficción: detrás de cada ejemplo hay personas de carne y hueso, amigos y familiares con nombres y apellidos, españoles del montón que atraviesan a diario situaciones intolerables. Son intolerables per se porque la crisis habitacional que hay en España ataca su dignidad, su libertad, su autonomía, su privacidad, su estabilidad emocional, su posibilidad de poder organizar el futuro, la posibilidad misma de tener hijos, conciliar y estar cerca de los suyos. Pero intolerable es también en relación con la experiencia del país del que venimos. Nacer en un hogar en propiedad y que te espere un cuchitril no es progreso, ni siquiera en la acepción que el Partido Socialista da a esta palabra. (Aplausos). Y pasar de tener dos casas a tener dos compañeros de piso tampoco suena a avance o a mejora. Que ayer con un sueldo pudieras formar una familia y que hoy con dos y trabajando de sol a sol a lo que puedes aspirar es a tener una mascota tampoco parece un gran logro del que sacar pecho. VOX tiene fama de partido intolerante y, efectivamente, no toleramos el desguace de condiciones de vida y expectativas que se está produciendo en este país. No toleramos que no haya más futuros posibles que los que el viejo bipartidismo ofrece a los españoles. No toleramos que haya caído a la mitad el número de jóvenes dueños de sus casas, que hayan desaparecido los propietarios de rentas bajas o que nos hayamos convertido en el patio trasero de los ricos de todo el mundo. No toleramos que lo que no pueden comprar Pau y Elsa o Marta y Paco lo compren a tocateja fortunas extranjeras, a las que les importan un carajo nuestros barrios y nuestra identidad. No toleramos que a los hijos de media España se les haya condenado a dejar atrás su tierra para acinarse en semisótanos en Madrid o Barcelona porque a algunos muy caprichosos y muy ideológicos se les ocurrió que lo mejor era acabar con la industria y la vida en el campo en sus lugares de origen. Y no toleramos, por supuesto, el socavón que los políticos han cavado para dejar fuera de juego a una generación, la más joven, a causa, por supuesto, de sus intereses electorales. (Aplausos).
Señora ministra, la edad de oro de la propiedad coincidió con la edad de oro de los barrios, las pequeñas ciudades, las familias, la natalidad, los vínculos fuertes, el ahorro, la seguridad, la independencia económica de la gente corriente, es decir, con el poder de las familias y los españoles, cualesquiera, frente a la arbitrariedad de políticos y la voracidad del mercado. Y ahora que todo esto se ha desmoronado, la era de la precariedad que se abre ante nuestros ojos coincide con la edad de oro de los minipisos, los Lexatines, las adicciones, las depresiones, las pantallitas, los mataleones, la pobreza infantil, los exiliados, el invierno demográfico, los tumbos de un lado a otro y los suicidios, sí, los suicidios también, que no paran de aumentar. Antaño, habríamos dado causas materiales, lo habríamos vinculado a la extensión de los agobios económicos, el aumento de la soledad, la inestabilidad perpetua, el nomadismo habitacional, el desplome del poder adquisitivo, la falta de recursos o el desarraigo. Hoy, los cantamañanas de este Gobierno nos dicen que no, que todo eso tiene que ver solamente con la masculinidad tóxica y el heteropatriarcado. (Aplausos). Hay que tenerlos bien grandes, la verdad.
Hace ya un año, señora ministra, en nuestro primer debate parlamentario le presenté un fresco bastante similar a este, y sería lógico que usted me dijera que me repito: angustia, desesperanza, destrucción de lazos, proyectos vitales paralizados, bloqueados, entornos irreconocibles… Y, si nada cambia, señora ministra, y tenemos la ocasión de vernos aquí dentro de otro año, si no hay milagros o caídas del caballo de por medio, seguiremos en las mismas, seguiremos avanzando con paso firme y decidido hacia el precipicio. Desde aquel primer intercambio, todo está realmente peor; eso sí, a golpe de récord, pero peor.
Tenemos cifras récord en el retraso de la edad de emancipación: la tasa de jóvenes que viven fuera del hogar de los padres es la más baja desde que hay registros. Récord también en transacciones de nuda propiedad, que creo que es uno de los indicadores más estupendos para poder comprobar la miseria en la que chapoteamos. Récord en el precio de los alimentos, récord de impuestos, récord de coste de la vida, récord en el porcentaje de ingresos que un joven en solitario ha de destinar para pagar el alquiler, 102 % para pagar la casa y los suministros —b uen récord ese—. Pero la cosa no acaba ahí. Récord de inquilinos en riesgo de exclusión social, casi la mitad. Récord de personas viviendo en situación de sobreesfuerzo, doblando la media europea. Récord de precios tanto en compra como en alquiler. Récord del precio medio de una habitación: 520 euros una habitación en piso compartido y hace diez años 520 euros era el precio medio de una vivienda entera en España. Récord de extranjeros comprando vivienda en España. Récord de españoles viendo en alquiler de temporada o por habitaciones. Mete miedo imaginar qué nuevos récords habrá dentro de un año por los que podrán ustedes ponerse medallas. (Aplausos).
¿Y qué problemas de vivienda hay en España? Múltiples, desde luego, y usted lo sabe bien. Pero vayamos a lo básico, al meollo del problema. Simplifiquemos un poco y hablemos exclusivamente de alquileres. El problema de la vivienda en España se resume en que hay un desajuste atroz entre oferta y demanda, entre la gente que necesita una casa y los pisos disponibles. Creo que estaremos todos de acuerdo en que hay un desajuste brutal, menos el señor Serna, que nos ha contado que no hay ningún problema de oferta en este país. Los demás podremos llegar a este consenso, a que hay un desajuste brutal entre la gente que busca casas y las casas disponibles. Este desajuste tan dramático ha llevado a una subida drástica de precios, de hasta el 80 %, desde el año 2014, momento desde el cual estamos sumidos en una auténtica burbuja de los alquileres.
Si tenemos claro que este es el principal problema, habrá que hacer una de dos cosas: ampliar oferta o tocar alguna cosilla del lado de la demanda. Vamos a ver qué es lo que ha pasado con la oferta. ¿Qué formas posibles hay de ampliar oferta? Primero, construir. En la situación actual parece que lo suyo es abrir la ventana y toparse con un mar de grúas allí donde haya precios muy tensionados, pero no. Error. Llevamos quince años estigmatizando la construcción, quince años cargándonos el sector, diciéndole a la gente que los trabajos manuales son de pringados, abandonando la formación profesional, bloqueando proyectos urbanísticos, sacando regulaciones cada vez más restrictivas sobre el suelo, poniendo infinidad de trabas, peajes, burocracia, tasas e impuestos a la edificación, permitiendo que el Estado se enriquezca con una necesidad pública y se convierta en el principal especulador de suelo. Resultado: aquí no construye ni el Tato. (Aplausos). No llegamos ni a noventa mil viviendas construidas al año, y sabemos que se constituyen, aproximadamente, el triple de hogares cada año. Son noventa mil viviendas y se constituye el triple de hogares. La estimación para 2039 del INE, sin bandazos demográficos ni censos poblacionales adulterados, es que se formarán, al menos, 250 000 hogares nuevos cada año. Si a esto le sumamos que, como algunos creen, hay que traer doscientos mil inmigrantes más cada año, tenemos un problema muy gordo con la oferta. (Aplausos).
Pero, bueno, no pasa nada, no vamos a construir porque el Gobierno tiene otras soluciones y vamos a escucharlas o bien no es muy social y se ha sacado de la manga el as de la empresa pública de vivienda. Vamos a ampliar oferta gracias a la iniciativa de la Administración. Pues no, error también. Resulta que quieren tratar una crisis tan acuciante como la falta de vivienda en España como si fuera una crisis de comunicación. Reúnen en una sala a los genios del marketing político, un poco de brainstorming, un nombre chulo y pegadizo y patada a seguir. Cuando los españoles quieran que se rindan cuentas ya en media hora habrán aparecido nuevas películas, y aquí paz y después gloria. El problema es que algunos tenemos memoria. ¿Dónde están las 184 000 viviendas que prometió Sánchez? O, por irnos un poquito más atrás, ¿sabe usted cuántas prometió Zapatero en el programa de 2008? (Aplausos). Lo puede buscar ahora mismo. Prometió 1,5 millones: 600 000 en alquiler social y 900 000 en vivienda protegida. En Cataluña, Illa promete ahora 50 000, que son las 50 000 que prometió Montilla en 2006. Imagino que pronto convocarán a todos los agraciados a la entrega de llaves en Moncloa y pedirán perdón por este retraso de más de dos décadas. (Aplausos).
Y, claro, sin vivienda social, si la empresa pública de vivienda es un camelo, si no se construye, si no se rehabilita, si no se aumenta edificabilidad ni altura ni densidad, pues se van acabando las balas. Pero, bueno, confiemos. Ustedes son unos entusiastas del alquiler, así que cabe pensar que tienen el asunto bastante bajo control, que saben cómo hacer que la gente consiga tener un alquiler asumible, asequible y duradero. Lo cierto es que llevan cinco años tocando todas las teclas posibles de la intervención en el mercado: prórrogas forzosas y extraordinarias de los contratos; congelación de la actualización de rentas; tolerancia con la ocupación; permisividad de la morosidad arrendaticia; controles de precios; laberintos para poder recuperar la posesión; traslado de la responsabilidad al particular, al que se le dice «ahí te apañes», mientras el Estado se lava las manos y no cumple con el artículo 47 de la Constitución, que le mandata a él y no al particular.
En definitiva, hay toda una serie de políticas y regulaciones aparentemente muy bien intencionadas, que suenan muy bien en los oídos, pero que saben muy mal en el paladar. ¿La política se mide por intenciones? No, lo cierto es que se mide por resultados, y con todas estas políticas ha pasado exactamente lo que ya sabíamos que iba a pasar, lo que ya ha pasado en todos los lugares donde se han tomado estas medidas: el desplome de la oferta de larga duración. En Barcelona, un 75 % menos; en Madrid, un 50 % menos; en España, 40 % menos. Hay un millón de casas menos y en el mismo periodo de tiempo han entrado en España tres millones de personas. Un millón menos, tres millones más: a lo mejor estamos generando un pequeño problemita con el tema de la oferta. (Aplausos).
¿Qué más, además del desplome de oferta? El aumento de otras opciones, que son indeseables para las familias, como la de temporada turística o por habitaciones, así como la subida de precio de las piezas más baratas del mercado, las condiciones leoninas para los inquilinos, los castings inmobiliarios, las colas que dan la vuelta a la manzana para ver los pisos más baratos del mercado de alquiler en cada ciudad, la multiplicación del número de contactos que tiene cada anuncio —por encima de los trescientos contactos tiene cada anuncio en Barcelona de gente que quiere ir a ver cada piso—, la reducción drástica de la firma de contratos, el abandono por parte de los propietarios del mantenimiento de sus inmuebles y la crecida del mercado negro. ¿Y quiénes son los perjudicados? Los vulnerables, aquellos a los que ustedes decían que querían proteger. Han creado una casta de nuevos parias, a los que nadie quiere alquilar: jóvenes, personas con hijos a cargo, familias de rentas bajas, desempleados, autónomos, pensionistas con pensión muy baja… Siendo amables, podríamos decir que han generado justo lo contrario de lo que pretendían. Conociéndolos, cabe decir que quizá han generado justo lo que querían.
Si la vivienda, señora ministra, es un bien escaso, caro y tremendamente lucrativo para unos pocos es porque todas las acciones que se han tomado en vivienda en los últimos años en este país han ido encaminadas a ello, a reducir oferta cuando más se necesitaba y a tensionar la demanda trayendo y trayendo más gente, negándose a aceptar la evidencia de que, cuantas menos casas y cuanta más gente, más dolor, más escenas inasumibles y precios más altos.