Guillermo Mariscal Anaya
Muchas gracias, señor presidente. La verdad es un bien frágil y hoy más que nunca estamos obligados a defenderla. Puede parecer muy fácil hacer que la gente crea una mentira, pero resulta muy difícil deshacer ese trabajo después. En este momento estamos ante una mentira que amenaza el futuro de todos los españoles. El Gobierno repite como un mantra que la energía nuclear no es competitiva, pero esa afirmación no es más que otra de sus falsedades. ¿No es competitiva? Si no lo es, es porque el propio Gobierno se ha encargado de que no lo sea. Es este Ejecutivo el que ha diseñado un marco regulatorio que la estrangula y la asfixia. (Aplausos). Ese es el plan inconfesable: forzar su inviabilidad para que a las propias centrales no les quede otra alternativa que el cierre. Mientras, fuera de nuestras fronteras esta tecnología vive un auge sin precedentes. Son quince ya los países en la Europa continental que cuentan con programas para su impulso. A esta corriente también se suma ahora el Reino Unido. ¿Con qué palabras ha justificado el primer ministro laborista el cambio de opinión? Porque quieren dejar de ser rehenes de Putin, por ese motivo. Señorías, la manifestación del 18 de enero hizo que muchos españoles abrieran los ojos. Esos miles de personas que en Extremadura, en Cáceres, se manifestaron contra el cierre de Almaraz nos han dado un ejemplo que debemos agradecer y que nos sirve de guía. (Un señor diputado: ¡Muy bien!―Aplausos). Sus representantes nos acompañan hoy en la tribuna para manifestar, una vez más, el sentir y la honda preocupación de la comarca del Campo Arañuelo. Por ese motivo les damos las gracias. (Aplausos). Hoy no hablamos solo de energía; hablamos de coherencia, de estrategia, de supervivencia económica y de autonomía estratégica, porque estamos ante la enésima demostración del doble rasero con el que este Gobierno maneja las políticas públicas: antepone siempre su ideología a las personas. Mientras aquí, en España, la exministra Ribera dictó la sentencia de muerte de la energía nuclear, en Bruselas ahora la defiende con sorprendente fervor. Mientras aquí impulsó su cierre irresponsable y precipitado, la Comisión Europea, a la que ella pertenece, presentará en pocos días su nuevo programa de producción nuclear. ¿Por qué esta energía, que es reconocida por la Unión Europea como una herramienta fundamental para la descarbonización y la reindustrialización, está siendo demonizada por este Gobierno? Los representantes del Partido Socialista defienden fuera lo que niegan dentro; un cinismo que compromete nuestro futuro.
Mientras otros países toman decisiones para fortalecer su autonomía estratégica, España va en la dirección contraria. Esta semana Letonia, Lituania y Estonia han cortado, por fin, su última conexión eléctrica con Rusia. ¿Y qué dijo el comisario europeo de Energía, el danés y socialdemócrata Dan Jørgensen? Ningún país europeo debería depender de Rusia para nada. Y bien, mientras la Unión Europea ha reducido al 15 % las importaciones de gas ruso, España, con las políticas energéticas del Gobierno socialista, ha convertido a Rusia en su segundo proveedor, pasando del 1 % cuando el tándem SánchezRibera alcanzaron el Gobierno al 21,3 % con el que cerraron 2024. Un leve incremento, levísimo, del 2000 %. (Un señor diputado: ¡Qué barbaridad!). Es obvio que este gas tiene un coste oculto, pues limita nuestra libertad al hacernos más dependientes de quien trata de socavar los fundamentos últimos de nuestra democracia. Y si la autonomía estratégica garantiza la libertad ―y en eso estamos todos de acuerdo―, ¿por qué este Gobierno quiere cerrar una tecnología que proporciona fortaleza industrial, energía de forma continua, segura, limpia, libre de emisiones y que reduce la dependencia exterior?
Con la extensión de la vida útil que aboga esta proposición no de ley de Almaraz en Cáceres, Ascó y Vandellós en Tarragona, Cofrentes en Valencia o Trillo en Guadalajara, ¿seremos más o menos libres, más o menos dependientes? España es hoy el único país del mundo con reactores en operación que ha decidido cerrarlos. ¿Y cuál es la alternativa? A esa pregunta el Gobierno sigue sin responder. ¿Cuáles son las consecuencias económicas y sociales para las comarcas donde se ubican estas instalaciones y para el conjunto del país? ¿Qué propone el Ejecutivo para garantizar el suministro eléctrico de forma continua? No propone nada. ¿Y la industria? El precio de la energía es la principal variable para una industria. Además, se prevé un enorme crecimiento del consumo eléctrico, obviamente, por la descarbonización, así como por los centros de datos y el desarrollo de la inteligencia artificial. ¿Qué ofrece este Gobierno? Bien, el año pasado, durante dos días consecutivos, dos días, Red Eléctrica tuvo que cortar el suministro a parte de la gran industria para evitar apagones en los hogares y el colapso del sistema eléctrico español; dos días de incertidumbre, de miedo a un apagón generalizado. Y eso ocurrió con cinco de los siete reactores operativos. ¿Alguien se ha preguntado qué pasará cuando no quede ninguno?
Cataluña. Un 60 % de la energía eléctrica que se consume allí depende de Ascó y Vandellós. ¿Qué futuro les espera a las fábricas del cluster químico de Tarragona y a sus 11 000 empleados, el más importante del arco mediterráneo? ¿Qué les dirán cuando la electricidad se dispare y los costes hagan inviables esas empresas o no llegue el suministro eléctrico? Las centrales nucleares españolas se encuentran entre las más seguras del mundo. En ellas se genera el 20 % de la electricidad de nuestro país con apenas el 6 % de la potencia instalada. Hablamos del 25 % de la electricidad libre de emisiones de nuestro país; 25 %. Cerrarlas significaría enviar a la atmósfera cada año 20 millones de toneladas de CO2 adicionales. ¿Esa era la transición verde de Pedro Sánchez de la que tanto habla? ¿Esa era la transición verde? ¿O más bien la transición de Sánchez sería la segura subida de precios con la desaparición de reactores nucleares? (Aplausos).
Como vemos, no hay razones ni económicas ni de sostenibilidad ambiental ni de autonomía estratégica para el cierre. España necesita un modelo energético que cuente hoy con energía nuclear porque es una pieza clave en esa ecuación. ¿Tan dañina puede ser una ideología o, mejor dicho, una obsesión, señores de Grupo Socialista? ¿Tan dañina es esa obsesión? Y les miro a ustedes. Cerrar las centrales es un error monumental, un suicidio energético, una decisión basada en la ideología y no en la racionalidad. Señorías, aún estamos a tiempo de que rectifiquen. Ahora, en el Grupo Parlamentario Popular les anunciamos que no vamos a rendirnos, que la estrategia que este grupo parlamentario lleva para que esto no suceda seguirá toda la legislatura y en el Gobierno del presidente Feijóo cambiaremos esta torna.
Gracias. (Aplausos.―Un señor diputado: ¡Bravo!).