Esperanza Gómez Corona
Representante del Parlamento de Andalucía.Página 5Vídeo
Muchas gracias, señora presidenta.
Señorías, es un honor estar hoy aquí en la sede de la soberanía popular española, y hacerlo, además, en representación del Parlamento de Andalucía. Mayor aún, si cabe, es el honor porque la proposición de ley que hoy traemos fue aprobada por unanimidad y puede cambiar la vida de miles y miles de personas con discapacidad intelectual y de sus familias.
Por fortuna, la percepción de la discapacidad está cambiando, y en los últimos años estamos asistiendo a reformas profundas en nuestra legislación, que ya considera, por fin, a las personas con discapacidad como personas con plena capacidad jurídica, capaces de tomar sus propias decisiones y a las que el ordenamiento solo tiene que proveer de apoyos puntuales cuando sea necesario. Recientemente, además, se ha modificado la legislación electoral para garantizar su derecho de sufragio; y hace ahora un año estas mismas Cámaras modificaron el artículo 49 de la Constitución para eliminar la palabra disminuido del texto constitucional.
En esta línea de avance en el reconocimiento de sus derechos, pero también de su diversidad, presentamos hoy una reforma del Estatuto Básico del Empleado Público para adaptar la normativa de acceso al empleo público a la realidad de las personas con discapacidad intelectual.
Como saben, esta norma contiene una reserva del 7 % de plazas para para personas con discapacidad, y de ella reserva un mínimo del 2 % para las personas con discapacidad intelectual. La inclusión de este cupo en el Estatuto Básico supuso, sin duda, un paso de gigante al establecer por primera vez en una norma con rango de ley la obligatoriedad de la reserva de plazas para un colectivo con unos índices de desempleo superiores al 85 %.
Sin embargo, muy poco se dijo entonces de cómo debía producirse ese acceso al empleo público. En consecuencia, la inercia propia de las cosas ha hecho que se utilizara el mismo sistema que para el acceso de las personas sin discapacidad, la prueba teórica. En el fondo, les estábamos aplicando nuestro método: si la regla general es el examen, en el caso de la discapacidad intelectual también, aunque con un temario adaptado y algunas facilidades. Un examen más facilito, pero un examen, en resumidas cuentas.
El paso del tiempo ha puesto de manifiesto que, si queremos cumplir con ese cupo del 2 % y hacer que el examen responda al mismo objetivo que en los demás casos —es decir, valorar la idoneidad de las personas candidatas sobre la base del mérito y la capacidad—, una prueba teórica no solo no es la más apropiada, sino que es ineficaz para cumplir ese objetivo.
Las personas con discapacidad intelectual tienen enormes dificultades para memorizar cuestiones relacionadas con nuestro ordenamiento jurídico, con nuestro sistema político español o con nuestras leyes administrativas. Pasan años estudiando y las familias nos cuentan que ese tiempo supone una auténtica tortura porque, no lo olvidemos, en el caso de la discapacidad intelectual se involucra y estudia toda la familia. He conocido a madres que adaptan temarios y buscan información, por lo que acaban conociendo los temas mucho mejor que sus hijos e hijas. Y es así porque no todas las personas con discapacidad intelectual están preparadas para una actividad memorística; incluso cuando son capaces de aprender, cuando superan esa barrera, no siempre pueden afrontar una prueba teórica, un examen que suele ser tipo test y que no pueden abordar. Porque, si difícil es adquirir los conocimientos teóricos necesarios, mucho más difícil es saber plasmarlos o volcarlos en una prueba teórica, por fácil que nos parezca a nosotros y nosotras. En consecuencia, llevamos años con un sistema que, si bien ha supuesto un avance, no es adecuado para las personas con discapacidad intelectual, que tienen problemas para hacer el examen, pero que podrían desempeñar muchas otras tareas dentro de la Administración.
Por eso les proponemos una prueba de situación, una prueba práctica en la que se valoren sus competencias en el desempeño de las tareas que van a realizar en la Administración, que no tienen nada que ver con el conocimiento de la Constitución o de las leyes administrativas. Sería una prueba que valore sus competencias, diversas —es verdad—, pero aptas para el desempeño de un empleo público. Hasta ahora lo que ha primado ha sido la concepción de la discapacidad como una minusvaloración de su capacidad. No siempre las vemos como personas adultas con capacidades diferentes, sino que las vemos como eternos niños y niñas. Pero las personas con discapacidad intelectual tienen los mismos sueños que las demás: quieren emanciparse, amar, trabajar y aportar a la sociedad. Por eso, la responsabilidad del poder público, de la Administración Pública, es enorme. No basta con establecer un cupo y dejarlos a su suerte, ahora toca hacer lo más difícil: ponerse en su piel y buscar la manera de medir sus capacidades no basándonos en nuestro rasero, sino en el suyo, con un sistema que no es el más cómodo, que no es el más fácil, pero sí el más justo y, lo que es más importante, el único capaz de medir sus competencias reales, porque las tienen y están deseando enseñárnoslas. Un sistema, además, que permitirá cumplir con los objetivos de mérito y capacidad, y lograr una Administración eficaz.
Por eso ―y acabo señorías― en nombre del Parlamento andaluz les traemos una iniciativa que no abre telediarios, pero que permite dignificar nuestra tarea de representantes públicos y que sirve para hacer justicia con las personas con discapacidad intelectual, que tienen derecho a que el mérito y la capacidad se midan con criterios aprobados para ellas. De esta manera, señorías, solo podemos pedirles que apoyen la toma en consideración de esta iniciativa, que ya cuenta con el apoyo unánime del Parlamento andaluz. Hagamos política con mayúsculas y hagamos historia.
Muchas gracias. (Aplausos).