Isabel Iniesta Egido
Gracias, presidenta. Buenas tardes. Señorías, hoy defendemos a los consumidores frente a prácticas empresariales abusivas, un tema que nos afecta a todos en el día a día. A principios del pasado mes de septiembre, el Grupo Parlamentario Socialista subió a esta tribuna para defender una iniciativa propia por la que se instaba al Gobierno a adoptar medidas en relación con la práctica de la reduflación; esto es, pagar más por menos, reducir el tamaño de un producto manteniendo el precio, recibir menos cantidad por el mismo dinero, lo que se traduce en subir los precios sin que te des cuenta de inmediato. En aquella ocasión, con motivo del debate, varios grupos indicaron que el Gobierno ya debería haber legislado al respecto, por ello me voy a permitir llevar a cabo una pequeña reflexión: si legislar es una potestad de esta Cámara y no del Gobierno, el mismo reproche merecemos cualquiera de los grupos parlamentarios presentes hoy en el Congreso por no haberlo hecho antes. (Aplausos). En cambio, es una vez más el concepto de política socialista como servicio y herramienta para mejorar las condiciones de vida de las personas el que nos lleva a formular esta iniciativa legislativa que hoy este grupo parlamentario somete a la consideración de la Cámara. No solo les pido su voto favorable, sino también su colaboración para que entre todos mejoremos la propuesta en los trámites posteriores. Y es que, si en general la política debe promover soluciones para los problemas comunes de los ciudadanos haciéndoles la vida más fácil, no tengo ninguna duda de que la iniciativa que hoy defiendo contribuye a ello. Estamos eliminando obstáculos que pueden afectar a las economías de los consumidores y sus derechos. Así, la política de consumo debe ser una herramienta para crear un mercado más justo, seguro y sostenible para todos, y esa es la motivación última de todas las iniciativas que hemos planteado en lo que llevamos de legislatura. Hoy, el Grupo Parlamentario Socialista proponemos soluciones para frenar aquellas prácticas empresariales que aparecen en los momentos en los que, por diversas circunstancias, los consumidores padecemos un encarecimiento de los productos. A cualquiera que me esté escuchando, le viene a la memoria alguna marca o producto que identifica con esta práctica: botellas de refresco, paquetes de arroz, pasta, legumbres, detergentes, frutas u hortalizas envasadas que cuestan lo mismo que antes pero que duran menos sin que seamos conscientes en el momento de la compra de que ha disminuido su cantidad. Se trata de una práctica que afecta por igual a marcas conocidas, productos preenvasados o marcas blancas. Estamos ante una práctica engañosa que se basa en la tendencia que tenemos los consumidores a utilizar como referencia en la compra de los productos su precio y no su peso o cantidad, una práctica engañosa que provoca un encarecimiento real de la cesta de la compra sin conocimiento del consumidor y una práctica engañosa que deteriora la reputación de la marca o establecimiento y su confianza. En definitiva, una práctica que cuando se realiza con opacidad y sin informar claramente al consumidor debe ser considerada —tal y como he mencionado— como una práctica engañosa. Todos estuvimos de acuerdo en el anterior debate, con mayor o menor entusiasmo, en que es necesario poner freno a este tipo de prácticas. Hoy, mi grupo les ofrece la posibilidad de hacerlo a través de una proposición de ley que modifica la Ley General para la Defensa de los Consumidores y Usuarios para obligar a informar cuando se produzca una disminución de la cantidad en aquellos productos preenvasados que mantengan el mismo o similar diseño y dimensiones de su envase original. De este modo, se evita que el consumidor pueda percibir que no mantienen su contenido habitual aquellos productos porque la cantidad realmente ha disminuido. Se trata de garantizar que los ciudadanos puedan tomar decisiones óptimas sobre sus intereses, que sean conscientes y estén informados del encarecimiento real del producto, porque la reduflación es una auténtica estafa que menoscaba la confianza de los consumidores y acaba con la imprescindible transparencia que debe regir en las relaciones de consumo. Es un ataque directo a nuestro poder adquisitivo y a la transparencia en el mercado, una estrategia que atenta contra los derechos de los consumidores y que debe ser erradicada. Además, afecta principalmente a los hogares de menores ingresos, a los más vulnerables, que son los que destinan una mayor proporción de su salario a productos básicos, a productos de primera necesidad, como alimentos o artículos de higiene. Esta práctica, señorías, provoca una sensación de empobrecimiento silencioso en el que las familias no solo sienten que el dinero no les alcanza, sino que, además, no pueden identificar claramente las razones que hay detrás de esta pérdida de poder adquisitivo.
En un reciente debate en la Asamblea francesa para la aprobación de iniciativas que evitaran este tipo de prácticas en Francia, se aportó el dato de que aproximadamente un 2 % de los productos alimentarios de los supermercados estaban afectados por esta práctica. Aquí, en España, según el estudio publicado en noviembre de 2023 por la consultora Ipsos, el 54 % de los consumidores españoles han notado una reducción del tamaño de los productos en su compra cotidiana. Seis de cada diez consumidores ven esta práctica como inaceptable, lo que nos sitúa entre los países europeos más críticos después de Francia, Suecia y Países Bajos. Según la encuesta realizada por la citada consultora, los snacks, pan, pasta, arroz, dulces, chocolates y comida precocinada son los productos donde la gente dice haber percibido más la reduflación. Asociaciones como la OCU y FACUA han denunciado esta práctica y han alertado sobre el impacto que tiene en la percepción de valor y en la lealtad del consumidor.
Por otra parte, también quiero destacar las actuaciones llevadas a cabo por el Gobierno dentro de las campañas nacionales de vigilancia del mercado y coordinadas por el ministerio mediante el control de las menciones en la publicidad y presentación de los alimentos que pueden inducir a error sobre las características de los productos, y en particular, entre otros, sobre la cantidad que pueden contener en su envase.
Señorías, la información es un derecho básico de los consumidores para poder tomar decisiones óptimas sobre sus intereses. Cuando estos toman decisiones sin información suficiente o por prácticas que podríamos llamar engañosas, ellos son las primeras víctimas, pero también se ve afectado el conjunto del sistema por una pérdida de confianza que es preciso restaurar. A veces, erradicar determinado tipo de prácticas engañosas puede combatirse fácilmente con más información y un consumidor bien informado puede actuar en el mercado con mayor eficacia que los propios poderes públicos. Tal y como acabo de señalar, sin información no pueden existir consumidores empoderados. Cuando esta información es engañosa, les impide tomar decisiones de consumo bien orientadas, bien sea para proteger sus intereses económicos o bien para influir en el ámbito de la ética o la sostenibilidad. La potencia transformadora de sus decisiones se desvanece o se orienta de forma inconsciente e involuntaria hacia decisiones contrarias a su auténtica motivación. Por eso, con nuestra propuesta exigimos que se informe a los ciudadanos de forma clara y comprensible cuando se reduzca la cantidad de un producto manteniendo el mismo o similar diseño de su envase original, y proponemos, igual que ya ha hecho algún país europeo, que esto se indique en el punto final de venta durante un periodo mínimo de noventa días.
Señorías, termino mi intervención pidiéndoles de nuevo su apoyo. Con nuestra iniciativa queremos garantizar que los consumidores cuenten con la información y la transparencia necesarias para tomar decisiones informadas. Si bien las empresas deben adaptarse a un entorno económico desafiante, no podemos permitir que el coste de esa adaptación recaiga injustamente sobre los ciudadanos.
Muchas gracias. (Aplausos).