Cayetana Álvarez de Toledo Peralta-Ramos
Gracias, señora presidenta. Señorías, en nombre de mi grupo parlamentario y en el Día Internacional de los Derechos Humanos, yo acuso a Nicolás Maduro y a su corte criminal de cometer delitos de lesa humanidad que merecen el castigo de la Corte Penal Internacional, pero también a quienes cierran los ojos, miran para otro lado o arrastran los pies frente a una tiranía desquiciada. ¿Han leído ustedes los últimos informes de Naciones Unidas y Amnistía Internacional? (Muestra un documento). Aquí están, doscientas páginas. No solo denuncian una ola de represión sin precedentes tras las elecciones del 28 de julio, detenciones arbitrarias, casas de opositores marcadas con una equis o ejecuciones sumarias, también denuncian torturas a casi doscientos niños y adolescentes. Es el caso de CD, de 16 años, denunciado por Amnistía: Los sicarios de Maduro —y leo literalmente— lo golpearon con un bate de béisbol en la espalda y en el torso, le pusieron una bolsa en la cabeza para asfixiarlo y le dieron choques eléctricos en los pezones. Dos veces perdió el conocimiento, pero las torturas prosiguieron. Lo tumbaron en el suelo, en fila con otros presos. Uno a uno, pasaban militares dándole golpes y patadas para que confesara supuestos pagos por atacar instalaciones del Estado. Todo sórdido, todo falso. El caso de Mariana González, también detenida en la resaca del fraude electoral, acusada sin pruebas de terrorismo, torturada. Lean la carta que escribió a su madre, una mezcla de ternura y de terror: Mamá ―le dice―, prefiero matarme antes que seguir sufriendo. Maduro no ha tenido más remedio que liberarla, claro, pero ahí siguen otros sesenta y nueve niños y adolescentes como ella y más de 1900 adultos, mujeres embarazadas, ancianos, incluso personas discapacitadas. Venezuela es hoy un inmenso campo de torturas, una selva sin ley, y bien lo saben las víctimas y los presos políticos que hoy nos acompañan desde la tribuna y a los que reitero el apoyo y el afecto de mi grupo. (Aplausos).
Yo acuso a los líderes y Gobiernos internacionales que siguen respaldando a este régimen de terror. Colombia, por ejemplo, destino de millones de exiliados venezolanos. Yo los he visto en la frontera de Cúcuta; madres descalzas cargando a sus niños en brazos, familias enteras huyendo de la violencia y la miseria. ¿Cómo es posible que su Gobierno no haga nada para frenar este desastre humanitario? ¿Qué pactos inconfesables, qué oscuras componendas tiene Petro con Maduro o con Diosdado Cabello, el que manda ahora? ¿Y cómo se explica la pasividad de Brasil? Presume de interlocución con la dictadura, asumió la custodia de la embajada argentina en Caracas y permite que los seis miembros del equipo de María Corina Machado, que llevan desde marzo allí asilados, sean hostigados y acosados sin piedad. He hablado con ellos; están sin luz, sin agua, sin apenas comida, rodeados de un lado por las embajadas de Rusia y Corea del Norte y del otro por viviendas expropiadas a golpe de armas largas y reconvertidas en cuarteles del SEBIN. Son rehenes de una organización criminal. Dos de ellos tienen la nacionalidad italiana. Magalli Meda, la jefa de campaña de las fuerzas democráticas, es española, ¿y nadie hace nada? ¿Dónde están los cuerpos diplomáticos de las democracias occidentales? ¿Disfrutando de las paradisíacas playas venezolanas, preparando la Navidad? ¿Y dónde está el Vaticano? El abandono que sufren los demócratas venezolanos es una vergüenza internacional.
Yo acuso al Gobierno de España. No solo ha ignorado la decisión de esta Cámara, que el pasado 11 de septiembre, hace hoy tres meses, le instó a reconocer a Edmundo González como presidente electo de Venezuela. Tuvimos, sí, señorías, la inteligencia de ser decentes. No solo ha despreciado la verdad recogida en las actas y la voluntad soberana de un pueblo hermano, encima nos toma por idiotas. Dijo el señor Albares el otro día: He visto alusiones en la prensa, pero Edmundo González no me ha pedido directamente que lo reconozca como presidente. ¿Qué pretende su excelencia? ¿Una visita genuflexa, una carta lacrada? ¿Por qué desdeña a los países que sí lo han reconocido? No debería; son, entre otros, Italia y Estados Unidos. ¿Y por qué insiste en escudarse en el consenso europeo? Lo dijimos en septiembre y lo repetimos: ¿Lo que vale para Palestina no vale para Venezuela? ¿Son los venezolanos ciudadanos de segunda? ¿Y los españoles? Porque ya son dieciséis los españoles en cárceles chavistas, entre ellos Rocío San Miguel, abogada, activista por los derechos humanos y un referente. ¿Qué ha hecho el Gobierno por ella? Dígannoslo, señorías del PSOE. ¿Qué va a hacer el nuevo embajador? Lo mismo que el anterior: nada, en el mejor de los casos.
Yo acuso a los empresarios, a los lobistas y a los comisionistas que siguen haciendo negocio con la dictadura, que anteponen sus intereses económicos a la vida de millones de personas, que tratan y pactan con Delcy Rodríguez como si fuera la ministra de un Gobierno, en fin, ligeramente autoritario y no la cabecilla de una organización criminal. Por cierto, por fin vamos conociendo las andanzas y alianzas de esta señora en España, el hecho insólito de que el señor Sánchez conociera y aprobara su visita contra el nítido veto europeo. Ahora los socialistas hacen como que no conocen a Ábalos, pasaba por ahí… Nada de eso, era el hombre fuerte del Gobierno y del partido, la sombra de Sánchez para esto y para todo. De aquellas complicidades, estas claudicaciones. Como las del señor Zapatero. Zapatero, el íntimo aliado de los hermanos Rodríguez, el observador electoral en jefe de Maduro, el único que no ha reconocido su derrota, por fin empieza a retratarse. Ayer dijo: Llevo casi veinte años intentando que esto no acabe en un enfrentamiento civil. Falso; lleva veinte años corrompiendo la palabra diálogo al servicio de la dictadura. (Aplausos). Luego fue más lejos y justificó las muertes y torturas diciendo que Maduro ha ganado muchas elecciones. Todas fraudulentas. ¡Qué inmoralidad!
Sí, señorías. Mi grupo no se limita a pedirles hoy su apoyo para esta proposición no de ley, que España se adhiera a la denuncia contra un régimen que ejerce el terror contra su población, que el Gobierno pida a la Corte Penal Internacional que dicte ya las órdenes de arresto contra Maduro y los demás responsables de los crímenes de lesa humanidad perpetrados en Venezuela es lo mínimo, porque, además, esas órdenes acabarán dictándose. Basta escuchar con atención las palabras del fiscal Khan la semana pasada en La
Haya, su referencia a la represión poselectoral, su defensa de los menores presos. Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Jorge y Delcy Rodríguez, Tareck El Aissami, todos van camino del banquillo. La verdad y la justicia se impondrán. Lo importante, lo crucial ahora es que lo hagan cuanto antes.
El pasado 24 de agosto, el señor Borrell declaró: De aquí al 10 de enero hay tiempo. No, ni lo había ni lo hay. En Venezuela el tiempo se cuenta por muertos. Por eso, señorías, acabo con una pregunta que no tiene nada de retórica: ¿qué más tiene que ocurrir para que el fin de la dictadura venezolana sea una prioridad de la comunidad internacional, para que los Gobiernos democráticos, empezando por el español, abandonen su indiferencia y su equidistancia, su cobardía y su complicidad? ¿Tienen que detener a María Corina Machado, tienen que encerrarla en el Helicoide, la versión venezolana del matadero sirio de Sednaya, tienen que silenciarla, incluso definitivamente?