Javier Sánchez Serna
PodemosDiputado.Página 89Vídeo
Gracias, presidente. Buenas tardes, señora ministra. Esta interpelación estaba prevista para hace tres semanas, pero distintos motivos no lo han hecho posible antes. En primer lugar, su ausencia la primera semana, aunque nosotros pensábamos que tenía que ser respondida por el ministro de Justicia y, después, los terribles acontecimientos de la DANA y su gestión. En cualquier caso, le agradezco que esté usted hoy aquí para atendernos y poder debatirlo. Señorías, el parlamentarismo moderno nació como un mecanismo institucional para controlar a los monarcas y denunciar sus excesos. Oliver Cromwell y quienes llevaron a cabo la primera revolución moderna, llamada la Gloriosa, consideraban que el rey Carlos I era un falso ídolo al que era necesario destronar mediante la verdad, pues pensaban que la mayoría de los monarcas, por más benévolos que parecieran, son tiranos en potencia. El resultado de aquella Revolución Gloriosa fue el predominio del Parlamento británico sobre la Corona, hasta tal punto que, como sabemos, los monarcas ingleses no pueden pisar siquiera la Cámara de los Comunes. En España, esto es diferente. Aquí también tenemos una monarquía formalmente parlamentaria, pero, a diferencia del Reino Unido y de otras monarquías parlamentarizadas de nuestro entorno, aquí el principio monárquico prevalece sobre el principio parlamentario democrático. Por eso, ustedes lo saben, se nos ha impedido la creación de comisiones de investigación sobre informaciones públicas que apuntaban a la corrupción de Juan Carlos I y, además, se nos ha retirado la palabra en esta tribuna democrática cuando hemos intentado pronunciarnos sobre informaciones acerca del rey emérito o de la Casa Real que, a nuestro juicio, son de interés público. Pues bien, nosotros solicitábamos esta interpelación a raíz de los últimos audios que hemos conocido sobre Juan Carlos I y su papel, ahora dudoso, en el golpe de Estado del 23 de febrero. Agradeceríamos, en virtud de los derechos fundamentales que me asisten como diputado de esta Cámara y del principio de autonomía parlamentaria, que esta vez la Presidencia del Congreso no interrumpa nuestra intervención solo por hacer mención, insisto, a informaciones públicas y publicadas y que son de interés general. (Aplausos). Por ello, me gustaría leer a continuación una breve transcripción de unos audios que se han conocido en los que el rey Juan Carlos I habla con una de sus amigas —así las define la prensa—, en este caso con la vedette Bárbara Rey. Juan Carlos I: Estoy ahora sufriendo, entre tú y yo. Bárbara Rey: Mucho, ¿no? Juan Carlos I: Estoy sufriendo las cosas de Sabino y la palabra de honor. Bárbara Rey: Me imagino, por lo que has dicho. Juan Carlos I: Yo me río, me río, cariño. Me río de Alfonso Armada. Bárbara Rey: Sí, ¿verdad? Rey Juan Carlos: El tío, siete años de cárcel, se ha ido a su pazo de Galicia y el tío jamás ha dicho una palabra y, en cambio, el tío este ―refiriéndose a Sabino― siempre está largando.
Bien, si leemos esta transcripción es porque juzgamos que estas conversaciones tienen relevancia política sobre uno de los hechos más importantes de nuestra historia reciente. Estamos hablando de una conversación en la que el anterior jefe del Estado, Juan Carlos I, se burla del silencio de uno de los generales golpistas, del señor Alfonso Armada. Y, claro, mucha gente nos podemos preguntar a qué se refiere Juan Carlos I cuando dijo lo que dijo. ¿Qué es aquello que el general Armada habría silenciado y que el rey emérito considera una información lo suficientemente comprometida como para agradecerle su silencio? ¿Por qué el rey emérito considera positivo el silencio de un golpista mientras reprende a su jefe de la Casa Real por hablar demasiado?
Creo que son preguntas legítimas que se pueden plantear desde una tribuna democrática, pero la cuestión de fondo es que, si hoy nos seguimos haciendo estas preguntas, es porque los documentos del 23-F nunca fueron desclasificados por ningún Gobierno y todavía nadie ha puesto una fecha para hacerlo. Y, en efecto, a la luz de estas informaciones, nos parece más urgente que nunca. Miren, creo que todos estaremos de acuerdo en que el 23— F se convirtió en el hecho constituyente de la legitimidad de una monarquía que, en principio, fue impuesta por el dictador. De hecho, como reconoció el mismo presidente Suárez en una entrevista en la que pensaba que no estaba siendo grabado, su Gobierno manejaba encuestas durante el periodo de 1976 a 1977 que apuntaban a que, si la cuestión de la forma de Estado se sometía a un referéndum democrático, ganaría la opción republicana y perdería la opción monárquica. Por eso, insisto, el 23 de febrero fue tan importante para apuntalar una monarquía con escasos apoyos y, desde luego, sin ninguna legitimidad democrática.
Según la versión oficial del 23 de febrero, la intervención del Rey frente al golpe impidió una dictadura militar a la chilena y, con ello, el rey Juan Carlos se habría ganado la legitimidad democrática, el corazón de todos los españoles y prometía la ruptura con su pasado franquista. El problema es que nunca estuvo claro cuál fue el objetivo de aquel golpe y que el objetivo de aquel golpe fuera establecer una dictadura militar. A lo mejor eso era lo que tenían algunos protagonistas en la cabeza, por ejemplo, Tejero; pero muchos historiadores serios de la Academia señalan hoy que la finalidad de aquella intentona golpista fue precisamente reforzar la legitimidad de la monarquía restaurada, como digo, por el dictador Francisco Franco. El diario Público, de hecho, publicó hace un par de semanas la confesión que el exjefe de la Casa Real, Sabino Fernández Campo, confió a un pequeño círculo de amigos antes de morir sobre el papel de Juan Carlos I en el golpe de Estado del 23 de febrero. Según el exjefe de la Casa Real, cito, fue el propio rey quien promovió el golpe con el objetivo de acabar con la carrera política de Suárez y con la UCD.
Miren, no se trata de que especulemos aquí. Se trata de conocer la verdad a través de la desclasificación de la documentación del golpe del 23 de febrero. Lo cierto es que uno de los frutos de aquel golpe fue el nacimiento del juancarlismo, esto es la adhesión incuestionable ―a veces irreflexiva― a la figura del monarca, lo que vino acompañado de un freno en seco al proceso de transición democrática con la consiguiente contención de salarios y derechos laborales, limitación del proceso autonómico y la entrada de España en la OTAN, en la Alianza Atlántica. A partir de ahí, el juancarlismo se convirtió en una forma de proceder por fuera ―y, a menudo, contra― de los límites constitucionales y, por supuesto, con el silencio absoluto de los poderes mediáticos y con el apoyo cerrado de los centros de poder empresariales y políticos.
El resultado de todo aquello lo estamos conociendo, lo hemos conocido durante los últimos años. Insisto, son informaciones públicas y publicadas. Me refiero a las comisiones millonarias que recibía el rey emérito por el AVE a La Meca, las cuentas no declaradas en Suiza, las tarjetas bancarias opacas asociadas a empresarios amigos con las que operaban varios miembros de la familia real, las intermediaciones para la industria militar y las comisiones que recibía, los numerosos viajes y lujos de todo tipo pagados por las monarquías petroárabes y así podríamos seguir hasta mañana. Algún hipócrita puede que se lleve las manos a la cabeza y decir que esto es un escándalo, pero la realidad es que, por todo esto, el actual jefe del Estado, Felipe VI, se vio obligado a renunciar a la herencia de su padre en marzo de 2020. (Aplausos). Por cierto, cuando todos estábamos encerrados en casa y preocupados por la pandemia. Renunció a la herencia, entiéndanme, económica; a la Corona todavía no ha renunciado.
Señora Robles, estos nuevos audios, como digo, arrojan fuertes dudas sobre el papel de Juan Carlos I, no ya en los últimos años de su reinado, sino precisamente al principio y, en concreto, al periodo de 1977 a 1981. Como hemos dicho, resulta de una extraordinaria gravedad que Juan Carlos I reconozca que Armada, uno de los condenados por el 23-F, ha guardado información relevante sobre la trama golpista, información que el mismo Juan Carlos I conoce y que le beneficia que no salga a la luz. Pues bien, a la luz de estas revelaciones solicitamos al Gobierno, y a usted en su nombre, que desclasifique y haga pública toda la documentación obrante en su poder. Es una vergüenza democrática que después de cuarenta y tres años no sepamos todo lo que ocurrió en esa jornada del 23 de febrero de 1981 ni sepamos todas las personas que estuvieron implicadas ni los documentos que se ocultaron a la ciudadanía.
Es una decisión que está en manos del Gobierno, de un Gobierno que se dice progresista. Miren, la mayoría de los países de nuestro entorno tiene legislaciones que permiten publicar documentos secretos a los treinta años. Aquí todavía sigue vigente la Ley sobre Secretos Oficiales de la Dictadura, vigente desde el año 1968. La realidad, señora Robles, es que la Ley sobre Secretos Oficiales languidece cada vez que se plantea una reforma —y ya se han planteado muchas en estos cuarenta años— y nunca llega a término. Yo también le preguntaría a qué esperan ustedes. Ustedes tienen ahora mismo aquí una mayoría democrática para sacar adelante esa reforma de la Ley sobre Secretos Oficiales. ¿Por qué entonces piden prórrogas y retrasan semana tras semana la tramitación de esa ley? No hay justificación para que la documentación del 23 de febrero siga clasificada por más tiempo. Yo sé que ustedes son una fuerza monárquica y que siempre trabajan a favor de la jefatura hereditaria del Estado. Pero incluso creo que, para ustedes, para los monárquicos, sería positivo despejar estas dudas. Además, si Juan Carlos I fue ese héroe de la democracia que nos contó Victoria Prego y ahora Javier Cercas, no deberían temer nada con la desclasificación de estos documentos secretos.
Por otra parte, señora Robles, hay otros elementos que tienen que salir a la luz. Nos gustaría conocer cuánto dinero y cuántos recursos movilizó el Estado para ocultar la relación íntima entre Juan Carlos I y Bárbara Rey u otras amigas. Puede parecer una cuestión menor o un tema de prensa rosa, pero, a nuestro juicio, está relacionado con un diseño de monarquía que tenemos aquí, poco o escasamente parlamentarizada. Me refiero a la indistinción entre los actos públicos del rey y los actos privados del rey. En las monarquías parlamentarias se dice que el rey no actúa mal porque sus actos públicos como rey estarían refrendados por el Ejecutivo, pero, a su vez, resulta excesivo que le demos ese mismo tratamiento a los actos privados, sobre todo si son de naturaleza ilícita, por ejemplo, amenazando, sobornando o comprando el silencio de determinadas personas. El problema es que la interpretación desmesurada que ustedes han dado al principio de inviolabilidad del monarca ―el artículo 56.3 de la Constitución― ha extendido un manto de opacidad, de impunidad y de corrupción que, a todas luces, señora ministra, resulta incompatible con una democracia plena.
Termino, presidente. El filósofo Immanuel Kant escribió en una ocasión que la razón solo guarda respeto por aquello que soporta un examen público y libre. La ciudadanía española no puede seguir tratada como menores de edad y tiene todo el derecho, cuarenta y tres años después ―que se dice pronto―, de conocer toda la información disponible sobre el 23-F y sobre quién está detrás. Yo les pediría que sean ustedes valientes por una vez ―han pasado ya muchos años― y que esta vez pongan a la democracia, y sobre todo al Parlamento, por delante de los secretos del rey emérito.
Muchas gracias. (Aplausos).