Francisco Javier Ortega Smith-Molina
Muchas gracias, señor presidente. Décadas de desprestigio, décadas de degradación de las instituciones nos han traído hasta la situación límite en la que nos encontramos, y de esto son responsables quienes han asumido la Presidencia y los Gobiernos sucesivos de España desde que se aprobó la Constitución, pero especialmente los últimos Gobiernos tanto del Partido Socialista como del Partido Popular. A todos, absolutamente a todos, se les ha llenado la boca echándole en cara al adversario que ha degradado las instituciones, que las ha colonizado y que los casos de corrupción les han salpicado por doquier. Hartos estamos los españoles de escuchar un juego de pimpón en la política y el ‘y tú más’. La realidad es que, poco a poco, sus señorías han ido socavando los más elementales principios que los españoles aprobamos en nuestra Constitución, principios en los que se sustentan un Estado de derecho y una democracia, como puede ser la igualdad ante la ley, algo tan simple y tan elemental como que ningún español pueda tener ningún privilegio o pueda actuar con arbitrariedad y que rija para todos por igual, sean de la condición que sean, piensen lo que piensen, vivan donde vivan; que la ley rija, como digo, para todos por igual. O ese principio de independencia judicial por el que todos, absolutamente todos, diputados o ciudadanos de a pie, nos veamos sometidos siempre a la justicia y a los tribunales cuando incumplimos esa ley (aplausos). O ese principio evidente de legalidad, que nos obliga a respetar las normas en su jerarquía y en su aplicación. O ese principio de proporcionalidad, que una y otra vez se ha visto conculcado. Desgraciadamente, en política fiscal o en la política que los distintos Gobiernos han llevado a cabo el principio de proporcionalidad ha brillado por su ausencia. (La señora presidenta ocupa la Presidencia). Y no digamos nada si hablamos de ese principio de solidaridad interterritorial que se estableció en la propia Constitución para que las diferentes regiones de España, los diferentes territorios de España participasen en común tanto en los logros como en los beneficios; en los esfuerzos, pero también en las contrapartidas. La realidad es que año tras año, década tras década, Gobierno tras Gobierno el interés general ha ido sucumbiendo al interés de los partidos políticos (aplausos), al interés de los grupos de presión y al interés personal de los diferentes cargos públicos. Desgraciadamente, la corrupción ya no es un caso aislado, un caso puntual, una excepción; desgraciadamente, la corrupción política se ha institucionalizado, da igual la época de la que hablemos. Basta con abrir la hemeroteca, basta con recordar los telediarios, los titulares, para ver que van pasando los casos: el caso Filesa, el caso Malesa, el caso Juan Guerra; luego la Púnica, los ERE o la Kitchen, y hoy tocan los Koldo, los Ábalos o los Begoña. Da igual, al final es haber convertido la noble tarea de la política, el servicio público por vocación en un lodazal de corruptelas económicas verdaderamente inaceptables. (Aplausos). Y para todo ello hacía falta, y así lo han conseguido quienes han ido gobernando España de la mano casi siempre de los separatistas, de esos que odian a España, poner a la justicia de rodillas. Lo han hecho con el Consejo General del Poder Judicial, como una vez más hemos visto hace pocos meses con el pacto entre el PSOE y el PP; lo han hecho con el Tribunal Constitucional, al que han convertido en un tribunal político que ha ido cambiando sus opiniones, sus doctrinas en función de las mayorías o minorías de determinados grupos, pero al que nunca, o casi nunca, se ha visto como un tribunal independiente que garantizase la Constitución por encima de las presiones políticas. Han logrado que el fiscal general del Estado dejase de ser, como tal, un fiscal que antepusiese el principio de legalidad, porque lo han convertido en los fiscales generales de los distintos Gobiernos. (Aplausos). No podían tampoco dejar al margen la estrategia de la comunicación. Necesitaban controlar a los medios de comunicación para que sus políticas pudieran verse amortiguadas ante la opinión, ante el escándalo tantas veces de la opinión pública, y eso lo hacían comprando con publicidad institucional, comprando con cuantiosos recursos públicos en las campañas electorales y primando a determinados medios, y lo hacían también desde los medios de comunicación públicos, como el Consejo de la
Radiotelevisión Española. Pero no contentos con ello, pervirtieron el principio de representatividad con un déficit de representatividad; a través de una ley orgánica de régimen electoral han permitido que en la sede de la soberanía nacional el voto de cada español no valga lo mismo, que no exista una verdadera proporción entre cada uno de los representantes y el número de representados, y eso ha permitido a grupos minoritarios en España haber condicionado esta Cámara y a los diferentes Gobiernos. (Aplausos).
Y, por último, ninguno de ellos jamás permitió dejar de colonizar hasta el último resquicio de todas las instituciones. Da igual si hablamos del Banco de España, si hablamos del CIS, de las comisiones nacionales, de los organismos, de las empresas públicas, había que meter a los suyos y a sus amigos hasta en el último resquicio de las instituciones; eso sí, siempre a costa del erario público, siempre a costa del presupuesto general y siempre a costa de la espalda de todos los españoles.
Muchas cosas podríamos hacer, pero la más importante ―y con esto termino― es que no solo se necesita cambiar de Gobierno, no solo se necesita convocar nuevas elecciones, se necesita una verdadera revolución ética y moral para que la política vuelva a ser el arte de servir y no de servirse de los españoles.
Muchas gracias. (Aplausos de las señoras y los señores diputados del Grupo Parlamentario VOX, puestos en pie).