Íñigo Errejón Galván
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Gracias, señora presidenta. Hoy abordamos una cuestión que todo el mundo —vote lo que vote, tenga las simpatías que tenga y tenga las preferencias electorales que tenga— sabe que es una necesidad acuciante, sabe que es un drama social y sabe que es un clamor; un drama que afecta a todas las españolas y los españoles, pero particularmente a los jóvenes. El derecho a la vivienda, el derecho a tener un hogar en el que construir un proyecto de vida, el derecho a elegir si se quiere vivir solo o se quiere vivir en pareja, con amigos, con hijos, cerca de tus padres o de tu familia, en tu pueblo o en tu barrio hoy no se está cumpliendo en España. Demasiada gente en nuestro país sabe lo que es vivir con la angustia permanente de que te puedan subir el alquiler, de que te echen de tu casa porque no puedes afrontar cien, doscientos, trescientos o cuatrocientos euros más y la angustia de saber que ahí fuera, en el mercado, quizá tampoco pueda existir otro alquiler que te puedas permitir. Demasiada gente sabe lo que es vivir con la incertidumbre y el agobio de que lo más probable es que tengas que mudarte de barrio, cambiar a tus hijos de colegio, cambiar las rutas de transporte, tener que cambiar el conjunto de tu vida y de tus relaciones comunitarias. Demasiada gente sabe lo que es la vergüenza de tener que volver a casa de tus padres, de tener que seguir compartiendo piso a los cuarenta o de tener que seguir conviviendo con una persona con quien no quieres seguir conviviendo, pero que necesitas para poder pagar el alquiler o afrontar la hipoteca. Demasiada gente sabe lo que es no encontrar casa en tu pueblo o en tu ciudad porque tienes la mala suerte de haber nacido en una zona turística en la que solo te hacen contratos de septiembre a junio, porque el resto de los meses están reservados a multiplicar las ganancias con el alquiler turístico. Demasiada gente, simple y llanamente, no puede construir proyectos de vida en nuestro país. Esto no es una casualidad, esto tampoco es reciente, esto no es algo que de repente acabe de suceder, es algo que se viene cultivando desde hace mucho tiempo; es el resultado de un desequilibrio profundo de poder en nuestro país entre una minoría propietaria que impone sus condiciones y una mayoría que se ve sometida a condiciones que no puede elegir. (Aplausos). Hay quienes defienden, desde posiciones que se autodenominan liberales, que este problema se arregla solo, que lo que hay que hacer es dejar al mercado porque lo va a arreglar solo y que toda intervención pública se convertiría en un bumerán que acabaría empeorando la situación y, en este caso, elevando los precios. Vamos a poner dos ejemplos, porque las ideas se miden en sus efectos. La gente que dice que cualquier intervención pública lo que va a hacer es encarecer los precios decía lo mismo, por ejemplo, con la intervención de los mercados energéticos en España. Si el Estado asume sus responsabilidades e interviene en la fijación de precios de la energía lo que pasará es que los precios se dispararán. ¿Qué ha sucedido? Que hoy tenemos la energía mucho más barata que la media de la Unión Europea gracias a una intervención pública decidida al lado de las familias y no al lado de las grandes energéticas. (Aplausos). Segundo ejemplo de esta supuesta idea, que dice: No, no, es que, si el Estado interviene, los precios se disparan. Quienes defienden esta idea nos decían que si el Estado tomaba parte decidida para proteger la renta de las familias trabajadoras, que si tomaba parte decidida para proteger las condiciones de vida de los trabajadores, las consecuencias iban a ser las contrarias de las buscadas; así que, si realizábamos una reforma laboral, por primera vez en décadas, para mejorar los derechos de los trabajadores o si subíamos el salario mínimo interprofesional, se iba a disparar el desempleo. Hoy, hay más trabajadores que nunca trabajando en España, en mejores condiciones y con el salario más alto. (Aplausos). En realidad, el debate no es sobre si tiene que haber intervención pública en el mercado de la vivienda o no; es el debate sobre si, por primera vez, esta intervención se hace para garantizar los derechos de quienes necesitan una vivienda y no pueden elegir, o la intervención pública se sigue haciendo al dictado de los grandes tenedores de vivienda, de las oligarquías rentistas, de los fondos buitre y de los bancos. (Aplausos). En este caso, además, es particularmente sangrante, porque saben ustedes que el mercado de la vivienda es un mercado muy imperfecto; no existen los mercados perfectos, salvo la cabeza de tipos, no sé, como Milei. El mercado de la vivienda es un mercado particularmente imperfecto porque, en primer lugar, la demanda es inelástica. La gente no puede elegir libremente si alquila o si compra una casa; la gente no puede elegir no consumir o no acudir al mercado de la vivienda. Sean cuales sean los precios, sean cuales sean los abusos, sean cuales sean las condiciones la gente no es libre para decidir no alquilar o no comprar una casa. Igual que pasa, por ejemplo, con la sanidad. La gente no es libre para decidir no curarse si está enferma. Por eso, hace tiempo que decidimos que la sanidad la sacábamos del mercado para garantizar un derecho. Lo que hicimos con la sanidad y generó tranquilidad es hora de hacerlo ya de una vez con la vivienda. (Aplausos). Y, en segundo lugar, porque el mercado de la vivienda es un mercado oligopólico, donde la gran propiedad está concentrada en muy pocas manos, que, así, pueden imponer sus condiciones, pueden abusar, pueden encontrarles rendijas a las normas, pueden marcar condiciones a las que el resto, simple y llanamente, no puede escaparse; simple y llanamente le toca decir que sí, y eso no es ningún tipo de libertad. Les doy dos datos. Uno no es del sindicato de inquilinos, es del portal inmobiliario Idealista. Los dos mayores caseros en España no son unas abuelas con un piso que complementa su pensión ―eso es un animal mitológico detrás del cual ustedes se esconden―, sino que son: Caixabank y el fondo buitre Blackstone. Segundo dato, en Barcelona casi la mitad de los pisos en alquiler son de propietarios que tienen seis o más viviendas; seis o más viviendas no es un pequeño propietario que tiene que compensar su salario con un poquito de una vivienda. Alguien que tiene seis o más viviendas es alguien que todos los días puede permitirse no trabajar, viviendo exclusivamente de las rentas, sin generar un solo empleo, sin generar valor añadido, sin modernizar nuestro país y detrayendo recursos de la economía productiva para ponerlos al servicio de la economía rentista. Que en España los precios de la vivienda estén disparados no es una desgracia, no es una casualidad; es simple y llanamente el resultado del desmesurado poder de una minoría por encima de la mayoría, y es necesario que este Congreso empiece a tomar cartas en el asunto.
Todos ustedes, que muchas veces mencionan permanentemente la Constitución para tirársela a la cabeza de otros, se olvidan sistemáticamente de los artículos que no les gustan. El otro día lo dijo la vicepresidenta, Yolanda Díaz: no se puede ser constitucionalista a tiempo parcial. Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Ojo, los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. No es la Constitución de la Unión Soviética, es la Constitución española. (Aplausos).
En este caso, después de mucho tiempo de haber fomentado un modelo en el que se intentaba construir un bloque inmobiliario rentista, en el que la clase media aspiraba a poder tener una casa que dejar en herencia a los hijos, que compensara las rentas cada vez más insuficientes del trabajo, lo que ha sucedido es que ese modelo se ha hecho insostenible; y como se ha hecho insostenible, a todos los españoles ―también a sus votantes― les resulta una fuente cada vez mayor de angustia, de incertidumbre, de quebraderos de cabeza, de miedo y de inseguridad conseguir tener una vivienda.
En ese sentido, los legisladores vamos tarde. Y vamos tarde, también, porque, a cada medida que hemos adoptado, los propietarios han conseguido brechas, rendijas por las que colarse, para no cumplir la ley. Un ejemplo es la propuesta que traemos hoy: el alquiler de temporada se ha convertido en una rendija por la cual los propietarios pueden cometer fraude de ley. Por ejemplo, hoy se están usando contratos de temporada y de habitaciones para esquivar la Ley de Arrendamientos Urbanos y la regulación de alquileres. Por ejemplo, la Ley de Arrendamientos Urbanos obliga al arrendador a realizar contratos de cinco o siete años, durante los cuales no se puede subir, más allá del IPC, el precio del alquiler. ¿Qué hacen muchos propietarios? Hacen un uso fraudulento de los contratos de temporada y, por tanto, pueden subir el precio del alquiler año a año o echar a los inquilinos.
Cuando nosotros estamos proponiendo esta PL, esta proposición de ley, estamos diciendo que hay que hacer cambios muy concretos, cambios quirúrgicos que ayuden a solucionar esta rendija y a dar garantías a quienes necesitan un alquiler a un precio asequible. Hoy es norma general las subidas arbitrarias cuando llega junio o cuando llega la nueva temporada. Con esta propuesta de ley, en primer lugar, limitamos la duración máxima de contratos de alquiler temporales o de habitaciones a seis meses. Superados dos periodos de seis meses encadenados se considerará un contrato de vivienda habitual y se aplicará ―como debe ser― la Ley de Arrendamientos Urbanos. En segundo lugar, se acabó la barra libre para el propietario. No podrá ser él el que decida que se trata de un alquiler de temporada. Con esta proposición de ley se introduce la obligación de justificar la necesidad de la temporalidad. Hay que probar esas circunstancias concretas que la justifican y su conexión con la duración prevista; y si no se justifica adecuadamente la temporalidad del contrato, entonces se considerará como un contrato de vivienda habitual. En tercer lugar, se acabó tener que hacerte cargo de los desperfectos de una vivienda que no es tuya. Esta proposición de ley iguala los derechos de los inquilinos a los de vivienda habitual; y si tienes desperfectos o reparaciones en tu casa, esas reparaciones las pagan los caseros, como tienen que hacer si es una vivienda de alquiler permanente. En cuarto lugar, hasta ahora es posible que te pidan pagar hasta dos meses de fianza en un alquiler de temporada. Este abuso se acaba con esta proposición de ley. Si vives en un piso de temporada, la fianza será, como máximo, la mitad de tu mensualidad. Estamos hablando única y exclusivamente de cerrar una rendija para garantizar que los grandes propietarios cumplen la Ley de Arrendamientos Urbanos y que cerramos esa brecha que ha permitido abusos hasta ahora.
Lo quiero decir de manera muy clara. Esta es una etapa de desorientación y de hastío que puede llevar a mucha gente a alejarse de la política, y esto es regalar las decisiones políticas a los poderosos o, peor, cargar sus frustraciones contra los más vulnerables. Frente a eso, es necesario recuperar la iniciativa, salir de la defensiva y dar pasos que demuestren que se puede seguir avanzando y hacer más fuertes a los más débiles, con más confianza en sus propias fuerzas, con más herramientas y más autonomía para ir a por más. En un momento de bloqueo y de bucle en el sistema político, la solución que puede desequilibrar la balanza a favor de la conquista de derechos y, por tanto, de la limitación del poder absoluto de los amos del dinero, en este caso, está fuera, está en la activación popular. Lo digo muy claro, esta ley no es nuestra, esta ley es la ley de los movimientos sociales, de los colectivos vecinales, de las organizaciones de defensa del derecho a la vivienda, del Sindicat de Llogateres, del sindicato de inquilinos. (Aplausos). Es una ley que no nos han pedido que hagamos. Este esquema, a nosotros, defensores de la autonomía, nunca nos ha gustado. No es que haya gente que en lo social proteste y, después, nos pidan que hagamos leyes. No es que ellos se ocupan de lo social y nos piden a nosotros que hagamos nuestro trabajo en lo político. Esta es una ley que han hecho las organizaciones de la vivienda. Es una ley que, por supuesto, está abierta a las negociaciones, pero es una ley solvente, es una ley justa y es una ley precisa que ayuda a resolver una brecha por la que se están colando muchos abusos. (Aplausos). Es una ley que nosotros vehiculamos, que nosotros negociamos, que nosotros defendemos y que nosotros impulsamos, pero no lo hemos hecho solos. Esta ley la firmaron también en su día Esquerra Republicana de Catalunya, Bildu, el Bloque Nacionalista Galego y Podemos. Queremos agradecer a todas las organizaciones y a toda la militancia su empuje y su trabajo solvente. Queremos agradecer, y quiero hacerlo en particular, a las compañeras y a los compañeros que, en el Grupo Plurinacional de SUMAR, trabajan en la vivienda. Y quiero agradecer, particularmente, a Gala Pin su optimismo radical e inquebrantable, que hace que las cosas, finalmente, sean posibles. (Aplausos).
Acabo, señora presidenta, a nosotros nos parece que abordar de manera inteligente, de manera valiente, de manera contundente y con los principios claros el drama y el abuso que hay con la vivienda en España es absolutamente prioritario, en primer lugar, para que los proyectos de vida puedan volver a ser posibles, para que la gente pueda ser adulta en términos civiles y pueda establecer proyectos de vida libremente sin estar sometidos a la tiranía de los amos del dinero. En segundo lugar, por salud mental. No vale rasgarse permanentemente las vestiduras con la cuestión de la salud mental y condenar a tanta gente a la angustia, a la incertidumbre, a las noches sin dormir y a las dificultades. En tercer lugar, por la igualdad de oportunidades. Basta ya de darle a la gente la cantinela de que lo que hace falta es esforzarse más y que, si no te va bien, es porque no quieres. La meritocracia, en España, son los padres, pero los padres literalmente, la herencia que te pueden dejar los padres. Un país con igualdad de oportunidades es un país que acaba con esta brecha de ingresos entre los propietarios y los no propietarios. En cuarto lugar, por economía. Hay que desincentivar las inversiones en la economía rentista y hay que incentivar las inversiones en la economía productiva que genera empleo. (Aplausos). En quinto lugar, por democracia. Hay que equilibrar la balanza del poder social entre propietarios y no propietarios. Por mucho que las elecciones sean libres y competitivas, si la balanza del poder social está tan desequilibrada entre propietarios y no propietarios, eso siempre se acaba reflejando también en la balanza del poder político. Un país con democracia es también un país con mayor igualdad.
Y, en sexto lugar, por soberanía, y aquí nos gustaría encontrar a muchos que se hacen llamar patriotas. Basta ya de sentirnos extranjeros en nuestras propias ciudades; basta ya de que, si has nacido en una isla o en una ciudad de costa, no puedes vivir en tu ciudad o en tu pueblo. (Aplausos). Basta ya de que te tengan que echar de tu barrio. Basta ya de que nuestras ciudades se las acaben quedando los fondos buitres.