Carlos Hernández Quero
Gracias, señor presidente. Señora ministra, me alegra verla de nuevo por aquí. Espero que haya disfrutado y descansado este verano y que venga con ideas renovadas. Lo espero de veras y creo que lo esperan también millones de españoles para los que la vivienda lleva demasiado tiempo siendo causa de agobio y sufrimiento. Esto no es una percepción particular, tampoco un constructo social ni algo subjetivo, ni siquiera es algo que podamos someter a debate o discusión, es una realidad tan palpable como dolorosa y extendida. Pienso en las familias que destinan el 50 % de sus ingresos a pagar el alquiler y que este septiembre tendrán que hacer malabarismos para afrontar el carrusel de gastos que se les viene encima: ropa nueva, libros de texto, material escolar, transporte, comedores. Pienso en los que ni siquiera pudieron llevarse una semana a los niños a la playa porque la subida de los tipos de interés devoró todos sus ahorros y todas sus ilusiones; o en las parejas jóvenes que este verano han decido que se iban a ir a vivir juntos y, sin embargo, andan desesperadas porque no encuentran pisos por debajo de los 900 euros en su ciudad; o en esos trabajadores a los que no les da ni para un zulo y que lamentablemente terminarán malviviendo y durmiendo en aparcamientos de autocaravanas, en oficinas abandonadas o en bajos comerciales sin ventilación. Pienso también —me acuerdo mucho de ello— en el drama de los pisos compartidos, porque ayer eran una opción muy divertida mientras uno estudiaba y hoy son un modus vivendi para personas que rozan los cuarenta. ¡Cómo hemos cambiado! Pienso también en esos señores que siempre vivieron en la misma casa y que ahora tienen que marcharse de su hogar porque a su nuevo casero, sin rostro y sin nombre, le van más los guiris de una noche que los vecinos de toda una vida. Pienso también en aquellos a los que les han ocupado una vivienda y se encuentran con una Administración ausente y arisca, que en el mejor de los casos se lava las manos con su angustia y en el peor la niega o hace bromas con ella. Pienso también en aquellos que llevaban años esperando una vivienda protegida y ahora ven cómo otros, con los que nadie contaba, les han adelantado sin haber guardado la cola; o en las familias monoparentales con hijos a cargo, que han quedado completamente excluidas del mercado residencial convencional. Da igual cuáles sean sus ingresos, están fuera de juego. Podría continuar con mil ejemplos de las descabelladas escenas a las que el bipartidismo ha llevado a los hogares: colas del hambre, colivings, habitaciones subarrendadas, narcopisos, inversores extranjeros que compran de una tacada barrios enteros o inmuebles que harían grande, enorme, una pequeña caja de muñecas. Pero usted conoce estas realidades tan bien como yo y sabe que son cotidianas, que son ordinarias, que no representan algo marginal ni puntual ni anecdótico, que cualquiera —repito, cualquiera— puede verse ahí, que los precios y los metros cuadrados de los pisos ocupan las conversaciones de los amigos, las pesadillas de las parejas o las sobremesas de los familiares los domingos. Es tan transversal y está tan extendida esta preocupación que estoy convencido de que incluso los ministros multipropietarios de este Gobierno, que unos cuantos hay, se habrán topado de bruces con algún caso en sus exclusivos círculos de relaciones.
Y si esto es así, si se han topado con estos casos, es porque sufrimos una auténtica emergencia habitacional. Tenemos los peores datos que uno pueda imaginar en todos los indicadores que uno quiera consultar. La emancipación de los jóvenes es un suceso casi mitológico cuando el 85 % de los menores de treinta y cinco años se ve obligado a vivir con sus padres. Los precios de los inmuebles ya superan las cifras récord de 2007 y 2008. Los españoles tienen que destinar, de media, 7,3 años de salario bruto para adquirir una vivienda, más del doble que en los años noventa, y, claro, así pasa, tenemos la mitad de propietarios jóvenes que hace solamente unos años; insisto, la mitad. No sé para otros, pero esto es un drama para los que aspiramos a que la vivienda sea del que la vive. Los propietarios de rentas bajas, que también antes eran muy frecuentes, ahora se han esfumado o tal vez deberíamos decir que los han esfumado. Si esto no es clasismo, que baje Dios y lo vea. La situación queda así: los españoles no pueden comprarse una casa, pero hay quien puede, claro que sí. En la última década se han disparado las compras de grandes grupos extranjeros y hoy ya superan el 15 % del total de las operaciones. Y también se han disparado las operaciones que no requieren hipoteca, es decir, los gigantes trasnacionales y un puñado de fortunas locales están comprando a tocateja lo que los nuestros ni siquiera pueden soñar con adquirir a plazos.
Y, claro, sin casa en propiedad, llevamos casi una década con una burbuja extraordinaria en los alquileres y cada medida nueva que toman no solamente no logra pincharla o contenerla, sino que la hace más grande, le insufla nuevo aire, la hace más soberbia. Los precios de los alquileres no han dejado de subir, un 10 % en el último año, no sabemos si para celebrar el primer cumpleaños de la ley de vivienda. Y los precios de los arrendamientos también son ya hoy claramente superiores a los picos de 2007 y 2008. El número de hogares que está en una situación de sobreesfuerzo económico, es decir, que tiene que dedicar más del 40 % de la renta a pagar el alquiler dobla el promedio de la Unión Europea. Hay incluso un puñado de ciudades en las que los españoles tienen que pagar más del 60 % para cubrir los gastos de alquiler. ¿Cree usted, señora ministra, que esto es compatible con una vida libre o plena? La mitad de los inquilinos en España se encuentra en una situación de vulnerabilidad social, el porcentaje más alto de la Unión Europea. Y en las grandes urbes la oferta de pisos compartidos, es decir, de pisos por habitaciones supera ya la de pisos completos. De comprarte un piso como aspiración, como meta, como esperanza, hemos pasado a comparte un piso como resignación. En fin, la verdad es que las estadísticas meten miedo, pero, bueno, también somo campeones en lenguaje inclusivo y denunciamos muy fuerte lo del blackface, así que supongo que esto nos deja en situación de empate. (Aplausos).
Alguien tendrá que asumir la responsabilidad de todo esto, porque no nos ha mirado un tuerto ni nos han echado un embrujo ni una maldición ni somos víctimas de una plaga bíblica. Un país de propietarios no se convierte de la noche a la mañana en uno de precarios sin casa, de la misma forma que un país de alquileres asequibles no se convierte en uno de alquileres imposibles por arte de magia. Hay responsables políticos y económicos de esta situación, los que han partido el bacalao en España en las últimas décadas, la casta que ha hecho negocio con la miseria colectiva. Si hay una brecha enorme entre los españoles que buscan hogar y el número de casas disponibles es porque sus políticas han torpedeado una y otra vez insistentemente cualquier intento de ampliar la oferta. (Aplausos). No sé —llámenme malpensado— si tal vez con el ánimo de garantizar que la vivienda siga siendo un bien escaso y tremendamente lucrativo para cuatro grandes tenedores. Mi sensación es que ustedes se imaginan defendiendo a los vulnerables, pero los resultados más bien dicen que son ustedes los mejores amigos del capitalismo rentista y los peores de los Garcías, los González, los Pérez o los Gutiérrez. Si cada vez los pisos están más caros es porque no paran sus administraciones de retener suelo y de gravarlo con una yincana de calificaciones, certificados, impuestos y plusvalías que sonrojaría a los mismísimos inventores del diezmo. Y si cada vez hay menos pisos en alquiler en las grandes ciudades es porque sus regulaciones y su inhibición ante cualquier caso de impago han llevado a muchos pequeños arrendadores a sacar sus casas del mercado convencional. Y si los jóvenes no pueden acceder a una vivienda digna es porque ustedes han puesto a la cabeza del desempleo en Europa a nuestros jóvenes, no por Netflix ni por los vermús ni por las cañas, no, porque son líderes en desempleo juvenil. Y si las familias con niños o los trabajadores precarios no encuentran casa es porque su ley de vivienda está funcionando exactamente como han funcionado los controles de precios en todos los lugares donde se han implementado; es decir, como herramientas para excluir a los de abajo del acceso a la vivienda. Ustedes, que tanto se vanaglorian y tanto son de la ciencia y los datos, no sé cómo no se les ocurrió echar un vistacillo a toda la literatura científica disponible sobre el control de precios porque, la verdad, era meridiana en sus resultados. Si los fondos extranjeros están jugando al Monopoly con nuestras ciudades, tal vez es porque ustedes les han invitado a la partida y les han dado las mejores cartas. Ahí estaba el ministro Puente festejando el desembarco de BlackRock o la antigua secretaria de Estado, Pardo de Vera, como candidata a presidir el lobby de los buitres. Ahí están —claro— en contraposición, los jóvenes de Palma o de Málaga yéndose de su ciudad, porque ya no hay sitio para ellos en ellas. El camino, señora ministra, no son los beneficios fiscales a las fortunas extranjeras ni la alfombra roja a los nómadas digitales ni la reverencia a los que compran para especular; el camino es desglobalizar; es decir, priorizar y proteger a los nuestros, a los de casa ante una demanda internacional que cada vez está afectando más a sus derechos más básicos.
Finalmente, si en España no hay vivienda pública ni un presupuesto digno de tal nombre para la provisión de casas asequibles es simple y llanamente o porque no les da la gana o porque no saben cómo hacerlo. Señora ministra, allí donde hay una apuesta generosa por la vivienda pública bajan los precios del mercado libre. El artículo 47 de la Constitución es un mandato que le compete a usted, a su Gobierno, y yo diría que no es muy saludable inhibirse en mitad de tanto dolor. Hasta los años ochenta en España se construyó mucha vivienda pública con mucho éxito. Muchas familias de barrio alcanzaron, gracias a esa política, una estabilidad residencial que hasta entonces era privativa, era exclusiva de los ricos. Hoy, en cambio, estamos a la cola de Europa en gasto en vivienda por habitante, en inversión en vivienda y en vivienda social. No es porque no haya dinero, es porque sus prioridades son otras. Entre Broncano y hogares, eligen Broncano. Entre puntos morados y hogares, eligen puntos morados. Entre inmigración y hogares, eligen inmigración. Entre autonomías y hogares, eligen autonomías. Entre privilegios fiscales para regiones más ricas y hogares, eligen privilegios fiscales. (Aplausos). No sé cómo se las apañan ustedes, pero para ustedes el techo nunca es una prioridad. Este Gobierno, incluso, ha concedido un crédito de 250 millones de euros para la construcción de una desaladora en Marruecos. ¿Cuántos préstamos a tipo cero se podrían haber concedido aquí en España con ese dinero o cuántas viviendas sociales se podían haber levantado?
Yo le voy a confesar dos cosas, señora ministra: la primera, estoy deseoso de ver placas con puños y rosas en las calles y en los edificios de España. Las otras las tengo ya muy vistas y, en serio, estoy deseoso de verlas, porque significaría que están haciendo de verdad cosas por arreglar el problema de la vivienda. (Aplausos). La segunda, ardo en deseos, señora ministra, de que me llegue una invitación para la inauguración, la entrega o la ceremonia en la que corten el lacito de alguna de las 184 000 viviendas que prometió su Gobierno. Creo que usted tiene mi correo, prometo que incluso miraré regularmente la carpeta de spam para ello. (Aplausos). En definitiva, espero, señora ministra, que usted sea más autocrítica que otros de los ministros de este Consejo, que han dicho que vivimos un momento dulcísimo en la economía, y espero que usted no tenga los arrestos de decir aquí que vivimos un momento dulcísimo en la vivienda. (La señora presidenta ocupa la Presidencia).
Permítame, para cerrar, hacer una última reflexión. Vayamos más allá de los números, de los apuntes contables, incluso de las casas, y empecemos a pensar en los hogares, en lo que se rompe cuando no hay seguridad residencial, en cómo se resiente la cercanía con la familia, el amor, la natalidad, los lazos de apoyo entre vecinos, la cohesión social, la conciliación, el aprendizaje entre generaciones, la identidad, y cómo, en cambio, esto abre la puerta a un sinfín de fenómenos muy indeseables: los niños que van dando tumbos de un lado a otro, los proyectos truncados, los cambios de colegio, los ancianos que se sienten solos, los problemas de salud mental. Así que en el tema de la vivienda —y ya con esto concluyo— nos va la vida, nos va una decisión entre si queremos vidas libres, plenas y seguras o vidas rotas.
Muchas gracias. (Aplausos de las señoras y los señores diputados del Grupo Parlamentario VOX, puestos en pie).