Raúl Díaz Marín
Muchísimas gracias, presidente. Una de las batallas de nuestro tiempo es sin duda la lucha contra la pérdida de memoria sobre lo inmediato. Nos referimos con ello a acontecimientos recientes que sin duda han causado un inconmensurable dolor a nuestro país, como pueden ser el terrorismo yihadista, el terrorismo etarra o los crímenes de Estado contra las víctimas del franquismo. Lo que jamás pensé es que, en esa lucha contra la pérdida de memoria sobre lo inmediato, tendríamos que librar también batalla prácticamente en tiempo real, y es que hace apenas setenta y dos horas que en nuestro país el tercer partido en escaños concitó a lo mejorcito de cada casa: el que no hizo un alegato contra la inmigración lo hizo a favor del cierre de fronteras, el que antes de ayer tuvo un sueño húmedo viendo colgado de los pies al presidente del Gobierno ayer apeló directamente a la violencia hablando de patadas y gorrazos; en definitiva, se trató de una reunión en la que muchos no se pusieron cara al sol simplemente porque era en un lugar cerrado. Pero de toda esa sopa de barbaridades que pudimos escuchar contra los que pensamos distinto, contra los demócratas, contra los liberales, contra los democristianos también, señores del Partido Popular, y sobre todo contra el alma y motor de la Unión Europea, que no es otra que la unión en la diversidad, el ingrediente que más se les atragantó es sin duda contra el que más arremetieron: el Estado. Y es verdad que a la extrema derecha eso de la justicia social se le hace bola, pero creo que hoy aquí, en este Congreso, los 317 diputados demócratas tenemos que decirles alto y claro que la democracia no lo aguanta todo, que no hay que darla por hecha y que por eso vamos a defenderla día a día. Porque gracias a ella y a su Constitución hoy tenemos un país mejor, un país en el que personas como yo, un graduado gracias a ser becado, orgulloso de ser de pueblo, rural, homosexual, hijo de trabajadores, nieto de agricultores, se puede subir a esta tribuna y hablar en igualdad de condiciones que una persona nacida en alta cuna (aplausos), porque la justicia social, señorías, funciona, porque el Estado del bienestar funciona, porque la democracia liberal funciona, señorías, muchas veces a pesar de ustedes, porque hoy España es un país próspero, íntegro y mejor gracias al esfuerzo colectivo de una ciudadanía comprometida con el Estado y con una de sus principales herramientas, la justicia social, la única capaz de garantizar la redistribución de renta y de riqueza para conquistar lo que en su día también nos enseñó un hombre de Estado, don Alfredo Pérez Rubalcaba: que las desigualdades en la cuna no se conviertan en la cuna de todas las desigualdades. Para eso estamos los demócratas defendiendo la justicia social en este país. (Aplausos). Claro que sí.
Ningún demócrata puede quedar silente, se puede quedar en silencio ante estos ataques a la línea de flotación de nuestro país, un país que sigue avanzando pero que sigue teniendo un debe con todos aquellos que defendieron a nuestro país de la dictadura. Por eso, esta moción que traemos hoy va a servir como una oportunidad para podernos retratar, y es que se empieza menospreciando la memoria y se acaba por derogar la dignidad, y de ahí a acabar con la democracia solo hay un paso, que la extrema derecha parece empeñada en dar. Señorías, desde que el Partido Popular metió hasta la cocina en los gobiernos autonómicos a la extrema derecha, aquí, en nuestro país, se ha vuelto a tratar la memoria democrática como un asunto divisivo, volviendo a establecer víctimas de primera y víctimas de segunda, menospreciando el legado de quiénes lucharon contra el franquismo, haciendo que sufran hoy una tercera victimización: asesinadas en la guerra y en la dictadura primero, olvidadas en la transición y en la democracia después y, por último, derogadas con la entrada de la ultraderecha en los gobiernos autonómicos. Y encima lo hacen a través de un eufemismo que nosotros desde luego consideramos que es absolutamente inaceptable. Aún no nos habíamos recuperado de los hilitos de plastilina de Rajoy para referirse a la mayor crisis ambiental de nuestro país o de las dos ranas de Aguirre para referirse a los casos de corrupción que la rodeaban cuando ahora nos vienen a hablar de concordia. Les digo sinceramente, señorías, que hay que tener mucho cuajo —de verdad lo digo— para llamar concordia a la mayor infamia que se recuerda en nuestro país (aplausos) contra las víctimas del franquismo y de la Dictadura.
Es verdad que la derecha nunca ha creído en las políticas memorialistas, pero de ahí a derogarlas es un paso que jamás antes se habían atrevido a dar, devolviendo al olvido a quienes aún no hemos terminado de sacar de las cunetas. Es injusto y es indigno que esto ocurra ochenta y ocho años después del inicio de la guerra de España. Señorías, este Pleno acordó por unanimidad de sus miembros en el año 2004 dignificar, reconocer y reparar a las víctimas de la guerra. Desde esa base España ha avanzado legislativamente en materia de memoria a lo largo y ancho del país, muchas veces con el concurso y gracias al apoyo del Partido Popular, bebiendo todos de un mismo principio inspirador: la garantía de no repetición, ahora puesta en cuestión por el segundo partido de la oposición. Normal que la Organización de Naciones Unidas les haya preguntado a estos gobiernos autonómicos cómo van a hacer para conjugar la derogación de las mal llamadas leyes de concordia con el deber y el derecho a buscar la verdad, la justicia y la reparación. Probablemente estos mandatos de la ONU no les convenzan hoy a ustedes —no en vano hace poco les dijeron básicamente que no sabían ni leer— y seguramente que mis argumentos —ni les cuento— poco van a ayudar a convencerles, pero, aun a riesgo de pecar de bisoñez, quiero volver a hacer una invitación a que, por favor, retiren ustedes esas leyes de la vergüenza, esas leyes de la discordia, porque son profundamente injustas, injustas para tantas personas, para tantas vidas, para tantos españoles inocentes que no pudieron defenderse en vida y que encima hoy alguno quiere seguir deshonrando su muerte. Así que, si todo lo anterior no funciona, me queda, señorías del Partido Popular, al menos apelar a que sean coherentes con ustedes mismos, a que hagan como hacen en Andalucía o en mi comunidad autónoma, en La Rioja, donde ustedes no derogan las leyes de memoria democrática. Y si tampoco les convencen sus propios argumentos, me temo que ya solamente me va a quedar desde esta tribuna implorar y apelar al espíritu de Alpedrete: mejor rectificar que arriesgarse a quedar como un auténtico zoquete. (Aplausos).
Y una nota al margen antes de finalizar. Obsérvese —ya acabo, presidente— que hoy aquí nadie va a acusarles a ustedes de traicionar a los muertos, absolutamente nadie, como, por cierto, ustedes sí que hicieron con los socialistas en el pasado, pero a todos los que quieren derogar sí que les diré algo: hay más honor, más democracia y más España en cualquier fosa común que en la derogación de la memoria de sus víctimas que ustedes pretenden en toda la nación.
Muchas gracias. (Aplausos).