Javier Sánchez Serna
PodemosDiputado.Página 28Vídeo
Gracias, presidenta. Señorías, ministra, hoy traemos a esta Cámara una cuestión que pensamos que es de la suficiente entidad como para que el Gobierno la hubiera traído aquí hace tiempo. Me refiero a la participación de nuestro país en los nuevos planes de guerra de los Estados Unidos y de la OTAN, una cuestión que se intenta disfrazar permanentemente y que se intenta hurtar del debate, pero que va a tener y ya está teniendo un impacto directo sobre la vida de la gente y de los pueblos de Europa.
Desde que hace dos años comenzará la guerra de Ucrania, las élites europeas decidieron rechazar el papel de intermediación y diplomacia que les correspondía y apostaron por embarcarnos en una suerte de guerra proxy contra Rusia, una potencia nuclear que tiene un arsenal aproximado de 6000 ojivas nucleares. Desde Podemos dijimos que el envío de armas a Ucrania no serviría para una rápida resolución de un conflicto complejo que no empezó en 2022 con la invasión ilegal de Rusia sobre territorio ucraniano, sino que venía de décadas atrás con el golpe de Estado del Maidán, los bombardeos sobre la región del Dombás y también con las promesas incumplidas sobre la expansión de la OTAN hacia el este. En mi formación apostamos entonces por la diplomacia, el diálogo y la resolución pacífica de los conflictos. Nos llamaron ingenuos. Dos años después, Ucrania está perdiendo la guerra, el frente está empantanado y el pueblo ucraniano se está llevando la peor parte. Sin embargo, los señores de la guerra están decididos a doblar la apuesta y a seguir escalando: más guerra, más armas y más bombas en el frente oriental y, cuanto más destructivas, mejor; sobre todo, mejor para una industria armamentística que estos años ha visto crecer sus beneficios en más de un 300 % y que alcanza una cotización récord.
Señora ministra, señora Margarita Robles, España es el país del ‘no a la guerra’. En el año 2003 la gente salió masivamente a la calle para rechazar las mentiras de Aznar y para oponerse a la participación de nuestro país en la guerra de los Estados Unidos. Un año después, el presidente Zapatero respondía a ese clamor popular y decidía retirar las tropas españolas de Irak. Señorías del PSOE, ¿qué ha pasado para que hayan abandonado el no a la guerra y hayan decidido respaldar todos los planes bélicos de la Administración norteamericana, de Ucrania al mar Rojo y del mar Rojo a Taiwán?
Hace unos días el presidente Pedro Sánchez ―se ha dicho ya aquí― decía que el Gobierno trabajaba para que callen las bombas y hable la paz. Sin embargo, las decisiones que ha tomado este Gobierno en los últimos meses contradicen estas palabras y van en una dirección muy contraria. Veamos algunos ejemplos en forma de titulares, que hemos podido leer todos en la prensa. Europa Press, 25 de enero: El Gobierno prevé alcanzar el 1,3 % del PIB de inversión en defensa para 2024, con el horizonte del 2 % para 2029. Radiotelevisión Española, 24 de marzo: Sánchez garantiza su apoyo a la Zelenski y garantiza nuevas capacidades para Ucrania. Supongo que nuevas capacidades es un eufemismo para decir más bombas, más armamento, más artillería. La Razón, 29 de marzo: Mahón se convierte en base naval para la flota de la Operación Sea Guardian de la OTAN.
Escribía George Orwell aquello de que «la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza». Así es la retórica de este Gobierno, orwelliana. Por mucho que se empeñan en venderlo así, gastar más en armas no es trabajar para la paz, es trabajar para la guerra, y el seguidismo a Estados Unidos, del que ustedes hacen gala, no refuerza nuestra autonomía estratégica, al contrario, es un acto de sumisión.
Por si fueran poco los titulares que he dado más arriba, la semana pasada el Gobierno aprobaba una nueva partida de 1130 millones de euros para la compra urgente de armamento y munición, y lo hacía vía gasto extraordinario y no vía debate presupuestario para hurtar de nuevo la posibilidad de un debate en esta Cámara y una votación por parte de los diputados y las diputadas. Puede parecer un tema secundario, pero no lo es. Cada euro que se invierte en armamento y munición es un euro que no se invierte en sanidad pública, en educación, en dependencia, en ayudas sociales, en políticas feministas. Si la escalada bélica va a más, y parece muy probable que vaya a ser así, ¿de dónde se va a recortar para llegar al 1,3 % del PIB en defensa? ¿Nos queda todavía soberanía como país para abordar públicamente ese debate y decidir si queremos seguir la senda belicista o no? Yo les digo que sí, que España es un país soberano, que debe ser aquí, en el Congreso de los Diputados, donde se debata cualquier aumento de gasto militar y que deben ser la ciudadanía y sus representantes los que voten si vamos a una guerra o no. Nosotras no tenemos la respuesta, pero sabemos perfectamente que nuestro pueblo está muy lejos del discurso belicista que hoy promulgan a los cuatro vientos las élites europeas a las que representa el señor Borrell.
También hay ministras de este Gobierno que han defendido que estos gastos extraordinarios en material de guerra, pues bueno… están bien porque supuestamente tenemos un gasto bajo en defensa y, por tanto, no pasa nada si subimos ese gasto en defensa. Yo les adelanto que esta información no es correcta, y no es correcta porque no se puede mirar solo el presupuesto del Ministerio de Defensa, sino que hay que atender también a muchas otras partidas de otros tantos ministerios que también van a las Fuerzas Armadas; unos gastos militares que además no van destinados a la mejora de la situación de la tropa ―que se lo digan a los mayores de cuarenta y cinco años―, sino que en muchas ocasiones sirven para engrosar los abultados beneficios del complejo militar industrial. La propia Intervención General de la Administración del Estado reconoce en sus informes que solo en 2023 el gasto real en defensa superó en 2500 millones de euros el inicialmente presupuestado, llegando a situarse por encima de los 15 200 millones. Otros organismos independientes elevan aún más esos cálculos. Así, si atendemos a los datos del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, una de las entidades más prestigiosas a nivel global en estas cuestiones, el gasto real de España asciende a 27 617 millones de euros; sería más del doble de lo que oficialmente reconoce el Gobierno. España estaría destinando al epígrafe de la guerra un 1,5 % aproximadamente de su PIB, bastante más del 0,97 % supuestamente presupuestado por el Gobierno. Y el Centre Delàs d’Estudis per la Pau o el Grupo Antimilitarista Tortuga calculan que el gasto podría ser incluso superior, llegando hasta el 1,89 % del PBI o el 3,34 % del PBI respectivamente. El motivo de estas discrepancias es sencillamente que el Gobierno hace trampas con la contabilidad y, para evitar un escándalo en la opinión pública y al mismo tiempo enriquecer más a los fabricantes de armas, el Gobierno oculta sistemáticamente buena parte del gasto militar en partidas opacas de otros ministerios y en artilugios contables. Yo entiendo que al Gobierno le interese comparar gastos con otras potencias militares, pero es una decisión política que ustedes toman. ¿Por qué no comparamos nuestras inversiones en el ámbito de sanidad o de ciencia, donde, por ejemplo, Francia está 4 puntos por encima de nuestro país? Nosotros queremos tener ese debate aquí, en este Congreso. Usted sabe que nos hemos opuesto en estos años a los aumentos de gasto militar, y lo vamos a seguir haciendo, sencillamente porque no queremos que estas aventuras bélicas, que en el fondo no responden a los intereses de los pueblos europeos, nos quiten ni un solo euro para sanidad, para educación o para políticas de dependencia. Lo diré de otra forma. Nuestro país no gana nada dejándose arrastrar a un choque geopolítico para garantizar la hegemonía alicaída de los Estados Unidos; al contrario, nos hace más pequeños, más dependientes y nos expone a grandes riesgos. (Aplausos).
España se beneficia de la multilateralidad, de la diplomacia, del comercio y también de las inversiones de potencias emergentes como los BRICS. España se beneficia, en definitiva, de una política de paz. Hace unos días, por ejemplo, conocíamos la noticia de que la automovilística china Chery retomaba la antigua planta de Nissan en Barcelona para producir 50 000 vehículos eléctricos en 2027. Gracias a este acuerdo con una empresa china se recuperarán hasta 1200 puestos de trabajo y eso tendrá un efecto cascada muy positivo para multitud de proveedores que suministran piezas y servicios a la fábrica de Nissan. Pero ¿qué pasaría si Estados Unidos decide seguir aumentando las tensiones con China con nuevas provocaciones sobre Taiwán? ¿Nos volveríamos a dejar arrastrar a una campaña de boicot contra inversiones chinas y aceptaríamos perder esa oportunidad como país? Son preguntas que le dejo en el aire, pero cada vez son más los analistas, de derecha e izquierda, que ya ven que esta escalada bélica va en detrimento de Europa, cada vez más subalterna a los Estados Unidos y con menos autonomía estratégica.
Nosotros pensamos que España debería apostar por una política de paz por convicción, pero también por interés nacional. Hace unos años nos llamaron ingenuos, pero hoy creo que es la política más realista y, si se me lo permite, le diría que la política más patriótica: poner nuestros esfuerzos en la diplomacia, el diálogo y la defensa del derecho internacional, y en ningún caso sumarnos a la carrera por acumular más arsenal militar y más capacidad de destrucción. El Gobierno de España tiene en su mano la posibilidad de no contribuir a esta escalada bélica y de reducir el gasto militar ―es una decisión política que ustedes tienen que tomar― y así poder aumentar la inversión en lo que de verdad, yo creo, importa a la ciudadanía: la sanidad, la educación, la dependencia o la vivienda pública. Lo dijimos cuando estábamos en el Consejo de Ministros y se lo volvemos a decir: el camino para la paz es simple y llanamente la paz.
Muchas gracias. (Aplausos).