Joaquín Robles López
Señor presidente, señorías, señor ministro, hasta la fecha, ningún antecesor en el cargo ha expresado con tanta claridad su hispanofobia; un ministro que no intenta recuperar las obras de arte expoliadas en España y que, sin embargo, está encantado con devolver las reliquias de un supuesto pasado colonial.
La semana pasada una activista indigenista, del tipo de las que se invita al Museo de América, calificó a Velázquez como pintor esclavista y a todo el arte español como racista. Me refiero a la iniciativa del Movimiento Justicia Museal que, en colaboración con el Museo de América y ―según dicen ellos― con colectivos transgresores y feministas, tiene como objetivo eliminar, reordenar y colocar comisarios capaces de manipular adecuadamente las reliquias procedentes del expolio colonialista español para dignificar el lugar en los museos de los cuerpos feminizados marrones e indígenas, como si esas tribus marrones e indígenas no hubieran vivido en imperios terribles, como el inca o el azteca. (Aplausos).
La respuesta de su ministerio a una pregunta definió cultura colonial como el conjunto de manifestaciones culturales que se producen en una comunidad bajo la presencia de otro grupo humano foráneo que ejerce una posición dominante. Según esta definición, podríamos considerar cultura colonial desde el nacimiento de la agricultura en el Neolítico hasta el marxismo-leninismo y, desde luego, la filosofía griega, el derecho romano, la literatura inglesa, la música clásica, las reliquias de la cultura azteca, inca, maya, etcétera. ¿Y sabe qué? Hasta esas teorías del género que se popularización por el área de influencia de los Estados Unidos podrían ser consideradas como cultura colonial. (Aplausos). Con este criterio suyo, las leyes de Burgos, de principios del siglo XVI, promulgadas por Fernando II, que elevaban a las naciones indias a la condición de sujetos de derecho sometidos a las mismas leyes que un peninsular, serían cultura colonial. Cultura colonial serían los hospitales, catedrales y universidades construidas por los españoles en todo el mundo. Tendríamos nosotros que considerar que el acueducto de Segovia o el teatro romano de Mérida son reliquias coloniales, dado que se ajustan perfectamente a su definición de cultura colonial. Usted no quiere acabar con el pasado colonial, usted lo que quiere es borrar la historia y hasta la antropología.
Existe una palabra para definir todas estas aportaciones que hizo España en Hispanoamérica, y no es cultura colonial, se llama sencillamente civilización. (Aplausos).
Sabemos que no es una idea original suya, sino de las élites de la izquierda woke que dominan las universidades, las organizaciones transnacionales que imponen su agenda ideológica con todos los dogmas: los del calentamiento global, de géneros, heteropatriarcado, reparación del colonialismo. (El señor vicepresidente, Bermúdez de Castro, ocupa la Presidencia). Sabemos que usted no es sino un simple peón de esa ideología globalista impulsada desde esas instituciones. Usted no es culpable de esto, usted es culpable de sumarse acríticamente a esta ideología delirante. Allá los demás con sus traumas y su vergüenza por haber construido factorías esclavistas, como Leopoldo II en el Congo. España construyó más universidades en todo el mundo que Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda e Italia juntas. (Aplausos). ¿Son esas universidades, según su criterio, residuos de cultura colonial?
Una de las claves de la falsaria leyenda negra radica en asociar al imperio católico español con la idea de imperio colonial depredador y esclavista. No puedo reproducir aquí en el escaso tiempo que tengo la discusión sobre otros asuntos, pero, aun reconociendo que en toda conquista se producen crímenes e injusticias —y España no fue una excepción, no vamos a caer en la leyenda rosa—, no obstante, la norma básica que inspiró la acción española en América no fue la de un imperio colonial organizado bajo la norma del gobierno indirecto, sino la de un imperio generador, en el que se reproducen las mismas instituciones políticas que en España. El imperio español no produjo factorías. Nos encontramos con encomiendas y ciudades donde la población procedente de las etnias de las naciones culturales precolombinas quedaba incorporada en la misma medida que la población peninsular y a través de instituciones análogas. Es una mentira completa, una invención el presentar los pueblos originarios, el indio, pero también aquí en España el celta, el catalán o el vasco como una especie de unidad armónica de pueblos pacíficos, ecológicos y resilientes que perdieron su libertad y felicidad al ser invadidos por malvados españoles.
¿Alguien puede creer que los imperios precolombinos —marrones, en la jerga de los activistas— no eran esclavistas, no practicaban crímenes rituales, no vivían bajo el yugo de etnias dominantes? Con esta lastimera moda de autoperdonarse pretenden redimir las injusticias pasadas, al tiempo que silencian las injusticias del presente. (Aplausos). Por ejemplo, China, en su codicia por las materias primas del suelo africano, aplica condiciones laborales análogas a las del esclavismo. Las reverencias y bochornosos besapiés propios de la cultura woke en los Estados Unidos no han logrado disminuir ni la brecha salarial ni las diferencias de renta entre blancos, hispanos y negros, aunque, indudablemente, han contribuido a construir una falsa conciencia entre las élites pijoprogres del Partido Demócrata, a las que tanto se parecen ustedes. (Aplausos). Marx y Lenin dijeron aquello de que la religión era el opio del pueblo. Hoy podemos asegurar que la cultura woke es el opio, pero no del pueblo, sino de las élites a las que ustedes representan; las élites que defiende una Europa multicultural porque no viven en barrios donde la inmigración ilegal hace imposible la vida normal; las élites que se llenan la boca con lo público, pero llevan a sus hijos a colegios privados; (aplausos) las élites que se pasean por la alfombra roja de los Goya, exhibiendo su solidaridad y pidiendo, eso sí, que se frene a la ultraderecha, no vayan a quedarse sin subvención, una subvención que seguramente que usted les dará porque sirven a su ideología, a la ideología dominante del globalismo. (El señor vicepresidente, Rodríguez Gómez de Celis, ocupa la Presidencia).
Tampoco me cabe ninguna duda de que la nueva Dirección General de Derechos Culturales que usted ha promovido sirve fundamentalmente a dos propósitos: el primero, la difusión de esta ideología, esto es, del relativismo cultural, que conlleva también un relativismo moral, apenas matizado por unos derechos humanos a los que, por cierto, ni China ni ningún país islámico se ha sumado, y, la segunda, colocar a su gente en el ministerio. Nueva dirección general, nuevo Centro Coordinador de Industrias Culturales, nueva Oficina Española de Derechos de Autor y Conexos: muy dudoso que todo esto sirva para algo más que para cumplir con los planes del señor Errejón de enchufar a cargos y militantes con dinero público como una forma superior de conciencia revolucionaria, y es que esa revolución, por lo visto, se hace mucho mejor con una buena cuenta corriente.
Algunos nada sospechosos de ultraderechistas ya denunciaron hace décadas la impostura de esta izquierda caviar. Por ejemplo, el cantante y diputado del Partido Comunista cubano Silvio Rodríguez escribió en su Canción en harapos: «Qué fácil es escribir algo que incite a la acción / contra tiranos, contra asesinos, / contra la cruz y el poder divino / siempre a la sombra de la nevera y el comedor». Este es el supuesto paradigma cultural al que usted se refería hace unas semanas en su comparecencia en la Comisión de Cultura, paradigma que, según usted, está siendo puesto en peligro por la ultraderecha. ¡Qué malvados! Pues, mire, como ya le indiqué en aquella Comisión, lo que usted llama paradigma no es más que una ideología elitista que ignora los problemas de la ciudadanía y que, encima, en España pacta con unos supuestos pueblos oprimidos por los españoles, con una ideología que prefiere la Europa de los pueblos a la Europa de las naciones soberanas.
Mire usted este mapa. (Muestra un mapa). Es el mapa de la Europa de los Pueblos. En las elecciones europeas del 7 de junio de 2009, Esquerra Republicana, el Bloque Nacionalista Galego, Eusko Alkartasuna, Aralar, la Chunta Aragonesista y los Verdes presentaban una candidatura llamada Europa de los Pueblos que asumía este diseño (muestra el mismo mapa), un diseño realizado en los años treinta por las SS. Este es el diseño que pretendían los nazis para Europa. Y ese es el diseño al que ustedes se apuntan en su Europa de los Pueblos (aplausos), un diseño basado en la peregrina y metafísica idea de un volksgeist que, por lo visto, sopla a través de la raza. Naturalmente, ahora ya no usan la palabra raza; del mito de la raza han pasado al mito de la cultura. Les leo, por ejemplo, a Prat de la Riba, uno de los fundadores del separatismo catalán, que escribía: «No nos movemos por el espíritu de la provincia, sino por el espíritu del pueblo, por el volksgeist y los impulsos de la raza». Y digo esto porque el nacionalismo catalán y el nacionalismo vasco son profundamente racistas. Recordemos lo que decía Jordi Pujol: «El hombre andaluz no es su hombre coherente, es un hombre que vive en un estado de ignorancia y miseria cultural». Y en la misma línea, Heribert Barrera, presidente de Esquerra Republicana, dijo en un libro de 2001: «En América, los negros tienen un coeficiente inferior al de los blancos. Se debe esterilizar a los débiles mentales». Si alguien debe pedir perdón por un pasado racista son los supremacistas catalanes, vascos y gallegos, no los españoles. (Aplausos).
España necesita un ministro de Cultura que defienda la importancia del símbolo que nos une, que ya no es la cruz de Borgoña, sino la letra eñe como emblema de un idioma universal abierto a las artes, la ciencia y la filosofía; una lengua común a seiscientos millones de personas que aquí se persigue y acorrala, en el País Vasco, en Galicia y en Cataluña, con desprecio de la sentencias del Tribunal Superior de Justicia, con el único fin de que unas de las regiones más ricas —p or cierto, enriquecimiento que en gran medida dependió del tráfico de esclavos en Cuba— dejen de contribuir al sostenimiento de la nación, erigiéndose en naciones fraccionarias, insolidarias con las regiones más pobres. (Aplausos).
Termino con una frase de Julián Juderías, que sistematizó el término leyenda negra para referirse a esa invención maliciosa de los enemigos de España que ustedes, revolucionarios de salón, hacen suya para mostrar una España odiosa y justificar la secesión, naturalmente. Dijo Julián Juderías: «Por encima de todos los partidos hay algo que debemos defender, y es el buen nombre de España». A lo mejor deberíamos empezar, señores del PSOE, por cesar de su cargo a un ministro que se dedica a todo lo contrario.
Muchas gracias. (Aplausos de las señoras y de los señores diputados del Grupo Parlamentario VOX, puestos en pie).