Manuel Arribas Maroto
Gracias, presidenta. Buenas tardes, señorías. Hay decisiones políticas que son fáciles y hay decisiones políticas que son necesarias. Las primeras de ellas, señorías, pueden dar tranquilidad; las segundas pueden generar críticas, incomprensión e incluso tener un coste electoral. Pero, cuando decidimos apoyar una decisión que puede contribuir a salvar una vida, nuestra obligación no es preguntarnos cuánto cuesta políticamente; nuestra obligación moral y nuestra responsabilidad es tomarla. En el pasado mes de marzo, este Congreso tuvo la oportunidad de avanzar en materia de seguridad vial, pero no salió adelante. Hoy tenemos de nuevo una oportunidad. En estos meses seguro que han cambiado muchas cosas en nuestro país, pero hay otras cosas que no han cambiado. No ha cambiado el efecto del alcohol sobre la conducción, no ha cambiado el riesgo, no han cambiado sus consecuencias y, desgraciadamente, tampoco han dejado de llegar víctimas a nuestras carreteras. Por eso volvemos, señorías, no para rebatir un debate, no para repetirlo, no para ajustar cuentas, no para reprochar a nadie lo que votaron hace seis meses. Volvemos porque creemos en esta medida, porque creemos que puede contribuir a salvar vidas y porque la seguridad vial no puede resignarse. Mientras que exista una sola decisión que pueda evitar una muerte en nuestras carreteras, esta Cámara tiene la obligación de intentarlo. Y volvemos después de un verano que debe hacernos reflexionar, señorías. Durante los meses de julio y agosto se produjeron 218 siniestros mortales; 240 personas perdieron la vida en las carreteras, 10 más que en el verano anterior, y otras 926 personas tuvieron que ser hospitalizadas. Todo llegó en un verano en el que España ha vuelto a batir récords en cuanto a movilidad, con más de 100 millones de desplazamientos. Y hay otro dato que debería preocuparnos especialmente, y es que, entre jóvenes de 15 y 24 años, murieron 31 personas, 8 más que el año anterior. Señorías, detrás de las estadísticas hay una realidad mucho más sencilla, y es que en este verano cada día cuatro personas salieron de su casa y no regresaron nunca más. España ha recorrido un enorme camino en seguridad vial. Pero no ha sido fruto de la casualidad; ha sido fruto de decisiones políticas, de decisiones valientes, de decisiones difíciles, algunas de ellas discutidas y algunas de ellas seguro que consideradas impopulares. Señorías, hicimos obligatorio el uso del cinturón de seguridad; hubo quien lo consideró una intromisión en la libertad del conductor, pero hoy nadie concibe subirse a un vehículo y no abrocharse el cinturón. (Aplausos). Hicimos obligatorio el casco, y hoy nos resultaría completamente anómalo y extraño circular por una carretera y que nos adelantase un motorista sin llevarlo puesto. Después llegó el carné por puntos. También hubo críticas, hubo quien opuso resistencia. También escuchamos que queríamos perseguir a los conductores. Hoy forma parte de la más absoluta normalidad de nuestra cultura de seguridad vial. Hemos reducido velocidades, hemos aumentado los controles, hemos mejorado las carreteras, hemos apostado por la prevención y por la educación, y cada una de estas decisiones ha ido colocando una barrera frente a la muerte en las carreteras. (Aplausos). Hemos ido cerrando el círculo, y ahora nos toca cerrarlo un poco más.
Señorías, sé que para algunos de ustedes pensar en reducir la tasa de alcohol puede suponer una medida incómoda, incluso impopular, que puede molestar ―y puede ser―. Pero nosotros, señorías, no hemos venido a esta Cámara solo a tomar decisiones populares; hemos venido a tomar decisiones responsables. Y seguramente alguien pensó que hacer obligatorio el cinturón quitaría votos, seguramente alguien pensó que hacer obligatorio el casco quitaría votos y seguro que también lo pensaron cuando el carné de conducir. Pero hoy seguro que ninguno de ustedes piensa cuántos votos costaron aquellas medidas. Y hoy lo que sí podemos preguntarnos es cuántas vidas ayudamos a salvar con esa toma de decisiones. (Aplausos). Señorías, esto es gobernar, esto es legislar, es tener la valentía de adoptar decisiones respecto de las que quizá dentro de veinte años nadie sea capaz de entender cómo podíamos discutir sobre ellas, porque hay decisiones políticas que se miden en votos, pero también hay otras que son mucho más importantes, las que se miden en vidas. Y aquí quiero regresar a los datos, porque este debate no nace de una ocurrencia, no nace de una percepción, no nace del capricho del Ministerio del Interior, no nace del capricho del director general de Tráfico, no nace del capricho de las asociaciones de víctimas, que hoy veo que nos acompañan aquí y a las que quiero dar las gracias: a Aesleme, a Stop Accidentes, a Ponle Freno, a P(A)T; a todos y cada uno de vosotros, que ayudáis a las víctimas y nos alentáis a seguir en esta carrera de fondo. (Aplausos).
Esta medida, señorías, no nace de la casualidad. Uno de cada tres fallecidos en carretera presentaba alcohol en sangre; repito, uno de cada tres. Y sabemos que el alcohol continúa siendo uno de los principales factores concurrentes en los siniestros mortales. Llevamos años haciendo campañas, realizando controles, educando, concienciando, sancionando también, y debemos seguir haciéndolo, pero, si el alcohol continúa apareciendo detrás de demasiadas tragedias, tenemos la obligación de hacernos una pregunta: ¿Podemos hacer algo más, señorías? Y la respuesta es sí, sí podemos hacerlo, porque la seguridad vial nunca ha avanzado conformándose, ha avanzado tomando decisiones. Este verano se han vuelto a perder 240 vidas, entre ellas, las de 31 jóvenes entre 15 y 24 años. No podemos aceptar estos datos como si fuesen inevitables; una muerte evitable nunca puede convertirse en parte de una estadística asumible.
Por eso nuestra propuesta es clara: establecer la tasa máxima de alcohol en sangre a 0,2 gramos por litro, a 0,10 miligramos en aire expirado para todos los conductores; una tasa común, una regla sencilla, un mensaje comprensible. Tenemos que acabar con ese concepto de que el consumo moderado de alcohol al volante es aceptado y tenemos que dejar de hacernos esas preguntas acerca de cuánto puedo beber, si una cerveza o una copa, cuánto mido, cuánto peso y cuánto he comido. La pregunta debe ser que, si voy a conducir, puedo beber. Y la respuesta debe ser inequívoca y no debe dar lugar a dudas: la respuesta debe ser no; si voy a conducir, no puedo beber. (Aplausos).
Hoy estamos en esta Cámara porque esta cuestión no consiste simplemente en cifras. Tenemos que hacerlo con rigor, tenemos que hacerlo con seguridad jurídica y tenemos que blindarlo por ley. Y este también es el camino que debemos seguir para modificar las conductas de algunos conductores. Seguro que para algunos de vosotros esto no será suficiente, y claro que no es suficiente: una ley no va a terminar con los siniestros viales, tampoco un radar, ni el cinturón, ni el casco; necesitamos hacerlo todo, en su conjunto. Por eso la pregunta no es si esta medida va a resolver todos los problemas. La pregunta es mucho más sencilla, es si esta ley reduce el riesgo, y la respuesta es sí. Y, como es sí, debemos seguir avanzando, y mañana seguir haciendo el resto. No utilicemos el hecho de que esta medida es insuficiente para usarlo como excusa y no hacer nada.
También escucharemos que detrás de esta medida existe afán recaudatorio. Lo escuchamos en la comisión y en ponencia. Quiero decirles cuánto queremos recaudar exactamente con esta ley: queremos recaudar cero euros. El mayor éxito sería no recaudar ni un solo euro con esta modificación, porque eso significaría que ningún ciudadano ha decidido beber y después ponerse al volante. No queremos recaudar más, no queremos más accidentes, no queremos más heridos, no queremos más muertos, no queremos más familias destrozadas. (Aplausos).
Y, señorías, tampoco estamos hablando de prohibir beber a una persona adulta, que tiene la libertad para hacerlo; lo que regulamos son las condiciones en las que después de haber bebido coge un coche y sale a una carretera, que es una vía compartida. Sí, señorías, porque la decisión de beber puede ser una decisión individual, pero, si uno después se pone al volante, las consecuencias dejan de ser así automáticamente. Y demasiadas veces vemos cómo quienes pagan las consecuencias son personas inocentes, como aquel joven de 21 años para cuya familia el pasado 16 de agosto a las 6:10 de la mañana se paró el reloj. Un vehículo se salió en la M‑404, en Madrid, y volcó. Dentro viajaban cuatro jóvenes, y uno de ellos murió; tenía 21 años. No sabemos qué quería hacer con su vida, pero sí sabemos que prácticamente tenía toda su vida por delante. Seguramente, tenía la edad de terminar sus estudios, de encontrar su primer trabajo, de enamorarse, de viajar, de equivocarse, de empezar otra vez de nuevo, de celebrar comidas familiares, de ver envejecer a sus padres, y todo eso desapareció aquella madrugada. Historias como estas no son extrañas, ocurren cada fin de semana. Detrás de cada estadística hay personas, no números, señorías; no se queden con los números, las historias deben continuar.
Y termino, presidenta. Ahora quiero pedirles algo, no como diputados, sino como padres, como madres y como personas. Seguro que muchos de ustedes tienen hijos. Imagínense por un instante que ese chaval de 21 años era uno de ellos. Imaginen su habitación, sus fotografías, sus estudios y, también cómo en unos segundos desaparece todo. Pónganse en el lugar de esa madre que no volverá a abrazar a su hijo, de esa madre que cada noche antes de irse a dormir recuerda aquella fatídica llamada del guardiacivil diciéndole que su hijo había fallecido, de esa madre que cada vez que mira su fotografía piensa en todo aquello que le quedaba por vivir. Nosotros, señorías, hoy no vamos a poder devolverle la vida, ni tampoco para sus padres, pero podemos intentar evitar la siguiente llamada.
En marzo esta votación se perdió por un solo voto. Pero marzo ya pasó, y hoy tenemos la segunda oportunidad. Muchas víctimas, todos aquellos que perdieron la vida en la carretera no la han tenido. Señorías, detrás de cada decisión que tomamos aquí puede haber una familia que nunca conoceremos, una familia que quizá nunca sepa que una ley evitó que recibiese esa llamada. Eso, señorías, también es legislar: salvar la vida de personas que nunca sabrán que la decisión se tomó aquí. Por eso les pido un voto con responsabilidad, desde la conciencia, desde la humanidad. No hagamos de esto una victoria de uno y una derrota de otros. Esto no va de derrotar al Gobierno ni al grupo que propone esta iniciativa. Esto va de conseguir una victoria para el conjunto de la sociedad. Cerremos el círculo: señorías, os pido el voto favorable para la toma en consideración de esta proposición.
Gracias. (Aplausos).