José María Sánchez García
Gracias. Con la venia, señora presidenta. Esta proposición de ley, cuya defensa realizo en este acto, tiene su origen en el inicio de la presente legislatura. Se presentó en el mes de octubre de 2023 y ya había sido presentada en la XIV Legislatura sin haber sido defendida, con un texto prácticamente idéntico, salvo alguna modificación en la exposición de motivos. El hecho de que datase de aquellos años no supone que este texto haya quedado sin objeto, sin sentido o sin finalidad. Muy al contrario, este texto pone de relieve una vez más que VOX es el único partido político que se anticipa a algunos problemas cuando estos ya son evidentes para una inteligencia media y el resto de los partidos persiste de una forma obstinada en ignorarlos. En esta proposición de ley lo que se postula es una modificación del artículo 16 de la vigente Ley Orgánica, de 17 de noviembre, de la Defensa Nacional, modificación breve y lacónica, pero a nuestro juicio suficiente, sobre todo si se lee a la luz de la exposición de motivos. Esta modificación consiste en añadir a la letra c) de dicho artículo 16, sobre los tipos de operaciones que las Fuerzas Armadas pueden llevar a cabo en el ejercicio de lo que es la milicia, lo siguiente. El texto en vigor dice: «El apoyo a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado…» Es decir, que entre las funciones propias de las Fuerzas Armadas se incluye la de apoyar a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Sigue diciendo: «… en la lucha contra el terrorismo y a las instituciones y organismos responsables de los servicios de rescate terrestre, marítimo y aéreo, en las tareas de búsqueda y salvamento». Lo que propone el Grupo VOX es que se añada, a continuación de «terrorismo», lo siguiente: «y la inmigración ilegal». Es decir, que las Fuerzas Armadas apoyen a las fuerzas de orden público en la lucha contra el terrorismo «y la inmigración ilegal».
Creo que es ocioso que yo ilustre el sentido, el alcance, la finalidad y, por qué ocultarlo, el acierto de esta innovación legislativa que se pretende a la vista de los hechos que hemos tenido que sufrir en el último mes y medio, exactamente, en la ciudad de Ceuta. Me parece que esto es suficiente para que todos los grupos que constituyen esta Cámara ―y digo bien, porque todos, todos, excepto el socialista, han criticado la inacción del Gobierno ante esa invasión, cierto que no invasión propiamente militar, pero invasión, al fin y al cabo, y, como he dicho en alguna ocasión ya en esta Cámara, verdadero casus belli, con arreglo a los libros de derecho internacional, aunque a algunos señores no les guste, no lo sepan o las dos cosas, no lo sé― apoyasen, a la vista de esos hechos, esta proposición de ley.
No sé lo que sucederá, aunque sospecho que no va a ser así, porque entre los grupos que en esta ocasión han criticado al Gobierno desde la izquierda y desde posturas separatistas ahora se producirá ese respingo antimilitarista y también antipatriótico, y entonces dirán que no, que en realidad el Ejército aquí no pinta nada, etcétera. Dentro del etcétera cabe aquello que dijo este señor que hoy preside el Gobierno en alguna entrevista conocida, antes de ser jefe de dicho gabinete, y es que él era partidario de suprimir el Ministerio de Defensa. Bueno, no dijo suprimir el Ejército. Creo que en su confusa concepción y escasa información acerca de las cosas, más o menos es lo mismo, aunque administrativamente no lo sea.
Como digo, parece que esta proposición es de todo punto pertinente, oportuna, y lo era cuando se presentó porque lo sucedido en Ceuta en este año 2026 era perfectamente previsible. (Rumores). Muchos han sido los argumentos, todos torpes y falaces, que el Gobierno ha ido exponiendo en boca de sus ministros, ministras, su jefe ―no sé si doña Begoña también ha participado en este debate, aunque es posible, o su hermano el pianista, qué sé yo―. Primero, se decía que todo obedecía ―lo dijo aquí el ministro de Justicia, señor ‘Trolaños’― a una tergiversación en las redes sociales de una sentencia del Tribunal Supremo. (Chistan pidiendo silencio). Luego, apareció por aquí, en esa semana en la que tuvieron que comparecer hasta nueve ministros, alarmado el Gobierno por el efecto deletéreo que esta crisis estaba teniendo en su índice de voto, según la prospectiva electoral, y dijo el microministro que no, que todo esto tenía por causa ―no única, pero una de las causas― una operación de la internacional reaccionaria. El microministro se ve que no admite dimensiones moderadas: de lo micro a lo macro. (Continúan los rumores). La internacional reaccionaria universal, se entiende. Y luego hubo otro ministro o ministra ―ya no recuerdo― que dijo que en realidad el problema es que había que tener en cuenta que esa frontera, la que separa a la ciudad de Ceuta de Marruecos, tiene la tensión económica más alta del planeta porque la diversidad de renta de ambos lados de la frontera es enorme. Y, después de todos esos argumentos, el último ya ha sido el del jefe de Gobierno, que ha dicho que hay que comprender las cosas como son, que esto es un hecho y que los ceutíes tienen que comprender que se tienen que aguantar, en síntesis, por decirlo en términos castizos.
Entre toda esta panoplia de tonterías ―no sé cómo no se les ha ocurrido en Moncloa algo mejor―, hay algo que han dicho que tiene un fundamento de verdad. No es que sea totalmente verdad, pero tiene un fundamento de verdad. El presidente y algún ministro han dicho que la cuestión de la seguridad en Ceuta es una cuestión permanente, crónica. Claro, esto no se puede negar, y por una razón elemental: es geográfica. Ceuta está en África y sus fronteras terrestres son con el Reino de Marruecos y las marítimas son con aguas jurisdiccionales también del Reino de Marruecos. Y lo propio sucede con la plaza de Melilla. (Continúan los rumores). Luego este problema, efectivamente, es crónico, porque la geografía ―bueno, alguna parte de la geografía parece ser que es mutante, como en el caso del clima, pero en fin…― física, ordinariamente, tiende a la estabilidad. Lo digo para estos de la ciencia, los que invocan la ciencia aquí constantemente, que, por supuesto, ninguno es científico, claro. Y, por lo tanto, ese es un problema.
Téngase presente que la presencia española en el continente africano, que no se ha limitado a las plazas fuertes de soberanía de Ceuta y Melilla, es precisamente en dichas plazas la más antigua. Es decir, España ha estado en Ceuta y Melilla antes que en cualquier otro lugar de África donde haya podido desempeñar la soberanía o haya ejercido como potencia colonial. (Aplausos). Tanto es así que el Reino de Marruecos, por mucho que lo diga, no puede invocar ―ni lo ha conseguido: lo ha intentado ante el Tribunal Internacional de Justicia en el caso del Sáhara Occidental― ningún título legítimo de soberanía ni sobre el Sáhara Occidental ni sobre Ceuta y Melilla, por una razón elemental, y es que cualquier título que pueda invocar ―que no puede invocar ninguno― sería, en todo caso, posterior a títulos precedentes que tiene España: en el caso de Ceuta, como sabemos, desde el siglo XVI, por una cesión de la Corona portuguesa a la Corona española ―Portugal era soberano en esa plaza desde el siglo XV―, y en el caso de Melilla, desde 1497, por derecho de conquista de un condotiero de la casa de Medina Sidonia, que finalmente cedió la plaza a la Corona castellana. La presencia de España en Guinea, del siglo XVIII, ulteriormente ya formalizada como colonia, hasta la independencia en el siglo XX. La presencia en Marruecos, en lo que hoy es el territorio del Reino de Marruecos, pues también es antigua, pero diseminada, nunca con plazas de soberanía declaradas y reconocidas por todas las potencias extranjeras, como Ceuta y Melilla, que se formaliza finalmente en un protectorado compartido de Marruecos en la segunda década del siglo XX, hasta la independencia en 1956. Y así podríamos enumerar algunos otros casos menores. Es decir, no hay ciudades más españolas ni plazas más españolas fuera del territorio peninsular sobre las que sea soberana España que las ciudades de Ceuta y Melilla. (Aplausos).
Pues bien, ese problema crónico hace ocioso todo este debate que se está agitando en los medios acerca de si el Gobierno sabía o no sabía, si le habían informado, si dice la señora Robles que sí, si dice el señor Marlaska que no, si se pelean entre ellos. Nos da igual esa pelea de gallos o gallinas o gallináceas, no lo sé. Me da igual, me da exactamente igual. ¡Si el problema es crónico y permanente, se requiere una solución permanente! Lo que requiere es que las ciudades de Ceuta y Melilla tengan una frontera defendida por el Ejército. (Aplausos). Llámenlo como quieran, llámenlo militarizado, me da igual, pero de modo permanente, porque no es este ataque de 2026 tampoco nuevo en las pretensiones del sultán y de otras autoridades de aquellos territorios. (Continúan los rumores). En 1860 ya las autoridades de Marruecos, en aquel caso el sultán, atacaron Ceuta y, en la batalla de los Castillejos, resultó vencedor el general Prim, que desde entonces ha pasado a la literatura y a la historiografía española como el héroe de los Castillejos y se le concedió el título de Duque de los Castillejos. Fue en 1860. De modo que este irredentismo marroquí sobre plazas sobre las que nunca ha tenido soberanía tampoco es nuevo, lo que indica la permanencia del problema y, por lo tanto, lo que justifica una permanencia en la solución. (Varios señores diputados: ¡Tiempo!―Protestas)¡El Gobierno ha sido responsable de que esas plazas no estuvieran debidamente protegidas! Esa protección hubiera permitido evitar el asalto sin necesidad de abrir fuego.
Concluyo, señora presidente. (Continúan los rumores.―Protestas). En general esta cuestión, que afecta a la inmigración ilegal, se relaciona con otra más amplia, la del multiculturalismo. Tampoco VOX ha descubierto en esto el Mediterráneo ni las sopas de ajo ni nada parecido. En 2004 Samuel Huntington, profesor de Harvard, ya publicó un ensayo, después de la crisis de las Torres Gemelas del 11S, que se titulaba ¿Quiénes somos? en el que expone claramente que el multiculturalismo suponía una disolución de la esencia de la nación americana.