Pedro Puy Fraga
Muchas gracias, presidenta. Debatimos ahora la Proposición de ley orgánica de transferencia de la AP‑9, la vía que vertebra Galicia de norte a sur, a la que el Grupo Parlamentario Popular ―que lleva años respaldando una petición unánime del Parlamento de Galicia― ha presentado cinco votos particulares, que son los que defiendo, con el objetivo de recuperar el texto consensuado por el Partido Popular, el Partido Socialista y el Bloque Nacionalista Galego en el Parlamento de Galicia y que el acuerdo transaccionado entre nacionalistas socialistas y SUMAR deturpa profundamente, como tan acertadamente señaló mi compañero Celso Delgado en el debate en comisión. (Aplausos). Estamos ante un problema que afecta a Galicia, pero que no es exclusivamente gallego, ya que incide en la cohesión social y territorial de España, en la competitividad de la eurorregión Galicia‑Norte de Portugal y también en Asturias y Castilla y León. Los usuarios soportan los peajes más altos del país. Al tiempo que los trenes de alta velocidad de vía única y diferentes anchos dificultan la operatividad, el desarrollo del eje atlántico de mercancías está paralizado, los aeropuertos apenas tienen frecuencia y el mantenimiento de las autovías deja mucho que desear. La gestión de la AP‑9 por la Administración del Estado ha sido costosa para sus usuarios desde el primer momento, cuando en el último franquismo se optó por financiar infraestructuras mediante el pago de peajes. Retrasos desde el inicio a consecuencia de la crisis económica de los setenta y de la oposición del nacionalismo de izquierdas, que hablaba entonces de unha navallada para Galicia y de que las vacas iban a dejar de dar leche. Y luego todos los Gobiernos de todos los colores, desde el de Adolfo Suárez al de Zapatero, pasando por los de González y Aznar, decidieron compensar las pérdidas de la concesionaria o financiar las nuevas obras incrementando los peajes o el plazo de explotación. Todos los Gobiernos y de todos los colores. Y hoy, cuando la mayoría de las autopistas de peaje de España han sido liberadas o rescatadas por razones de seguridad vial o medioambientales, es injusto y carece de sentido que los usuarios de la AP‑9 tengan ―tengamos― que seguir pagando esta hipoteca hasta 2048 a una empresa que este año subió los peajes un 5 % y que en los últimos cuatro años ha multiplicado por dos sus resultados.
El texto que llegó al Congreso tuvo el respaldo unánime del Parlamento de Galicia porque allí se consensuó. De hecho, una de las modificaciones más preocupantes introducida en la tramitación en el Congreso por el Partido Socialista, SUMAR y Bloque ha sido la eliminación de la disposición adicional que en su día se incluyó, precisamente a propuesta del Bloque, para garantizar que el coste de una posible sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea contraria a la prórroga de la concesión del año 2000 no recayera sobre la Administración autonómica, sino sobre quien la realizó: la Administración del Estado. Y resulta lamentable que el Bloque, que en la anterior tramitación de esta proposición de ley solicitó la retirada de las enmiendas, cosa que el Grupo Popular hizo, y que el pasado 22 de abril votó en Galicia a favor de defender aquí y ahora la literalidad del texto original, exigiéndole al PSOE el 28 de abril que retirara sus enmiendas, participe en la modificación sustancial de la propuesta a espaldas del grupo mayoritario en esta Cámara y en Galicia. (Aplausos).
Los votos particulares responden a esta alteración sustancial del acuerdo unánime original. El Congreso, obviamente, está en su derecho de modificar las propuestas remitidas por los Parlamentos autonómicos, pero también el Parlamento gallego y la Xunta de Galicia están en su derecho de denunciar que este pacto rompe los consensos alcanzados en Galicia, como acaba de hacer el pasado Pleno de hace ocho días del Parlamento de Galicia y la Xunta, en una carta que estos días ha dirigido al ministro Puente la conselleira de Infraestructuras advirtiendo que en estas condiciones la transferencia no es viable. Y no es viable por tres motivos. El primero es jurídico. El artículo 1 de la proposición de ley original dice, literalmente, que se transfiera a la Comunidad Autónoma de Galicia la titularidad de la autopista del Atlántico y explicita las funciones que asume la comunidad autónoma en relación con la concesión. En el texto transaccionado no se transfiere; la transferencia queda diferida ―no sé si esto, además, es constitucional― al acuerdo que se formule después en la Comisión Mixta de Transferencias, y además con muchos límites, lo que nos lleva al segundo motivo: el económico.
Del texto original se han caído garantías esenciales para la viabilidad financiera del traspaso, como, por ejemplo, la cobertura de las inversiones ya comprometidas, el mantenimiento de las bonificaciones que ya está asumiendo la Administración del Estado y la ampliación a la que se comprometió y que iba incluida en los presupuestos de 2024, la compensación por los incrementos tarifarios diferidos al año 2038 y la mencionada asunción por la Administración del Estado de las posibles consecuencias de una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea en relación con la ampliación de la concesión. Y hay motivos para la preocupación. No solo por los 4000 millones que le puede costar a la Xunta el hecho de que no se hayan incluido estas previsiones, sino porque en las catorce ―catorce― ocasiones que la Xunta ha solicitado al ministro Puente conocer la posición del Gobierno en relación con ese procedimiento judicial en Europa, el ministro ―habitualmente tan rápido en sus respuestas― no ha contestado ni a una de las cartas que se le ha dirigido desde Galicia por la eficaz conselleira de Infraestructuras María Martínez Allegue. Y, ante esta falta de transparencia, la Xunta no ha tenido más remedio que interponer un recurso contencioso‑administrativo simplemente para acceder a la documentación remitida por el Gobierno a las instituciones europeas. Y, por si esto no bastase, se ha introducido una cláusula nueva adicional que fija como techo máximo de las obligaciones a asumir por la Administración del Estado los límites económicos vigentes a fecha del acuerdo en la Comisión Mixta de Transferencias, lo que, evidentemente, desnaturaliza el texto original.
Y el tercer motivo es político. Resulta irresponsable, cuando saben que la transferencia solo se puede materializar con el concurso de la voluntad del Gobierno gallego, imponer requisitos en la ley que condicionan la viabilidad financiera del traspaso y que la Xunta saben que no puede aceptar. Porque la Xunta tiene la obligación de defender la posición financiera del Gobierno autonómico, que es lo que estamos haciendo precisamente nosotros ahora. Defender que los gallegos paguen no ya dos, sino tres veces por una autopista que es vital para la economía de Galicia y el noroeste no lo podemos aceptar. Alguien debería explicar por qué se han traicionado los acuerdos previos en Galicia y hasta los acuerdos que el PSOE firmó en su día con el Bloque para la investidura de Sánchez en el año 2020, que garantizaban el traspaso libre de cargas y ese mismo año, pero, como siempre, bravos en Galicia y mansos en Madrid. (Aplausos).
Los cambios introducidos ponen en riesgo la seguridad jurídica y la viabilidad financiera del traspaso y no los podemos apoyar. De no prosperar los votos particulares en el Senado, como es natural, recuperaremos el espíritu y la letra del texto original. Y serán entonces los grupos que han roto los acuerdos y traicionado sus propios compromisos los que tendrán que explicar sus motivos para hacerlo. Porque si algo evidencia este debate es que hay quien respeta los acuerdos alcanzados, quien mantiene sus compromisos y quien defiende a la ciudadanía y quien no lo hace, y por eso quien merece gobernar en Galicia y pronto en España.
Muchas gracias. (Aplausos).