Ada Santana Aguilera
Muchas gracias, presidente. Buenas tardes. La pornografía se ha convertido en la escuela de la sexualidad de la generación joven. Quizás podríamos debatir si siempre ha sido así, pero, si hay algo evidente es que nunca ha sido tan accesible como ahora. Ya no es necesario descargar películas y tampoco entrar en páginas específicas; el contenido pornográfico está presente en las plataformas digitales y redes sociales que consumimos diariamente. Incluso existen una serie de códigos que permiten localizar rápidamente este tipo de contenido, clasificándolo por categorías o por nivel de violencia. Otra cosa que ha cambiado es el contenido. Violencia extrema, prácticas humillantes y, sobre todo, un mensaje para nosotras: ellos tienen el poder.
Si hay algo que no ha cambiado durante generaciones es la falta de educación afectivo‑sexual en las aulas. Tampoco en las familias, donde este tema se reduce simplemente a hablar de métodos anticonceptivos y embarazos no deseados. Pero ¿a cuántos jóvenes se les habla de consentimiento, de placer o de deseo? (Aplausos).
El 53 % de los niños entre 6 y 12 años aseguran que han visto pornografía en Internet sin quererlo y el 70 % de adolescentes entre 13 y 17 años consumen pornografía de manera frecuente. Por supuesto, nueve de cada diez padres desconocen que sus hijos consumen pornografía online. Pero hay todavía más. El 36 % de la juventud comparte con sus parejas su propio contenido sexual. Además, la mitad ha recibido imágenes sexuales sin consentimiento y uno de cada cinco afirma compartir ese contenido sin permiso. Sin embargo, la peor de las consecuencias de una educación sexual basada en el porno es la dificultad de distinguir qué es real y qué es ficción. Por una parte, tenemos la banalización de la violencia sexual. ¿Cómo pretendemos que un joven distinga la violencia sexual cuando se ha formado y educado erotizando la violencia? ¿O cómo vamos a introducir el concepto de consentimiento si la pornografía les enseña que, cuando ella dice que no, realmente quiere decir que sí? Por otra parte, visualizan conductas agresivas y violentas ejercidas en un 94 % a las mujeres. ¿Cómo les hablamos de igualdad mientras normalizan esta violencia a las mujeres? Y aún más complicado, cuando el mensaje que les mandamos a ellas es que les tiene que gustar ser tratadas así.
Por tanto, el contenido sexual que consumen no se limita a las pantallas, pornifica sus relaciones afectivo‑sexuales, su comportamiento e incluso su percepción de su lugar en el mundo. Por supuesto, no podemos desaprovechar la ocasión para recordar que la mayoría de contenido subido a plataformas digitales o redes sociales pertenece a víctimas de violaciones, mujeres que han sido engañadas o extorsionadas, otras de las que se han aprovechado de su vulnerabilidad y otras que sencillamente corresponden al imaginario clásico de violación. También es necesario recordar que la mal llamada industria de la belleza está también muy presente aquí, enseñándoles a nuestros jóvenes qué tipo de cuerpos han de tener, distorsionando nuevamente la realidad e hipersexualizando el entorno digital. Y es que no nos tiene que extrañar que entre los adolescentes, sobre todo las mujeres adolescentes, se encuentran de moda operaciones del tipo operarse los labios, operarse los pechos o incluso operarse los labios vaginales para responder al estereotipo de mujer que se les enseña que han de ser.
Ante todo, sería ingenuo pensar que las familias en exclusiva deben ser las encargadas de proteger a sus hijos de un mundo que se escapa de nuestra comprensión y que, lamentablemente, avanza más rápido de lo que nos gustaría. Por esa razón, el Gobierno de España ha impulsado el proyecto de ley orgánica para protección de las personas menores de edad en entornos digitales, que se encuentra actualmente en tramitación parlamentaria, y las propias familias en un 95 % afirman estar de acuerdo en que quieren que se regule el entorno digital para proteger a sus hijos e hijas. (Aplausos). Y si hablamos de formación afectivo‑sexual a las familias, nos encontramos con que el 40 % de las familias afirma que nunca o casi nunca ha hablado con sus hijos e hijas de educación sexual. Por tanto, creo que a estas alturas de la intervención no es necesario preguntar si es esencial hablar de la educación sexual y afectiva en las aulas, sino cambiar la pregunta a por qué la educación sexual afectiva sigue siendo la asignatura pendiente de nuestro sistema educativo. (Aplausos).
En este punto, uno de los grandes problemas es el intento de imponer el pin parental en algunas comunidades autónomas, como ocurre en el caso de Murcia o como pasa en mi tierra, Canarias, donde en estos momentos hay instrucciones para limitar el llamado contenido ideológico que incluye temas sexuales, en clara afrenta a la libertad de enseñanza, generando entre los docentes y equipos directivos temor ante posibles represalias a la hora de impartir este tipo de contenidos a su alumnado. Con todo lo expuesto, ¿cómo no nos va a sorprender que después veamos esos índices donde los jóvenes son los que compran esos discursos negacionistas si está todo conducido perfectamente para que esto ocurra así?
Para ir terminando, quiero recordar, remontándonos al año 2004, que desde la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de medidas de protección integral contra la violencia de género, se recogen de forma expresa medidas relativas a la formación de igualdad entre hombres y mujeres en el ámbito educativo. Sin embargo, han pasado más de veinte años y esta sigue siendo una tarea pendiente. Por eso, por reiterativa que para algunos grupos pueda parecer esta iniciativa, creemos que sigue siendo necesaria, porque sigue estando al día y más aún cuando tenemos peligros que no solamente siguen estando vigentes, sino que además siguen creciendo. Por último, ya para acabar, lo diría como ruego casi generacional: con mi generación no llegamos a tiempo, nos fallaron, pero hagámoslo bien con la generación presente y también con las que vienen.
Muchas gracias. (Aplausos).