Carlos Hernández Quero
Gracias, presidente. Hoy debatimos algo que sonroja tener que debatir, algo muy sencillo e intuitivo, antropológico incluso, prepolítico desde luego: a saber, si las viviendas sociales en España, levantadas y sufragadas con el dinero de los españoles, han de alojar preferentemente a los españoles sin casa o no; si las ayudas a la maternidad o las plazas de guardería en España, sostenidas gracias al esfuerzo de los españoles, han de ser prioritariamente para los españoles que las necesitan o no; si los españoles deben ser olvidados, preteridos y abandonados en España o si, por el contrario, han de ir siempre primero. Les revelo un secreto: este debate es ficticio, artificial y acartonado. Ahí fuera nadie duda, nadie está dividido con esto; la gente lo tiene muy claro. Nuestros compatriotas lo tienen muy claro: no existe la madre que atiende antes a un desconocido que a su propio hijo; ni el marido que procura antes el bien de un extraño que el de su esposa; ni tampoco el chico que no desee que a sus amigos, sus vecinos o sus compañeros de trabajo les vaya lo mejor posible. Ahí fuera no hay gente que relegue, que arrincone, que menosprecie o que destierre a los suyos; eso solamente pasa aquí, en esta Cámara. Ahí fuera la gente ordena su vida y sus prioridades a partir de vínculos, de lazos, de deberes, de afectos, de amores, de lealtades o de responsabilidad con los suyos, con sus semejantes; ni quieren a todo el mundo por igual ni piensan en todo el mundo por igual ni, cuando los recursos son escasos, los destinan a todo el mundo por igual. (Aplausos). Nada de eso. Jerarquizan y priorizan, y ponen primero a los suyos, a los seres queridos, a los de casa. Si las personas actúan así y lo hacen a diario es porque saben cómo funciona la economía doméstica. Es más, es porque saben que «economía» viene de oikos, que es hogar, y porque el deber de quienes guardan y custodian un hogar es gestionarlo virtuosamente y es hacerse cargo del sostenimiento material de sus miembros, es garantizar la continuidad y la viabilidad de dicho hogar. Y ese hogar no es abstracto, ni infinito, ni universal, ni ilimitado; es un bien concreto que preservar y que defender. Es el hogar familiar y es también el hogar nacional. (Aplausos).
Nadie entendería a un padre que marginara a sus hijos, no solamente por resultar contra natura, sino porque sería una sangrante elusión de sus deberes y obligaciones, una forma de desligarse, de abandonar a los suyos, de dejarlos en la estacada. Por eso, cuando suceden actitudes como estas, reciben la repulsa y la reprobación públicas. Lo mismo sucede con esto. Siguiendo la misma lógica, nadie entiende al político esnob y estirado al que aburren las cosas del comer de sus compatriotas y, sin embargo, le apasionan los asuntos más dispares que tienen lugar en la otra punta del mundo. Hablamos de ese tipo cosmopolita que ignora la llamada de la tierra, que se despreocupa del porvenir de su comunidad inmediata, tal vez por una mezcla de pereza y pedantería, pero que le gusta proclamar a los cuatro vientos su universalismo, su igualitarismo y su humanitarismo. Es el político hipermétrope, pretendidamente sensible hacia lo lejano y lo abstracto, pero duro e indiferente con lo concreto, con lo cercano y con lo inmediato. Pues bien, ese político internacionalista, que tanto abunda en esta Cámara, actúa como aquel progenitor que fallaba a sus descendientes y produce, por tanto, la misma indignación y pena. Pena por su distancia con su pueblo e indignación por lo averiada que tiene su brújula moral, por lo lejano que se muestra de la realización de sus deberes.
Y hay que ser claros, jugar a ser solidario con los de fuera cuando los españoles carecen de toda base material de existencia digna es una forma terrible de ser insolidario con los nuestros, es una dejación de funciones y es una traición en toda regla. (Aplausos). Porque la actual situación no es de normalidad, no es de neutralidad, es de avasallamiento, es de relegación, es de prioridad extranjera. Porque no es ni normal, ni natural, ni neutral que los españoles tengan que competir con un número potencialmente infinito de personas por un número estrictamente finito de recursos, de ayudas, de servicios. Esa pulsión contra lo propio, contra lo amado, contra lo cercano, contra lo real, no solamente es irresponsable y cruel, que lo es, es también una extravagancia intelectual propia de esta era del desarraigo; es algo que habría sido incapaz de pensar, de imaginar o incluso de concebir el ser humano a lo largo de los siglos. Porque llegar a tolerar y a justificar la actual situación de desplazamiento nacional en prestaciones sociales, en vivienda o en empleo es la consecuencia de haber pensado, en primer lugar, que no existe un «nosotros» y que, por tanto, tampoco hay un «los otros» y que, en definitiva, no hay ni deberes, ni obligaciones, ni compromisos ni con nuestros seres queridos, ni con nuestras familias, ni con nuestros amigos, ni con nuestros vecinos, ni con nuestros compatriotas, que lo único que existe es el derecho a desentenderse de los nuestros y no el deber de protegerlos, que las relaciones entre las personas son meros contratos o actos administrativos, que detrás no hay amor, ni cultura común, ni historia, ni nada que proteger ni que cuidar, que las naciones o las comunidades son simples accidentes, que solo somos números.
En consecuencia, solamente desde esta triste perspectiva en la que las personas ni compartimos nada ni pertenecemos a nada puede entenderse que se haya forzado al español a convivir con listas de espera interminables, con urgencias saturadas, que se le haya privado de la posibilidad de poder acceder a una vivienda después de haber favorecido la entrada de cerca de cinco millones de personas en cerca de cinco años o que, por idénticos motivos, se haya llevado a los servicios sociales y públicos a una situación de desamparo y degradación absoluta. Ni en España cabe todo el mundo, ni somos el hospital de todo el mundo, ni somos la residencia de todo el mundo, ni España es un folio en blanco en el que se pueda esculpir una nueva identidad. (Aplausos). Somos una comunidad nacional con rasgos distintivos y con una doble misión: la primera, garantizar nuestra continuidad histórica; y la segunda, cuidar, abrazar y elevar a aquel de los nuestros al que le va peor para que pueda ser libre y para que pueda mirar al futuro con esperanza. Porque la justicia social, si quiere ser algo más que un simple brindis al sol o una declaración pomposa, requiere de concreciones, requiere de fronteras, requiere de delimitaciones. Es un derecho histórico de los españoles que sus necesidades sean atendidas en primer lugar y es también un deber histórico de las autoridades obedecer este mandato.
En esta tesitura, por tanto, necesitamos políticos que claven su mirada en España y en los españoles. Frente a los mitos, frente a las utopías, frente a las ensoñaciones cosmopolitas, hay que reivindicar la política de las causas pequeñas, de las cosas concretas, de las viviendas, de las familias, de los polígonos, de las guarderías, de los hospitales, de los empleos. (Aplausos). Quizá para ustedes esto sea poca cosa comparado con la inmensidad del mundo, pero les aseguro que no hay causa más grande que poder dotar al pueblo español de dignidad material, aliento comunitario, justicia social y fe en un destino compartido.
Muchísimas gracias. (Aplausos de las señoras y los señores diputados del Grupo Parlamentario VOX, puestos en pie).