Rafaela Romero Pozo
Gracias, señor presidente. Señorías, buenos días a todos y a todas. Todos hemos sido testigos en los últimos años de un deterioro progresivo de las formas parlamentarias. Lo reflejan los diarios de sesiones, lo reflejan las constantes llamadas al orden, lo reflejan comportamientos que nada tienen que ver con la crítica política legítima y sí con la descalificación permanente, la intimidación o el desprecio hacia quienes piensan diferente. Con esta iniciativa que hoy debatimos, el Grupo Parlamentario Socialista tiene un objetivo claro: dotar a esta Cámara de instrumentos proporcionados, garantistas y eficaces para responder a estas conductas, unas conductas que alteran gravemente la convivencia parlamentaria y dificultan el normal desarrollo de los trabajos de esta institución, para protegerla, señorías, del caos, del acoso y de la violencia. La reforma nace de la evidencia que todos hemos podido comprobar. El Reglamento actual presenta lagunas cuando se producen comportamientos de intimidación o violencia dirigidos contra quienes sirven a esta Cámara o contra sus órganos de Gobierno. También cuando de manera reiterada, pero intencionada, se incumplen las llamadas al orden destinadas a garantizar el adecuado funcionamiento de las sesiones. Por ello, proponemos, por un lado, incorporar al artículo 101 la posibilidad de suspensión temporal de la condición de diputado en supuestos de violencia o intimidación grave producidos en el recinto parlamentario y, por otro, reforzar el artículo 104 con medidas aplicables ante comportamientos reiterados que perturban el desarrollo de las sesiones. Se trata, señorías, de una reforma plenamente respetuosa con los principios de legalidad, tipicidad, proporcionalidad y garantía procedimental; una reforma que está, además, alineada con mecanismos existentes en otras cámaras parlamentarias europeas y españolas Señorías, no estamos ante una reforma pensada para favorecer a nadie ni para perjudicar a nadie. Estamos ante una reforma destinada a proteger una institución que pertenece a todos los ciudadanos y ciudadanas. (Aplausos). Porque la cuestión que hoy debatimos, por muy complicada que la quieran ver, es muy sencilla. ¿Puede una democracia permanecer impasible cuando determinadas conductas pretenden sustituir el debate por la intimidación, el respeto por el hostigamiento o la palabra por la agresividad? ¿Puede permanecer impasible? No. Rotundamente, no podemos permanecer impasibles. La democracia exige pluralismo, exige discrepancia, exige confrontación política, pero también exige el respeto a unas reglas básicas de convivencia que permitan que esa confrontación se produzca en libertad y en igualdad, señorías; y en igualdad. (Aplausos). Debemos ser claros en una cuestión fundamental: esta reforma no sanciona ideas, no sanciona posiciones políticas, no sanciona discrepancias; sanciona conductas, sí; conductas incompatibles con la dignidad de esta Cámara y con el respeto debido a quienes la representamos y la servimos. Porque la libertad parlamentaria no puede confundirse con la impunidad parlamentaria, porque la firmeza política no puede convertirse en intimidación y porque el pluralismo político no puede transformarse nunca en una degradación deliberada de las reglas comunes. Señorías, quiero detenerme un momento en quienes sirven a esta institución. Quiero reconocer el trabajo de la presidenta y los miembros de la Mesa del Congreso. Gracias por su quehacer democrático con esa calma y esa nobleza que exige la dignidad del cargo. Pero quiero hacerlo también respecto al cuerpo de letrados y letradas del Congreso y al conjunto de los trabajadores y trabajadoras que garantizan el funcionamiento cotidiano de nuestras sesiones. Su tarea consiste en velar por la legalidad, la imparcialidad y la neutralidad del procedimiento parlamentario, la protección de los derechos de todos los grupos parlamentarios y asegurar que las reglas sean iguales para todos. Por eso no es casualidad que el incidente que dio origen a esta iniciativa tuviera como destinataria una letrada del Congreso. Y conviene recordarlo, porque cuando se intimida al árbitro, a quien ejerce profesionalmente la función de garantizar el cumplimiento de las normas y la imparcialidad del sistema, no se ataca únicamente a la persona, se está cuestionando la autoridad de la institución y el respeto a las reglas comunes. (Aplausos). ¡Y el respeto a las reglas comunes! Por eso, señorías, esta reforma también pretende proteger a quienes hacen posible día a día el funcionamiento de la Cámara. Muchas gracias.
Señorías, la experiencia democrática europea nos ha enseñado que las instituciones deben disponer de mecanismos para defenderse ―sí, para defenderse― frente a comportamientos que erosionan las condiciones que hacen posible su funcionamiento. No para limitar derechos, ni para restringir la libertad de expresión, ni para reducir el pluralismo político, sino precisamente para garantizar que esos derechos, esas libertades y ese pluralismo puedan seguir existiendo es para lo que presentamos esta reforma.
Porque las libertades democráticas necesitan instituciones fuertes, reglas respetadas y procedimientos garantizados y también, señorías, necesitan representantes públicos conscientes de la responsabilidad que nos ha dado la ciudadanía. Necesitan protección frente a conductas de odio y de violencia incompatibles con los Parlamentos democráticos, sean de donde sean. De eso trata esta reforma, de esa protección, de preservar la dignidad de esta Cámara, de proteger a quienes la sirven, de garantizar que el debate político siga desarrollándose mediante la palabra, los argumentos y el voto y de asegurar que el Parlamento continúe siendo el lugar donde los conflictos políticos se resuelven democráticamente.
Señorías, debemos de ser conscientes de que las democracias no se erosionan únicamente por los ataques de quienes la desprecian, no. También se debilitan cuando la sociedad y las instituciones nos acostumbramos a ellos. También se quiebran cuando surgen los cómplices o los equidistantes, los que callan y bajan los brazos ante esos ataques a las instituciones democráticas. Los fenómenos más peligrosos, señorías, para una democracia no crecen como los árboles, con ramas visibles, crecen como los hongos, alimentados por la degradación del espacio público y político, por la normalización de lo intolerable y por la renuncia a señalar aquello que amenaza nuestra convivencia. (Aplausos). Y conviene recordarlo con claridad: el problema no es solo de quien agrede, hostiga o degrada a las instituciones, también es de quien calla, de quien mira a otro lado o de quien pretende situarse en una cómoda equidistancia entre quienes respetan las reglas y quienes trabajan para erosionarlas.
Señorías, no hemos venido aquí única y solamente a representar a unas siglas. Hemos venido a representar a millones de ciudadanos y ciudadanas que esperan de nosotros más educación, ejemplaridad, respeto institucional y más compromiso democrático. (Aplausos). Ciudadanos que quieren que confrontemos ideas, pero que respetemos las reglas; ciudadanos que quieren un Parlamento firme en el debate, pero ejemplar en el comportamiento y en el respeto al contrario. Porque lo que sucede aquí tiene el peligro de trasladarse fuera de este hemiciclo: insultos, gritos, groseras faltas de educación, intimidaciones, machismo e incluso amenazas. Todo eso que hemos visto aquí, todo, luego va a nuestras calles, a nuestros barrios, a nuestras ciudades y a algunas de las sedes de algunos de los grupos parlamentarios.
A veces, como si de una nueva y perversa moda se tratara, vemos cómo se acosa a representantes políticos, a periodistas, curiosamente siempre de un mismo signo, por parte de activistas disfrazados de periodistas. Son muchos los que hablan de polarización, como si eso justificara los comportamientos con los que queremos acabar con esta iniciativa. Pero no, señorías, no. No hay polarización. Porque la polarización implica dos bandos equivalentes radicalizándose de forma simétrica, y aquí no hay simetría, señorías. Porque ni todos somos iguales, ni todos somos igualmente responsables. (Aplausos).
Siempre, señorías, son los mismos los que practican fuera y dentro del Parlamento actitudes violentas contra quienes no somos o no pensamos como ellos. Y hay que decirlo claro: no todos somos iguales. No todos subimos a enfrentar y a amedrentar al presidente y a la letrada de la Mesa del Congreso. No todos filtramos datos personales de políticos, periodistas y sus familias, ni les acosamos todos delante de sus casas, ni vamos a los mítines de otros a gritarles «hijo de puta» y a amedrentarlos. ¡Todos no somos iguales! (Aplausos).
Señorías ―acabo ya, presidente―, esta reforma nace a favor del Parlamento a favor de quienes lo servimos con lealtad, a favor de quienes lo respetamos y a favor de una democracia que tiene el derecho y el deber de defenderse y de proteger las condiciones que hacen posible su existencia. Porque cuando protegemos el Parlamento, no estamos protegiendo ni nuestros cargos ni la condición de diputados y diputadas, sino, por mucho que suene a sueño, protegemos un sueño imprescindible: la casa de la democracia.
Muchas gracias. (Aplausos).