Carlos Hernández Quero
Gracias, presidenta. Buenos días, ministra. En España hay una generación entera a la que se le han cortado las alas: no puede competir para comprar una vivienda, no puede competir para acceder a un alquiler digno, no puede competir para formar una familia y no puede competir para acceder a las ayudas y a la vivienda social que paga con sus impuestos. Se ha convertido España en una subasta global, una subasta global de salarios, de vivienda, de expectativas y de frustraciones, y en esa subasta el español corriente siempre pierde: pierde frente a fondos, grandes corporaciones y capitales internacionales para comprar; pierde frente a una inmigración masiva, que tira abajo los salarios y tira arriba los alquileres; y pierde también frente a un Estado que jamás le protege, jamás le prioriza y además le castiga fiscalmente. Empecemos con la compra. La generación a la que se le prometió que viviría mejor que sus padres, lisa y llanamente, vive peor, mucho peor. Nacieron en un hogar en propiedad y hoy solamente tienen precariedad. Vivieron en un piso de 90 metros cuadrados con balcón y hoy solo tienen un cuartucho mal ventilado y turnos para poder utilizar el salón. Millones de españoles menores de 40 años se preguntan a diario por qué, por qué esa tremenda bajada a los infiernos; por qué ayer se podía comprar una vivienda con tres años de sueldo bruto y hoy, en las principales ciudades del país, ya son más de diez o doce años; por qué ayer el 70 % de los jóvenes eran dueños de su casa y hoy esa cifra ni siquiera supera el 30 %. ¿Por qué? La respuesta, desde luego, no puede ser porque los jóvenes son más vagos o más caprichosos, o trabajan menos, o porque pagan Netflix, o porque toman cañas, o porque cogen un par de aviones al año. La respuesta no está fuera. La respuesta está aquí dentro. La respuesta es que los que han manejado el cotarro todo este tiempo, señora ministra, han destruido las condiciones que permitían prosperar a una familia normal. (Aplausos). Los salarios llevan décadas estancados, mientras todo lo demás ha subido drásticamente, incluida la vivienda. La vivienda es cara porque ustedes han hundido la oferta mientras dopaban la demanda; el acceso popular a financiación, que es el único recurso que se tiene cuando los precios están separados de los sueldos, es cada vez más complicado por las sucesivas normativas que ha aprobado esta Cámara, y los impuestos a la compra son los más altos de toda la OCDE, lo que ha supuesto una muralla fiscal imposible de saltar para la mayoría social, imposible de saltar para la mayoría de los españoles. En consecuencia, se encuentra con que la clase media ha sufrido una desposesión brutal. Porque Marc y Paula trabajan, y han estudiado, y se parten el lomo, y se dejan los cuernos, y ahorran lo poquito que pueden. Cumplen con todo aquello que se les dijo que tenían que hacer y, sin embargo, cuando llegan a la meta descubren que ya no compiten con otra pareja española joven para comprar; compiten con fondos, compiten con grandes patrimonios, compiten con empresas que tienen grandes facilidades crediticias o con fortunas extranjeras que compran a tocateja lo que los nuestros ni siquiera pueden soñar con adquirir a plazos. El comprador marginal ya no depende de los salarios medios de España, y eso está devorando a la clase media, porque el mercado de la vivienda ya no funciona según lo que puede pagar una familia española, sino según lo que pueden pagar capitales globales que, sencillamente, juegan en otra liga. (Aplausos).
Los datos son demoledores: más de una de cada tres viviendas se compra sin hipoteca, las compras por extranjeros son ya más del 20 %, y si sumamos fondos y grandes empresas, el capital internacional es ya más del 30 % de las operaciones de compraventa de cada año. Así, llegamos al mensaje real que se le está mandando a millones de españoles: que la meritocracia ha muerto, que el esfuerzo y el trabajo duro ya no garantizan nada, que el contrato social se ha roto y que, si tienen suerte ―si tienen suerte―, quizá puedan heredar con 60, 65 o 70 años la vivienda de sus padres. Así es como el país de los propietarios se convierte en el país de los precarios, en una colonia inmobiliaria, en el patio trasero de los ricos de todo el mundo.
Entonces, empieza el siguiente drama, porque el alquiler ya no funciona como una solución razonable para poder construir una vida estable. El alquiler se ha convertido en una jungla. Tenemos un desajuste brutal entre oferta y demanda, desajuste que ustedes agravan deliberadamente. Cada vez más personas buscando piso, cada vez menos pisos disponibles. ¿Cada vez menos pisos por qué? Porque todas sus regulaciones han conducido a una enorme caída de la oferta de larga duración. Son decenas de miles de casas las que salen cada año, decenas de miles de casas que antes alojaban a familias y ahora se han evaporado por arte de magia. Ley tras ley, decreto tras decreto, desde el 11/2020 y cada una de sus prórrogas hasta la ley de vivienda, han conseguido jibarizar el mercado de la vivienda. Los anuncios de los portales inmobiliarios muestran una caída de la mitad de la oferta en seis años. Es imposible hacer tanto daño en tan poco tiempo.
Yo sé que a usted los datos de los portales inmobiliarios no le gustan, así que le traigo fuentes oficiales. Las fuentes de INCASÒL, en Cataluña, la niña bonita de sus experimentos. Contratos de alquiler firmados al año: en 2021, cuando empezaban con los experimentos, 57 000 contratos firmados en Barcelona; en 2025, 30 700. Es prácticamente la mitad. Los datos los puede buscar cualquiera de sus señorías buscando ahora mismo en Habitatge. Son 57 000 y, cinco años después, 30 000. No es que en Barcelona se hayan vuelto locos. Cataluña completa: 168 000 en 2021; 108 000 en 2025. Mientras tanto, la presión sobre ese parque cada vez más reducido no deja de crecer.
Son 1 200 000 los inmigrantes que entran en nuestro país cada año, 1 200 000 inquilinos potenciales. Es el equivalente a dos Sevillas o a dos Málagas. Luego vienen las lágrimas de cocodrilo con que si se puede especular y si hay un negocio con la vivienda. ¡Cómo no va a haber un negocio si tienen clientes infinitos y cada vez hay menos competidores! Los grandes caseros se están frotando las manos con ustedes. (Aplausos). En ciudades como Madrid o Barcelona, aproximadamente la mitad de la población en edad de emanciparse ―es decir, la mitad de la población en edad de estar buscando vivienda― ya es de origen extranjero. Lo cual quiere decir que nuestros jóvenes están compitiendo por casas con un volumen demográfico importado completamente desbordado, que les está empujando a situaciones absolutamente dramáticas.
Las consecuencias son las únicas posibles y, desde luego, las esperables: cientos de candidatos por cada piso que se anuncia, filtros de acceso cada vez más duros, castings de película; españoles descartados, sin casa, enviados a una cuneta social, y hacinamiento como única respuesta a la escasez. La casa de tres habitaciones que antes alojaba a los padres y a dos hijos ahora es habitada por tres familias inmigrantes o tres grupos de estudiantes, uno en cada habitación. Una degradación lastimosa de las condiciones de vida: ollas debajo de la cama, armarios donde convive la ropa con la comida, niños que hacen los deberes en el suelo... Esto no es progreso, ni legislatura de la vivienda, ni coliving, ni nada molón; esto es chabolismo vertical. Y esto es algo que los españoles, que cuando miran por el retrovisor se encuentran con la casa en propiedad en la que nacieron, no pueden permitirse y no pueden tolerar de ninguna forma.
Entonces ocurre algo devastador: el trabajador español ya no puede competir por un alquiler sin rebajar brutalmente su nivel de vida, sin renunciar a su intimidad, a su estabilidad, a su dignidad. Así es como una generación entera empieza a redescubrir formatos habitacionales que son más propios de la novela social del siglo XIX o de la inmediata posguerra: habitaciones realquiladas, treintañeros compartiendo piso eternamente, parejas incapaces de poder tener hijos, niños creciendo sin espacio... Claro, si en la compra la familia española no podía competir con las rentas de un millonario de Ciudad de México, de Londres o de Pekín, en el alquiler resulta que ha sido condenado a una cruel disyuntiva: o destinar una parte obscena de su sueldo a pagar la renta y llegar con el agua al cuello al día 15, 16 o 17 de cada mes, o aceptar condiciones impropias de un país europeo en el siglo XXI. Por tanto, el español corriente ha quedado atrapado: demasiado pobre para comprar, demasiado acostumbrado a vivir con dignidad para poder alquilar con el hacinamiento actual, demasiado español para recibir vivienda social.
Y aquí llegamos al último escalón del drama habitacional español. Porque cuando la gente ha quedado fuera de juego, ahí debería estar el Estado, para proteger, para arropar, para elevar, para proveer de aquello que falta. Tenemos la legislatura de la vivienda, la vivienda prometida, nunca entregada, tampoco construida. Tenemos unos datos que son realmente feroces. Ya no es que la vivienda se haya vuelto cara, es que es escasa, es que hay millones de españoles sin casa. Según el INE de hace tres semanas, 3 200 000 españoles buscaron piso el año pasado y no lo encontraron; 3 200 000. Son 3 200 000 vidas paradas, en suspenso, en vilo, pendientes de un hilo, de hogares que no se están creando, de niños que no se están teniendo, de ofertas de trabajo que no se pueden aceptar. Precisamente es para todos esos españoles para los que debería haber vivienda protegida y vivienda social, para que puedan ser libres, para que puedan ser dueños de su futuro. Esa es la justicia social. Realidades concretas, señora ministra, y no la nada material y la inanidad constante de un Gobierno que ha metido en el pozo a generaciones de españoles.
Son muy ridículas las consecuciones en lo relativo a vivienda social. Cada año hay más denuncias por okupación que viviendas terminan las administraciones públicas. (La señora ministra de Vivienda y Agenda Urbana, Rodríguez García, hace gestos negativos). No diga que no, señora ministra. Puede usted ver ambos datos entrando en la página de su ministerio y del Ministerio del Interior, ambos datos son públicos para todo español que sepa leer. (Aplausos). Y no es solo que hagan poca, sino que la poca que hacen las administraciones públicas españolas ya sabemos quién se la lleva: los amigos del PP, los amigos del PSOE, los fondos o extranjeros recién llegados. Entonces, los españoles corrientes descubren que tampoco pueden competir ahí. Descubren que lo que debería ser su refugio es, al final, su condena, que también en esto son los últimos de la cola. No solo los últimos, sino que descubren todavía algo más humillante, que con sus impuestos están financiando viviendas que ellos jamás recibirán, que los españoles sin casa están pagando las casas a quienes acaban de llegar (aplausos), porque los criterios actuales priorizan casi exclusivamente la renta, la vulnerabilidad y el desarraigo, y ningún trabajador español, por precario que sea, puede competir con todo el mundo por una vivienda social. Es un juego amañado desde el principio, trucado, de bolas calientes. Eso destruye inevitablemente la solidaridad social y la solidaridad nacional. Los Estados de bienestar nacieron para eso, para proteger a los compatriotas que necesitan del abrazo colectivo. Eso es así y debería ser así en cualquier nación seria del mundo. En Suecia, primero los suecos; en Honduras, primero los hondureños; en Kuwait, primero los kuwaitíes; y en España, primero los españoles. Es la necesidad y ese es el verdadero drama. No solo la escasez, no solo los precios, sino la sensación creciente de abandono nacional, la sensación de que el español siempre va último en su propio país para todo, para comprar, para alquilar o para recibir una vivienda social.
Por tanto, señora ministra, ¿qué va a hacer para que el español vaya primero para comprar, para alquilar y para recibir una vivienda social, si es que usted considera que ha de ir primero? Nosotros creemos que no hace falta refugiarse en abstrusas reflexiones teóricas o filosóficas. El español tiene que ir primero precisamente porque estamos en España.
Muchas gracias. (Aplausos de las señoras y los señores diputados del Grupo Parlamentario VOX, puestos en pie).