Carlos Hernández Quero
Gracias, presidenta. Tres millones de españoles buscaron vivienda el año pasado y no la encontraron. Jóvenes sin posibilidad de emancipación. Familias que no tienen hijos porque no caben. (Rumores). Ofertas de empleo que se rechazan porque ya es más fácil encontrar trabajo que encontrar piso. (Varios señores diputados chistan pidiendo silencio). Las cuentas sencillamente no salen: 90 000 viviendas cada año y 1 200 000 personas entran en nuestro país. El equivalente a dos Sevillas. Insisto, dos Sevillas. ¿Cómo narices no iba a tener efecto esto en los precios de la vivienda? El mapa de la mayor subida de los alquileres coincide con el mapa de la inmigración masiva y el hacinamiento. Y es que hay un puente aéreo permanente, una conexión constante entre Barajas e Idealista. Los españoles han parpadeado y, cuando han abierto los ojos, ustedes les han cambiado el piso de 80 metros cuadrados de sus padres por el co‑living, la casa completa por la habitación y el barrio de siempre por un gueto o un parque temático. Han convertido el acceso a la vivienda en una subasta global donde el español compite simultáneamente con fondos, fortunas extranjeras y una inmigración masiva utilizada como arma de precarización salarial y presión inmobiliaria. Y en medio de todo, el español, el español sin casa. Aquel al que iba a salvar la ley de vivienda, que ahora cumple tres años. ¿El regalo?: oferta por los suelos, precios por las nubes y filtros de acceso cada vez más duros, además de castings de película (continúan los rumores), 141 candidatos por cada piso anunciado. ¿Quién pierde? (Chistan pidiendo silencio). Jóvenes, rentas bajas, familias con niños o con mayores a cargo. Excluidos, descartados, descastados, sin casa. Esa es la realidad. Feliz cumpleaños.
Al mismo tiempo, hablan aquí constantemente de la protección permanente del parque público, pero la realidad es que ese parque público solamente existe en sus diapositivas de PowerPoint y en ningún sitio más. Lo cierto es que hubo meses, incluso semanas en los años sesenta o en los ochenta, en que se hicieron más viviendas sociales que en toda esta legislatura. Y para muestra, un botón. Hay cada año más denuncias por usurpación y por allanamiento que viviendas protegidas entregan sus Administraciones. Y las poquitas que entregan son a fondos, a amigos, a familiares o a extranjeros recién llegados. (La señora ministra de Vivienda y Agenda Urbana, Rodríguez García, niega con la cabeza y señala los escaños del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso). Y es que este es un sorteo trucado completamente amañado en el que siempre ganan los mismos y siempre pierden los españoles.
Y mientras tanto, Nacho y Julia pagan los impuestos más caros, los más altos de la Unión Europea para comprar su primera vivienda. Y es que de esto fue siempre todo, de acabar con la propiedad popular nacional para convertir España en el patio trasero de los ricos de todo el mundo. Los grandes lo tienen claro, apoyarán a aquel que les garantice ganancias ilimitadas, es decir, oferta escasa y demanda infinita. Su problema, señora ministra, es que los jóvenes también lo tienen claro, quieren ser dueños de su casa, formar una familia y que los suyos vayan siempre primero. Y para eso tiene que haber en los cielos grúas construyendo y aviones remigrando. (Aplausos).