Vicente Montávez Aguillaume
Presidenta, señorías. Hay generaciones que heredan un país y hay generaciones que tienen que reconstruirlo. La generación de socialistas que llevó España a Europa tuvo que hacer las dos cosas al mismo tiempo porque veníamos de una dictadura, del aislamiento, de una España donde demasiada gente aprendió a vivir bajando la voz y desconfiando del futuro. Por eso cuando España entró en la Comunidad Económica Europea en 1986 no entró solamente en un mercado común, entró en la democracia europea (aplausos), entró en la modernidad, entró en la historia política del continente del que había sido expulsada durante cuarenta años de franquismo. Era la promesa de que nunca volveríamos atrás, nunca más la censura, nunca más el autoritarismo, nunca más una España resignada y encerrada en sí misma y esa promesa se cumplió, señorías. Se cumplió en nuestras infraestructuras, se cumplió en nuestras universidades y en nuestros derechos sociales; pero sobre todo en la vida concreta de millones de españoles y españolas. España no solamente creció, España cambió de escala histórica. Millones de mujeres pudieron incorporarse al mercado laboral en condiciones más dignas, millones de trabajadores encontraron oportunidades en una economía moderna integrada en Europa, millones de jóvenes disfrutaron del programa Erasmus. La entrada de España en la Unión Europea fue una historia de éxito colectivo y eso es lo que precisamente algunos quieren borrar cuando reducen cuarenta años de europeísmo a un discurso de resentimiento nacionalista porque la extrema derecha necesita una Europa fracasada para vender una nostalgia reaccionaria. Necesita convencer a los ciudadanos de que todos sus problemas vienen de fuera ―de Bruselas, de los inmigrantes, de los acuerdos internacionales―, haciendo del miedo y el odio su gasolina electoral. Precisamente por eso, conviene recordar algo que algunos intentan olvidar: España no solo recibió de Europa, España también ayudó a transformarla. (Aplausos). Aportó una forma distinta de entender la democracia, los derechos y la modernización social. Lo hizo cuando aprobó el matrimonio igualitario en 2005. Adelantándose a buena parte de Europa, España ayudó a normalizar un nuevo consenso democrático sobre igualdad y dignidad. Ayudó a demostrar que ampliar derechos nunca nunca nunca debilita a una sociedad (aplausos), sino que la hace más libre y más decente. Lo mismo ocurrió con las políticas públicas de igualdad, con la lucha contra la violencia machista y con la defensa de los derechos sexuales y reproductivos. España contribuyó a ampliar la conversación europea sobre derechos, igualdad y protección social, señorías, porque modernizar un país no solo consiste en crecer económicamente, también consiste en ampliar libertades y construir una sociedad más digna, más feminista y más democrática. (Aplausos). Esa misma convicción fue importante años después en el terreno económico. Conviene recordar lo que ocurrió tras la pandemia. Durante la crisis financiera, Europa respondió con austeridad, con recortes y devaluando la vida de los españoles, pero esta vez ocurrió algo distinto. Los fondos Next Generation rompieron con un viejo dogma europeo: por primera vez Europa asumió deuda común para proteger a sus ciudadanos y reconstruir su economía. El Gobierno progresista estuvo en el centro de ese cambio, señorías, ayudando a consolidar una nueva idea de Europa: que la transición ecológica podía ser política industrial, que la cohesión social también era competitividad y que lo público debía proteger a las sociedades frente a las grandes crisis. (Aplausos). Señorías, el problema es que, mientras Europa intenta avanzar en integración, el mundo empezó a retroceder. Estamos asistiendo al regreso brutal de la política del poder. Por eso, queremos expresar hoy aquí nuestra solidaridad con quienes intentan romper el silencio frente al sufrimiento del pueblo palestino, con quienes integran la flotilla, con quienes defienden la llegada de ayuda humanitaria y el respeto del derecho internacional, incluso frente a amenazas y bloqueos, porque cuando el mundo empiece a acostumbrarse al horror, la solidaridad también se convierte en una forma de resistencia democrática. (Aplausos). Europa no puede mirar hacia otro lado mientras una población civil queda atrapada entre la destrucción, el hambre y la ausencia de un horizonte político, porque los derechos humanos solo son creíbles si son verdaderamente universales, no selectivos, no condicionados y no negociables, señorías.
Precisamente ahí aparece uno de los grandes peligros políticos de nuestro tiempo: vemos crecer Gobiernos que consideran los derechos humanos un obstáculo y el derecho internacional, una molestia. Pero observamos algo todavía más preocupante: cómo parte de la derecha democrática europea empieza a asumir el lenguaje, el marco mental y las prioridades de la extrema derecha. Porque el problema no es solamente el avance electoral de los extremistas, señorías, el verdadero problema es la normalización de su visión del mundo. Cuando se relativiza el valor del derecho internacional, cuando se desprecia el multilateralismo, cuando se justifica la deshumanización del adversario, Europa empieza a olvidar para qué nació, porque precisamente Europa nació para impedir que el continente vuelva a destruirse a sí mismo. Por eso, es importante que España defienda hoy una posición clara y coherente dentro de Europa, porque los derechos humanos no pueden depender de quién sea el agresor ni de quién sea el aliado y ahí España ha hecho algo importante: recordarle a Europa que la credibilidad moral no se proclama, se ejerce.
Señorías, voy terminando. Europa no sobrevivirá únicamente por intereses económicos, sobrevivirá si sigue siendo una idea política capaz de inspirar una esperanza: la idea de que la cooperación es más fuerte que el miedo, la idea de que la democracia merece ser defendida, la idea de que ninguna nación europea será verdaderamente soberana si afronta sola los desafíos del siglo XXI. Frente al cinismo internacional, frente al odio identitario, frente a la lógica de la fuerza y la deshumanización, Europa sigue representando algo profundamente revolucionario: la voluntad de convivir.
Muchas gracias. (Aplausos).