Juan José Aizcorbe Torra
Muchas gracias, señor presidente. Señor ministro, permítame comenzar con aquella célebre advertencia de San Agustín de Hipona en su magna obra La ciudad de Dios: Sin justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones? Las democracias no suelen deteriorarse mediante rupturas visibles ni mediante golpes abruptos contra el orden constitucional, lo verdaderamente peligroso sucede cuando el poder empieza a considerar incómodos los límites que deberían contenerlo y cuando los contrapoderes dejan progresivamente de ser vistos como garantías institucionales para convertirse en obstáculos políticos a neutralizar, desacreditar o condicionar. Esa es hoy la preocupación creciente de muchos españoles. Porque el problema de la justicia española ya no puede reducirse únicamente a retrasos, pendencias o insuficiencia de medios; todo eso existe, naturalmente, pero el verdadero problema empieza a ser otro mucho más profundo: la sensación cada vez más extendida de que determinadas instituciones del Estado han dejado de actuar con plena independencia respecto del poder político. Y usted, señor ministro, señor Bolaños, ocupa una posición central en esta arquitectura, en este proceso, no solamente como ministro de Justicia, sino también como ministro de Presidencia y de Relaciones con las Cortes; es decir, como uno de los principales operadores políticos de este Gobierno y de una determinada concepción del poder según la cual cualquier institución que no resulte plenamente controlable termina convirtiéndose en un problema. El Consejo General del Poder Judicial constituye probablemente el ejemplo más evidente, y lo digo con absoluto respeto hacia sus miembros. Precisamente por ese respeto resulta todavía más preocupante el deterioro del propio sistema de elección y la imagen trasladada a la sociedad española tras aquella humillante negociación en Bruselas entre el Partido Popular y el Partido Socialista, negociación realizada fuera de España y por persona extraña e interpuesta sobre cuestiones que afectan directamente a nuestra soberanía institucional. Y usted, señor ministro, estuvo allí. (Aplausos).
Algo parecido sucede con el Tribunal Constitucional, órgano concebido para actuar como garante supremo del equilibrio constitucional, que aparece hoy ante la opinión pública atrapado en una lógica de bloques ideológicos y de reparto político entre el bipartidismo, particularmente en aquellos asuntos donde el interés del Ejecutivo resulta más evidente.
Pero probablemente el episodio más grave ha sido el de la Fiscalía General del Estado. España ha llegado por primera vez en su historia democrática a contemplar una situación institucional extraordinariamente grave alrededor de la Fiscalía, condenado su fiscal general penalmente y sostenida políticamente por el Gobierno hasta extremos impensables, nombrando de nuevo a alguien cuya sospecha de parcialidad es incuestionable. Por eso, quiero preguntarle, señor ministro, directamente: ¿qué entiende usted por separación de poderes? ¿Un auténtico límite constitucional del Gobierno o un mecanismo institucional cuyo valor depende de su utilidad política coyuntural? Ese es hoy el verdadero problema de fondo, señor ministro: la dificultad creciente del poder para aceptar límites efectivos. Determinadas resoluciones judiciales son desacreditadas cuando no convienen políticamente; determinados jueces sufren campañas permanentes de presión y desgaste ―hoy mismo lo estamos viendo―, y la justicia termina subordinada a necesidades coyunturales de supervivencia parlamentaria. Han modificado delitos para beneficiar a sus socios separatistas; han rebajado penas para sostener alianzas parlamentarias; han impulsado amnistías incompatibles con el propio espíritu constitucional, y han convertido el indulto, que debería ser una medida excepcionalísima, en un instrumento condicionado por necesidades políticas del momento. Todo parece reformable cuando peligra la mayoría parlamentaria del Gobierno.
Existe, además, algo todavía más preocupante: la sensación creciente de que el Gobierno vive en tensión permanente con aquellos órganos que precisamente deben investigarlo. España asiste hace meses a un goteo constante de investigaciones, juicios y escándalos vinculados al entorno del poder político, al entorno del Gobierno. Y se ha producido un hecho sin precedentes en nuestra democracia: por primera vez un expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha sido imputado ―no condenado, y me adelanto a su posible respuesta, señor ministro― por presuntos delitos de organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental a raíz de una investigación internacional. Y eso no aparece aisladamente, se suma a la imputación de la mujer del presidente del Gobierno, a la imputación de su hermano, a la situación de antiguos secretarios de organización del Partido Socialista y al deterioro creciente de la confianza pública en quienes ejercen el poder político. Frente a ello, la respuesta del Gobierno consiste en desacreditar a jueces, cuestionar investigaciones o promover reformas orientadas precisamente a limitar mecanismos de control sobre el propio poder. Ahí aparece una de las cuestiones más graves de esta legislatura: la ofensiva contra la acción popular ahora que el entorno político del Gobierno acumula investigaciones judiciales extraordinariamente sensibles. Esa es la razón por la que muchos españoles empiezan ya a hablar abiertamente de una ley Begoña. Por eso, quiero preguntarle también si considera normal que en pleno desarrollo de investigaciones judiciales extraordinariamente delicadas y juicios ante los tribunales, incluido el Tribunal Supremo, aparezcan informaciones relativas a contactos, llamadas telefónicas y movimientos del entorno político del Gobierno dirigidos a influir sobre personas investigadas o vinculadas a esos procedimientos judiciales en curso. Porque el problema ya no es únicamente judicial, el problema es la sensación creciente, por ser real, de que el poder intenta condicionar el contexto político, institucional y mediático de aquellas investigaciones que afectan directamente a su propia supervivencia. Y mientras todo eso sucede, jueces, fiscales, Guardia Civil y unidades investigadoras, fundamentales para la lucha contra la corrupción, terminan convertidos demasiadas veces en objetivo de campaña de desgaste y deslegitimación pública, acusados incluso de lawfare por el entorno del Gobierno con una ligereza incalificable.
La seguridad jurídica de un Estado depende también de quiénes investigan y juzgan y de que ellos puedan actuar sin presiones políticas. Ahí aparece otra de las grandes contradicciones de este tiempo político: la llamada Ley de Memoria Democrática, hija de la cainita Ley de Memoria Histórica del guía espiritual del Partido Socialista y conseguidor, señor Zapatero, que ha terminado utilizándose para reabrir conflictos del pasado entre españoles, conflictos que estaban sellados hace décadas, y banalizar incluso la propia nacionalidad española. (Aplausos). Porque la nacionalidad no es un simple trámite administrativo ni una herramienta sometida a cálculos electorales y, sin embargo, ustedes han impulsado regularizaciones masivas y nacionalizaciones aceleradas, incluida la llamada ley de nietos, con evidente impacto demográfico e institucional, mientras empiezan además a introducir procesos automatizados e inteligencia artificial en ámbitos especialmente sensibles de la justicia sin demasiadas explicaciones sobre las garantías reales en relación con la lógica y evidente supervisión humana.
Mientras tanto, la realidad cotidiana de la Administración de Justicia continúa mostrando problemas estructurales que el Gobierno no ha conseguido resolver, sino que los ha empeorado: retrasos incompatibles con la tutela judicial verdaderamente efectiva, saturación de órganos jurisdiccionales, creciente complejidad procedimental y una percepción cada vez más extendida de inseguridad jurídica. Y precisamente ahí aparece una de las grandes contradicciones de una de sus joyas legislativas: la Ley Orgánica 1/2025, presentada propagandísticamente como una gran reforma de eficiencia. Pero la justicia no es un simple servicio público más ―no lo es, no lo puede ser, jurídicamente no está así catalogada―; la justicia constituye uno de los poderes esenciales del Estado. Sin embargo, buena parte de la reforma transmite una visión excesivamente burocratizada y gerencial del sistema judicial: macroestructuras organizativas, expansión de los llamados MASC, nuevos requisitos de procedibilidad y una creciente despersonalización de la función jurisdiccional.
Los propios datos del Ilustre Colegio de la Abogacía de Madrid desmienten, además, el triunfalismo del Gobierno: más del 84 % de los profesionales valoran negativamente la obligatoriedad de los MASC y apenas un porcentaje mínimo de conflictos se resuelve realmente en esa fase previa. A ello se suma otro problema estructural que ustedes tampoco quieren afrontar: el fracaso del modelo autonómico en el ámbito de la justicia. España continúa funcionando con enormes desigualdades territoriales, con sistemas tecnológicos fragmentados y con diferencias materiales incompatibles con una verdadera igualdad ante la ley de todos los españoles.
Pero existe, además, otra cuestión extraordinariamente grave: la presión creciente derivada de la inmigración masiva, de los procedimientos de extranjería, de las regularizaciones continuas y del aumento constante de la litigiosidad vinculada a residencia y nacionalidad. Y ustedes han impulsado durante años un auténtico proceso suicida de regularización masiva y efecto llamada, sin reforzar proporcionalmente ni la capacidad operativa del Estado ni las estructuras judiciales necesarias para absorber sus consecuencias. Los juzgados soportan una presión creciente. Las fuerzas y cuerpos de seguridad denuncian reiteradamente problemas vinculados a la multirreincidencia y al incremento de determinadas formas de criminalidad asociadas al descontrol migratorio. En numerosos barrios españoles se sufre ya un deterioro evidente de la seguridad cotidiana, mientras el Gobierno responde demasiadas veces mediante estadísticas manipuladas o descalificaciones morales contra cualquiera que describa esta realidad. Esa es hoy la cuestión de fondo: si nuestras instituciones siguen existiendo para servir al conjunto de la nación o si progresivamente están siendo transformadas en instrumentos de supervivencia.
Señor ministro, hoy no le estamos trasladando únicamente discrepancias políticas; le estamos trasladando una preocupación institucional profunda sobre el estado de nuestra justicia. Y sinceramente espero que en sus respuestas pueda contestar al menos algunas de las cuestiones concretas que hoy le hemos planteado. Porque cuando el poder empieza a considerar incómodos los límites de las instituciones, dejan de ser contrapesos para convertirse en obstáculos políticos. Lo que empieza a deteriorarse es la propia legitimidad del Estado. Y por eso, igual que he empezado, conviene recordar aquella advertencia de san Agustín de Hipona: Sin justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones?
Muchas gracias. (Aplausos de las señoras y los señores diputados del Grupo Parlamentario VOX, puestos en pie).