Ana María del Carmen Redondo García
GobiernoMinistra de Igualdad.Página 26Vídeo
Gracias, presidenta. Señorías, subo a esta tribuna en representación del Gobierno de España sintiendo el orgullo de pertenecer a una larga cadena de mujeres poderosas, de mujeres feministas, de mujeres que han hecho avanzar este país. Algunas hoy están aquí compartiendo este importante debate. (Aplausos). Son mujeres que estuvieron antes, mujeres que están hoy, mujeres que se dejan, día a día, la piel para que este país siga avanzando. Lo hago, además, con la certeza de que estamos haciendo historia, porque estamos defendiendo un pilar esencial de nuestra democracia: la libertad de las mujeres para desarrollar plenamente su proyecto de vida. (El señor vicepresidente, Rodríguez Gómez de Celis, ocupa la Presidencia).
Hoy, vengo a defender el derecho a decidir, la autonomía sobre nuestros cuerpos, la capacidad de vivir en igualdad, sin imposiciones ni tutelas, porque, cuando garantizamos esos derechos, fortalecemos nuestra democracia. Sé que no se trata de un debate nuevo ni de reconocer el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo. Estamos afirmando un consenso que la sociedad española hace tiempo consolidó. Lo que pretendemos alcanzar con esta reforma es que un derecho ya reconocido sea, por fin, un derecho plenamente garantizado.
La libertad de las mujeres para decidir sobre su maternidad no está en cuestión en nuestro país, afortunadamente. Se trata de un derecho plenamente integrado en nuestro ordenamiento jurídico y expresamente reconocido por el Tribunal Constitucional en repetida jurisprudencia y, más concretamente, en la Sentencia 44/2023, donde se deja claro que la dimensión de libertad, la dimensión individual del derecho de las mujeres, está reconocida en nuestra Constitución y conectada íntimamente con la dignidad de la persona humana, con el libre desarrollo de su personalidad y, en definitiva, con la integridad física y moral que reconocen los artículos 10, 14 y 15 de la Constitución. La dimensión de libertad del derecho, por lo tanto, no está en riesgo, pero sí lo está el ejercicio real y efectivo de la interrupción voluntaria del embarazo. La libertad no está en duda ―repito―, pero ¿de qué sirve si no podemos ejercerla en condiciones de seguridad, de igualdad y de plenitud en todo el territorio?
Señorías, los datos más recientes nos dicen que esa igualdad no se respeta en España. En 2024, casi el 80 % de las interrupciones voluntarias del embarazo se realizaron en clínicas privadas y con diferencias territoriales muy sustantivas. En cuatro comunidades autónomas —C antabria, Galicia, La Rioja y Navarra— el 75 % de las interrupciones voluntarias del embarazo se practicaron en la sanidad pública. Mientras que en once regiones y en las ciudades autónomas el porcentaje no llegó ni siquiera al 10 %. Por ejemplo, en Cataluña se alcanzó un 55 %, pero sorprenden las cifras particularmente bajas, por ejemplo, de Andalucía ―un 0,2 %― o de la Comunidad de Madrid ―un 0,4 %―, donde su presidenta, además, directamente manda a las mujeres a abortar a otro lado. Es más, señorías, lamentablemente, hoy hay mujeres españolas que siguen siendo obligadas a salir de nuestro país para poder interrumpir su embarazo. Según los datos del hospital público de Bruselas, en 2024 se practicaron allí cuarenta y cuatro abortos a mujeres españolas, y aproximadamente el 44 % de las que viajaron a esa ciudad proceden, curiosamente, de la misma comunidad autónoma. Hablamos de embarazos de más de veintidós semanas, con anomalías fetales graves, en los que la ley española permite la interrupción, pero que en la práctica dependen del aval de comités clínicos que, no en pocas ocasiones, rechazan estas solicitudes. Son mujeres que, queriendo ser madres, se ven en la durísima situación de tener que abortar por inviabilidad del nasciturus. De hecho, según la Asociación de Clínicas Acreditadas para la Interrupción del Embarazo, en torno a un 40 % de estos casos son denegados en la sanidad pública de algunas comunidades, dejando a estas mujeres simplemente sin alternativa. Los responsables médicos de dicho hospital dicen que hay solicitudes de mujeres españolas que no han podido ejercer su derecho en su propio sistema sanitario y que no tienen más remedio que buscar amparo en otros países donde puedan ser convenientemente atendidas. No, no estamos hablando de los años cuarenta, cincuenta o sesenta del siglo pasado; es hoy, en España, con una democracia asentada, con un sistema público de salud que es la joya de nuestra corona todavía. Señorías, ninguna mujer debería verse obligada a pasar por una situación así cuando simplemente quiere ejercer su derecho. (Aplausos). Por eso, la reforma que proponemos es imprescindible para garantizar la libertad a la interrupción voluntaria del embarazo de una manera real y efectiva en todo el territorio y con los medios y prestaciones necesarios para garantizarlo. No se equivoquen, no cuestionamos el papel de las clínicas acreditadas, que han sostenido durante años una prestación que no siempre ha estado garantizada en el sistema público; muy al contrario, es justo reconocer que en muchos casos no solo han acompañado, sino que han protagonizado la lucha por la defensa de los derechos sexuales y reproductivos en este país, pero su compromiso con las mujeres tiene que ser complementario al que ofrece la cartera de servicios de la sanidad pública. Un Estado social y democrático de derecho no puede permitir que haya mujeres de primera y de segunda; mujeres con derechos plenos y mujeres solicitantes de atención sanitaria en otros países; mujeres que superan esta situación en su domicilio, con su familia, y mujeres que la afrontan lejos de casa.
Señorías, terminar con esa desigualdad en el ejercicio del derecho es precisamente el objetivo esencial de esta reforma constitucional que hoy planteamos. Una reforma que se concreta en la incorporación de un nuevo apartado al artículo 43 de la Constitución, que reza, según indicaciones del Consejo de Estado, lo siguiente: Los poderes públicos garantizarán el ejercicio del derecho de las mujeres a la interrupción voluntaria del embarazo en condiciones de igualdad real y efectiva con cuantas prestaciones y servicios sean necesarios. Su significado jurídico es muy claro: convertir en mandato constitucional la obligación de garantizar el acceso efectivo al derecho a la interrupción voluntaria del embarazo en toda España y de forma equitativa; blindar, por tanto, su dimensión prestacional. En este sentido, no se modifica el modelo vigente ni se altera la regulación sustantiva del derecho; simplemente se protege su ejercicio en condiciones de igualdad. Y se hace con todas las garantías y con el aval por amplia mayoría del Consejo de Estado, que es claro cuando afirma ―y cito textualmente―: No se observa obstáculo jurídico alguno para esta reforma y que su tramitación pueda continuar.
Señorías, esta reforma garantiza que ninguna mujer vea limitado su derecho por razones geográficas y refuerza la igualdad real, aumentando la seguridad jurídica y protegiendo frente a posibles retrocesos. (Aplausos). Hoy, señorías, como todos ustedes saben, se votan dos enmiendas a la totalidad que no proponen texto alternativo alguno, solo la devolución al Gobierno. Y creo, sinceramente, honestamente, que no sería honesto hurtar al Parlamento de lo que constituye su esencia ―el diálogo, el debate de ideas, la exposición de múltiples puntos de vista―, especialmente, señorías, en un momento histórico en el que el enfrentamiento se ha adueñado del espacio público y donde el exabrupto nos aleja del sentir común, del interés general, que sí es posible alcanzar con diálogo y consenso. Por eso, señorías del Grupo Popular y señorías de VOX, les pido humildemente que retiren sus enmiendas a la totalidad y den paso al diálogo. La sociedad española tiene derecho a un debate riguroso y honesto sobre este asunto. Cuando una mujer, con independencia de su ideología, toma la decisión meditada y responsable de interrumpir su embarazo, lo hace desde su autonomía, pero, repito, fundamentalmente desde su responsabilidad, en el marco de una realidad probablemente compleja y de circunstancias diversas que no necesitan ser justificadas, sino simplemente respetadas. (Aplausos).
La interrupción voluntaria del embarazo, en no pocas ocasiones, es también la consecuencia de situaciones que podrían haberse evitado. Sí, podrían haberse evitado con más información, con más recursos y también con más y mejor educación sexual. Y es ahí, señorías, donde este debate exige honestidad, exige rigor, exige altura de miras. Si de verdad el objetivo es reducir el número de interrupciones voluntarias del embarazo, no basta con enunciarlo; es imprescindible actuar sobre sus causas. La respuesta no puede ser la restricción del derecho, sino la prevención. Una prevención que pasa necesariamente por la educación en igualdad entre mujeres y hombres, por el acceso a una información veraz y por una educación afectivo‑sexual rigurosa. Solo así se reducen los embarazos no deseados. Si de verdad queremos menos abortos, el camino es claro: más educación, más igualdad y más prevención. (Aplausos).
La educación afectivo‑sexual, señorías, no es ideología. Una amplia mayoría de la ciudadanía respalda el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo, lo que evidencia que no estamos ante una cuestión controvertida en términos sociales, sino ante un derecho plenamente asumido y normalizado en nuestra convivencia democrática. Cuando existe un consenso social tan amplio y sostenido en el tiempo, la política tiene la responsabilidad de acompañar esa realidad, de traducirla en garantías efectivas y de reforzar su protección jurídica, asegurando que su ejercicio no pueda ser condicionado por factores externos o desigualdades territoriales. Así ha sucedido en países de nuestro entorno, como Francia o Luxemburgo, donde recientes reformas constitucionales han incorporado la garantía del derecho a esta interrupción voluntaria del embarazo en los propios textos fundamentales, en sus constituciones. Las reformas han contado con un respaldo parlamentario extraordinariamente amplio, que ha trascendido las divisiones políticas y ha cosechado apoyos de espacios ideológicos tradicionalmente contrarios a este derecho. En Luxemburgo, la reforma constitucional se ha aprobado con una amplia mayoría desde un enfoque jurídico y sanitario, como una garantía frente a posibles retrocesos. Y lo relevante no es solo el resultado, sino cómo se ha producido, sin una estrategia de bloqueo por parte de la derecha, que ha participado en todo momento en el debate con matices, pero sin convertirlo en un asunto de confrontación partidista. Lo mismo ha sucedido, señorías, en Francia: incluso posiciones políticas muy alejadas han entendido que hay debates que una democracia madura debe poder desplegar. Porque hay derechos que, una vez reconocidos y asumidos socialmente, deben situarse fuera de la confrontación partidista y pasar a formar parte del consenso básico que sostiene el sistema democrático. Fíjense, en ese contexto, incluso representantes de la derecha francesa han señalado que, más allá de sus posiciones de fondo, la constitucionalización responde a la necesidad de proteger el marco jurídico vigente frente a eventuales posibles retrocesos y de ofrecer una garantía adicional de estabilidad y de seguridad para las mujeres. La misma Marine Le Pen manifestó que no iba a oponerse a la inclusión del derecho en la Constitución, en la medida en que no alteraba la legislación existente, situando así el debate en el terreno de la protección jurídica y no en el del conflicto. Señorías, ese posicionamiento ilustra una idea que me parece especialmente relevante: incluso quienes no han sido impulsores de este derecho pueden reconocer que su protección forma parte de la consolidación democrática. Eso es precisamente lo que hoy les planteamos: demos una oportunidad al diálogo, veamos la conveniencia de incorporar a la Constitución el ejercicio de la interrupción voluntaria del embarazo en condiciones de equidad y de seguridad sanitaria en todo el territorio, para todas las mujeres.
Seamos claros, este es un debate que incomoda a algunos grupos políticos, especialmente a ustedes, señorías del Grupo Popular (el señor De los Santos González: Que no, que no), porque les sitúa ante una realidad social ampliamente asentada y ante posiciones que no siempre son homogéneas, ni siquiera dentro de su propio partido ni tampoco entre sus votantes. Precisamente por eso, esta reforma es también una oportunidad para el Grupo Popular. Una oportunidad para dejar atrás esa incomodidad, para dotarse de un marco estable que les permita no tener que reabrir permanentemente este debate ni verse obligados a tomar posición en términos de confrontación, sino a formar parte de un consenso democrático amplio que ya existe en la sociedad española. (Aplausos). Señorías del Grupo Popular, créanme, están a tiempo de volver a la senda de la defensa de los derechos de las mujeres. Debatamos esta propuesta, confrontemos ideas, busquemos acuerdos y avancemos. Retiren su enmienda a la totalidad. Sean, como lo han sido en otro tiempo, un partido de Estado. (Rumores).
Señorías, el reconocimiento de la libertad de las mujeres a ejercer su maternidad no nace en esta reforma, por supuesto, pues es heredera de la lucha del movimiento feminista, de la perseverancia de generaciones de mujeres que defendieron su libertad en contextos en los que ni siquiera estaba reconocida, de quienes abrieron camino cuando no había caminos, de quienes los consolidaron cuando aún eran frágiles y de quienes los defienden cuando se intentan retrocesos. Esta misma semana se homenajeaba aquí cerca a Carlota Bustelo, diputada en esta Cámara durante las Cortes Constituyentes. Desde esta misma tribuna, en el año 1978, ella defendió la legalidad de los anticonceptivos. Lo hizo en un momento en el que hablar de estos derechos suponía cuestionar inercias profundamente arraigadas, en el que la autonomía de las mujeres sobre su propio cuerpo ni siquiera formaba parte del debate público, y en el que dar ese paso exigía convicción profunda, claridad y determinación política. Carlota representa hoy a una generación de mujeres que entendió que la libertad no podía construirse dejando fuera el cuerpo de las mujeres, y que la libertad y la dignidad de la mitad de la población merecía la pena. (Aplausos). Aquel impulso no fue un gesto aislado, sino parte de un proceso más amplio de apertura democrática y de reconocimiento de libertades que hasta entonces habían sido negadas a las mujeres. Permitió empezar a situar los derechos sexuales y reproductivos en el lugar que les correspondía, dentro de nuestro sistema de derechos, dentro de nuestra calidad democrática. Su valentía no solo fue admirable, sino que también fue determinante para abrir una senda de libertad que hoy seguimos recorriendo. Como ella, muchas mujeres sostuvieron la conquista de los derechos sexuales y reproductivos en nuestro país con su compromiso y, en muchas ocasiones también, con un enorme coste personal. Fueron mujeres que se organizaron, que alzaron la voz cuando no era fácil y que defendieron la libertad frente al estigma. Gracias a ellas, hoy podemos hablar de nuestro derecho a decidir sobre nosotras mismas, sobre nuestro cuerpo y sobre nuestros proyectos de vida; también del derecho a interrumpir voluntariamente nuestro embarazo como una expresión irrenunciable de autonomía, de dignidad y de igualdad. Este recorrido tiene hitos claros, desde la ley de 1985 hasta la ley de 2010, pasando por la última reforma de 2023, pero también ―y más importante― tiene una dimensión social que va de las calles a las instituciones, de la movilización cívica a la acción legislativa, y desde el tren de la libertad hasta esta tribuna. En ese tren de la libertad, miles de mujeres y hombres llegados de todas partes fueron indispensables para el avance. Alzaron fuertemente su voz para gritar que ni un paso atrás en nuestros derechos. Fueron un latido compartido, una memoria viva de quienes habían luchado antes y una promesa hacia quienes vendrían después. Aquel movimiento llevaba consigo convicción, coraje y una certeza profunda de que los derechos de las mujeres no se negocian, no se recortan y no se someten a retrocesos, porque cada conquista lleva detrás una historia de lucha y cada intento de retroceso encontrará siempre una respuesta colectiva. (Aplausos). Señorías, en cada momento se han producido avances adaptados a las necesidades de una sociedad en permanente transformación. Esta es una apuesta de todas y de todos por la igualdad y la libertad.
Queridas compañeras feministas que hoy nos acompañáis (dirigiéndose a la tribuna de invitados), es un placer teneros con nosotras. Es un placer que nos reforcéis, que nos apoyéis y que estéis siempre en la lucha. Gracias por vuestra energía y por vuestra perseverancia, porque hoy podemos abordar este debate con la dignidad y la conciencia de que cada derecho que defendemos tiene detrás historias concretas, historias de valentía y de resistencia. A las que hoy estáis aquí y a todas las que nos sostenéis cada día en vuestra lucha y en nuestra lucha feminista, en tantos espacios, en tantas plazas y en tantas vidas, gracias. (Aplausos). Gracias por no rendiros. Gracias, porque si vosotras no os rendís, nosotras no nos rendiremos. Y gracias por seguir haciendo posible el avance, siempre hacia adelante, siempre avanzando en derechos. Durante demasiados siglos las mujeres hemos sido reducidas al rol de madres y no renunciamos a serlo, pero queremos elegirlo. A estas alturas de nuestra democracia es nuestra responsabilidad histórica blindar los derechos sexuales y reproductivos en la Constitución, con todas sus dimensiones, precisamente en un contexto internacional en el que los derechos sexuales y reproductivos están siendo cuestionados y están siendo la punta de lanza de la batalla ideológica. Una democracia sólida no puede esperar a que los derechos se cuestionen para defenderlos, sino que tiene que anticipar su blindaje y garantía.
Señoras y señores diputados, hoy no nos encontramos ante una votación cualquiera, pues estamos ante una decisión que habla de qué España queremos construir entre todas y todos y de qué responsabilidad estamos dispuestos a asumir para construirla. Los derechos de las mujeres no son patrimonio de una mayoría ni de un grupo político, sino una conquista social, una conquista colectiva construida con el esfuerzo de las generaciones pasadas y depositada en las generaciones que vendrán. Hoy les pido que estén a la altura de ese legado, que no cierren este debate antes de que pueda celebrarse y que permitan que esta Cámara haga su trabajo, que generalmente lo hace bien, con rigor, con serenidad y con capacidad de convicción. Votar en contra de las enmiendas a la totalidad no es un gesto partidista, créanme, sino un acto de lealtad democrática. Señorías, no se trata de nosotras y nosotros, no se trata de nuestros partidos, no se trata de las cuestiones que nos separan, que nos dividen. Se trata de las mujeres de este país, se trata de la inmensa mayoría de este país que conformamos las mujeres y que tenemos el derecho a ser libres y a que nuestra libertad sea respetada en todos sus términos. (Aplausos).
Hoy, señorías, tenemos en nuestras manos la responsabilidad de no fallar a las que nos precedieron, pero sobre todo de no fallar a las generaciones que vienen, y que vienen apretando fuerte. Tenemos la oportunidad de seguir construyendo democracia, de hacer un ejercicio de inteligencia colectiva, de generosidad colectiva. Sintamos el orgullo de estar a la altura de las mujeres de este país.
Muchísimas gracias. (Aplausos).