Jaime Eduardo de Olano Vela
Señor Bolaños, usted, hace cuatro años, valoraba nuestros pactos diciendo que íbamos a dejar a las mujeres en casa. Sí, señor Bolaños, usted. Es que mienten tanto que sus patrañas ya no se las cree nadie, señor Bolaños. (Aplausos).
Señor Puente, la semana pasada usted afirmaba henchido: soy jurista y sigo sin entender qué es lo que se le reprocha a Begoña Gómez. Lo que usted calificó de nulidad de libro, resulta que, hasta siete magistrados, siete, entienden que puede ser constitutivo de delito; no de uno, de hasta cuatro delitos graves, señor Puente. No, señor Puente, no es usted jurista. Usted es sanchista. Y de ahí su servilismo con su puto amo ―como dice usted― y su desprecio por la verdad, la ley y la justicia. Usted, que presume de ser el Perry Mason de Pucela, se ha quedado en el chico de los recados incómodos de su amo; el Luca Brasi de la banda de Pedro Sánchez, que, aunque podía ser útil para algunos asuntos, tenía el mismo facto jurídico que Oscar Puente. Usted llegó al ministerio prometiendo transparencia y limpieza, y lo que deja es corrupción, opacidad, unos servicios públicos desguazados y cuarenta y siete muertos, señor Puente. Esa es su herencia. Su primer servicio a la banda criminal de Pedro Sánchez fue intentar tapar todos sus chanchullos con aquella auditoría fake. Y, claro, igual que con Begoña Gómez, usted no vio nada reprochable en la contratación de prostitutas en su ministerio. Le pareció normal que no fueran a trabajar y que acompañaran al ministro en, al menos, trece viajes oficiales. Lo sabía hasta su secretaria personal, señor Puente. Tampoco vio nada reprochable en las decenas de contratos amañados y mordidas repartidas entre sus amigos: los suyos, señor Puente. Usted hablaba de papelitos, cuando, en realidad, era robar el dinero de los españoles. Otra vez su olfato de fino jurista, supongo. ¿Tiene algo más que decir, señor Puente? (Aplausos-―Una señora diputada: ¡Muy bien!).