Marc Lamuà Estañol
Gràcies, presidenta. Entraron en las escuelas, en librerías, en editoriales, en casas particulares; no buscaban armas, no buscaban dinero, buscaban libros. Los amontonaban en medio de la calle como basura, como desechos, y les prendían fuego, como si de un ritual de purificación se tratara. Así lo resumía Antonio de Luna, catedrático de Derecho, en el viejo huerto de la Universidad Central de Madrid, rodeado de miembros del SEU, brazo en alto y con notas del Cara al sol de fondo. Él dijo: «Para edificar a España Una, Grande y Libre, condenamos al fuego los libros separatistas, los liberales, los marxistas, los de la leyenda negra, los anticatólicos, los del romanticismo enfermizo, los pesimistas, los pornográficos, los de un modernismo extravagante, los cursis, los cobardes, los seudocientíficos, los textos malos y los periódicos chabacanos». Todo lo que no gustara a esa nueva inquisición franquista debía ser pasto de las llamas. En 1936, ardieron pilas de libros en la dársena de A Coruña; en 1937, purgaron la biblioteca de la Universidad de Valladolid; 72 toneladas de libros ardieron en Barcelona, incluyendo la biblioteca entera del Ateneu Enciclopèdic Popular o las bibliotecas particulares de Pompeu Fabra y de Rovira i Virgili. No era rabia improvisada, señorías, no eran elementos desbocados e incontrolados, era un mensaje claro: a partir de ese momento, pensar iba a tener consecuencias. Porque sabían que, más allá de la tinta y el papel, los libros tenían ―y tienen― el poder de hacer pensar a la gente, y un país que piensa es un país que no se somete. Necesitaban una España sumisa, una España callada, y lo hicieron también con el fuego. El fuego les ayudó a imponer el silencio, un silencio que duró más de cuarenta años. Por el éxito de esa empresa estamos hoy teniendo ese debate. ¿Cuántos de nosotros no hemos visto con horror y leído muchas veces sobre las grandes hogueras de libros que en 1939 hicieron los nazis en Berlín? Es, junto a los campos de concentración y exterminio con sus chimeneas humeantes, otro de los símbolos de la barbarie más absoluta que corrompió a Europa bajo el yugo del fascismo. ¿Cuántos años nos ha costado dar a conocer los centenares de fosas comunes de asesinados durante la Guerra Civil que aún hoy manchan toda nuestra geografía? ¿Cuántos años nos ha costado entender y explicar que aquí, sí, en este país, también hubo campos de concentración y trabajo forzado? (Aplausos). ¿Cuántos años nos tienen que bastar para que haya un reconocimiento público y una memoria de que en España hubo también purgas de libros, purgas del pensamiento escrito, que los más afortunados de esos libros acabaron en esos infiernos de las bibliotecas franquistas ―escondidos, prohibidos, encarcelados― y que los demás acabaron siendo pasto de las llamas, para quedar borrados de la memoria colectiva y de la historia de España? Por eso, esta iniciativa no es un mero gesto simbólico. Es parte de una obligación democrática que tenemos: la de recuperar la memoria que intentó borrar a fuego la Dictadura.
Proponemos, por lo tanto, estudiar, documentar y difundir el ‘bibliocausto’ español con rigor histórico, y también reconocer el compromiso de quienes defendieron la cultura en condiciones de persecución: libreros, bibliotecarios, editores, autores, quienes frente al miedo, eligieron la dignidad; quienes frente a la censura, eligieron la palabra; y quienes frente a la barbarie del fuego, eligieron siempre la cultura.
Y antes de que salgan los de «esto es remover el pasado», no: esto es entender el pasado para proteger el presente y para garantizarnos un futuro. Y yo entiendo que las señorías del PP no tienen ningún problema ―seguro― en condenar la quema de libros en España. Su problema es que luego deben mirar a la bancada que está a su derecha, la que les tiene que garantizar Gobiernos, la que les tiene atenazados y subyugados a unas ideas de extrema derecha que manchan España tanto como la manchó la quema de libros durante el franquismo. (Aplausos).
Y hoy, que vemos diariamente esos discursos que banalizan la memoria de la Dictadura, intentos chusqueros de reescribir nuestra historia, vivimos ataques constantes a la cultura y al pensamiento crítico en nuestros pueblos, en nuestros teatros, en nuestras universidades. Por eso, precisamente, es más importante que nunca dar colectivamente esta batalla de la memoria. Los que quemaron libros, los que luego quisieron que lo olvidáramos, los que hoy nadan en fake news y quieren que solo te creas al influencer de turno, siempre son los mismos. Son los mismos que quemaron nuestras bibliotecas, los que persiguieron y asesinaron a poetas, periodistas, bibliotecarios e impresores. Pero una democracia sólida no teme a su memoria: la abraza, la estudia, la enseña y, sobre todo, no olvida. Porque la democracia no se hereda, se construye, se defiende cada día y, sí, también se hace desde las bibliotecas, las aulas y, sobre todo, con los libros.
Hoy podemos hacer algo muy sencillo, pero también muy poderoso: decir que nunca más en España se quemarán ideas impunemente, que quien lo haga no tendrá olvido. Porque frente al olvido responderemos siempre con memoria; frente a la intolerancia, con cultura; y frente al autoritarismo, siempre, siempre, con más democracia. (Aplausos).
Señorías, los libros que ardieron no pueden volver, pero su significado sí. Hoy depende de nosotros. Muchas gracias. (Aplausos).