Alberto Núñez Feijóo
Señora presidenta, señoras y señores diputados, señoras y señores ministros y asociaciones, a las que agradezco su presencia y su papel en este debate. Es un inmenso honor tomar la palabra en este debate para, en primer lugar, cumplir con un compromiso de mi formación política y con un compromiso personal con los más de 4 millones de personas con discapacidad en España, y también para cumplir nuestra obligación de acercar nuestras instituciones a sus ciudadanos y adaptarlas a los nuevos tiempos.
Hoy es un gran día. Es un gran día para nuestra política, para nuestra sociedad y para nuestro país. Por ello, me gustaría destacar los tres aspectos claves sobre los que, a mi modo de ver, se asienta esta reforma constitucional. El primero, la oportunidad social para acometerla; el segundo, el momento político en el que la abordamos, y, el tercero, la vigencia de nuestra Carta Magna.
Ya hace tiempo que las personas con discapacidad gozan de la consideración de sus compatriotas, del respaldo de la ley y de la atención de los poderes públicos. Todos estos logros son fruto de un esfuerzo colectivo que hace que se incremente el orgullo de pertenencia a la nación común. Somos y queremos seguir siendo una nación de ciudadanos libres e iguales donde no tenga cabida el privilegio, la discriminación arbitraria ni tampoco el olvido de los más necesitados de atención. Los españoles construimos cada día, a cada paso, un proyecto de vida personal, familiar y social. Conformamos un país del que vale la pena sentirse orgullosos, pues nos integra más allá de nuestras diferencias, más allá de nuestras discrepancias y más allá de nuestras capacidades. Ese avance colosal que permite a las personas con discapacidad tener una presencia social activa tiene una asignatura pendiente, un reconocimiento que trasciende mucho más de su indudable carga simbólica.
Señorías, nuestra Constitución tiene letra y tiene espíritu. El espíritu es inalterable porque refleja el anhelo de libertad y de igualdad de todas las generaciones. Y es el espíritu que ha fundado con sus imperfecciones la mayor época de estabilidad política, de progreso económico y de progreso social en nuestra centenaria historia como país. La letra, en cambio, requiere en este caso ser adaptada a las nuevas realidades. Es evidente que el legislador no quiso ofender a nadie durante la redacción del texto fundamental, pero el lenguaje y también las instituciones son organismos vivos que se han de adecuar al contexto y a las nuevas necesidades. Es lo que hemos hecho con la modificación del artículo 49. De esta forma, se han sustituido expresiones anacrónicas por otras que representan mucho mejor a las personas con discapacidad, a las problemáticas a las que se enfrentan y a sus necesidades. Tanto el principio de igualdad como el de no discriminación entre españoles quedan afianzados en la nueva redacción, una redacción que es consecuencia de un consenso político que, a su vez, se hace eco de la voluntad mayoritaria de la sociedad española. Son los españoles los verdaderos artífices de los cambios que han hecho posible que la discapacidad no se asocie a inferioridad o a pérdida de derechos. La Constitución, garante de nuestra democracia, reivindica así plenamente a estos compatriotas que comparten con los demás españoles el deseo de una España de todos, para todos y con todos.
El segundo aspecto por considerar es el momento en el que se produce esta modificación. Ante nuestra Carta Magna se diferencian hoy tres posiciones: las que la atacan, las que la burlan y las que quieren defenderla. Nosotros no la atacamos ni la burlamos, sino que la defendemos utilizando la principal herramienta política, que es el consenso. (Aplausos). Con la misma intensidad que denunciamos y denunciaremos a los que pretenden destruirla, violentarla u olvidarla, estamos y estaremos dispuestos a recurrir al acuerdo cuando, como en este caso, es necesario y responde a una demanda real y justa.
La modificación que hoy traemos a las Cortes es modélica porque parte de una reivindicación social y de la cooperación con las asociaciones y porque adquiere forma de un acuerdo entre los dos grandes partidos al que todos los grupos están invitados. Ha habido una negociación honesta, un texto compartido y los informes preceptivos que avalan la modificación y, además, porque contrasta con comportamientos que, por desgracia, son frecuentes en la política nacional de hoy. Esta reforma no pretende consagrar ningún privilegio, sino tratar con justicia a un colectivo tan importante de nuestra sociedad. No viene impuesta por una minoría que quiere suplantar a las mayorías, sino que es fruto de un consenso mayoritario. No se elabora con opacidad, sino con transparencia. No nace del deseo de erosionar la ley de leyes, sino con la vocación de fortalecerla. Y no produce desconcierto o indignación en gran parte de la sociedad española, sino aplauso. En lugar de debilitar la democracia española, la estamos afianzando. Este es el cambio y el camino que debemos emprender para conseguir grandes reformas y para forjar consensos. Estoy convencido de que, si mantuviésemos esta voluntad durante más tiempo, esta reforma no sería un oasis en el desierto de la crispación que algunos han elegido.
Sobre la tercera y última de las reflexiones, cabe preguntarse por qué este colectivo de españoles ha mostrado tanto empeño durante tanto tiempo en que la Constitución reflejase nuestra realidad. Y la respuesta es tan sencilla como aplastante: porque le dan un gran valor a la Carta Magna como origen de toda legitimidad democrática, porque entienden que un derecho enmarcado en la Constitución obliga a los poderes públicos y es una defensa contra la arbitrariedad y porque se sienten así protegidos por la Constitución, la misma que les ha permitido innumerables avances en las últimas décadas y que les seguirá acompañando en los que aún tienen pendientes. Y hacen bien en sentirse así. Es así como deben sentirse todos los demás españoles y españolas, que ven en la Constitución un puente entre todos ellos y no un muro que nos separa. La Constitución se hizo para derribar muros y tender puentes. Gracias a esta modificación, este puente es más amplio y podemos estar más orgullosos de nuestra obra colectiva.
Nos han pedido que reformemos la Constitución porque la sienten vigente y, hoy, gracias a la reforma, estará todavía más vigente. (Aplausos). Hoy, la Constitución es, más que nunca, la garantía de la igualdad y la libertad de todos los españoles, la prueba de que la reforma es infinitamente mejor opción que la ruptura, el mejor límite a la arbitrariedad y al abuso de poder, el punto de referencia al que los españoles debemos seguir mirando para desarrollar un país en el que sentirse orgullosos, de manera individual y también de manera colectiva; y el marco de un modelo de convivencia en el que todos cabemos y todos nos podemos sentir orgullosos, incluso los que no creen en él.
Ayer tuve la inmensa suerte de conocer a María Becerra y a Pablo Navarro, en la Fundación Prodis. Me dijeron algunas frases que durante un tiempo resonarán en mi memoria y quería compartirla con ustedes. María Becerra dijo, en público: Me han dicho que no valía para nada, que era una retrasada y que no podía relacionarme con los demás. Y, también, añadió: Nuestras capacidades no nos definen. Ante todo, somos personas.
Señorías, las palabras importan y, hoy, esta Cámara está llamada a dar un ejemplo de política que vale la pena, de política de verdad y de política que alza el vuelo sobre la refriega cotidiana y los intereses personales. (Aplausos). Esta reforma, en nuestra opinión, es pertinente, necesaria, adecuada y prometida. Se ha dilatado única y exclusivamente por la tentación de algunos de usarla como excusa para abrir debates que nada tienen que ver con las demandas de las personas con discapacidad, para sacar ventaja de la debilidad del Gobierno actual y para aprovechar, una vez más, la amplitud de miras de nuestra Carta Magna para intentar debilitarla.
Hoy, no solo tengo el honor de tomar la palabra, sino también de ser el primero en hacerlo en representación de mi grupo, y me permito pedirles que, en las intervenciones de todos, no caigamos en la tentación de persistir en este error. Se equivocará quien vuelva a usar este debate como pretexto para sus agendas partidistas. Se equivocará quien use este gran consenso para volver a citar su voluntad de confrontación. Se equivocará quien vuelva a usar la posición que le otorga la grandeza de nuestra Constitución para intentar poner en cuestión la propia Constitución.
Hace muchos años que me dedico a los intereses generales, con especial atención a los ámbitos social y sanitario. Y ello me ha dado la gran oportunidad de tener contacto con infinidad de asociaciones, de participar en muchas convocatorias públicas de empleo, de poner en marcha iniciativas para la atención a quien más lo necesita y de nombrar a personas con discapacidad en altos cargos de mi Gobierno. También me ha dado la oportunidad de contar en mi partido con personas como Mar Galcerán, que creo que hoy nos acompaña, la primera y única diputada española, hasta donde yo sé, con síndrome de Down. (Aplausos).
Por tanto, tengo la suerte de haber podido ser testigo y partícipe de cada avance, de cada mejora y de cada paso en favor de la autonomía, la dignidad y la igualdad de las personas con discapacidad. Estoy tremendamente orgulloso de haber podido hacerlo también en este caso porque, cuando finalice esta tramitación parlamentaria, nuestra Constitución será un poco mejor, nuestra sociedad será un poco mejor y nuestra política también puede ser mejor. En nuestra mano está que así lo sea. Por mi parte, el conjunto de los españoles cuenta con el compromiso firme de que no voy a renunciar nunca a la política que surge del consenso y de la honestidad. No voy a renunciar nunca a la política que tiene como única razón el ser servicio a los ciudadanos. No voy a renunciar nunca a servir a la mayoría y no voy a renunciar nunca a defender la igualdad, la dignidad y la libertad de todos los españoles, de todos. Y yo sí voy a cumplir.
Nada más y muchas gracias. (Aplausos de los señores y de las señoras diputados del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso, puestos en pie).