Víctor Camino Miñana
Gracias, presidente. Buenas tardes. Lo que hoy debatimos, la evaluación del impacto de las políticas públicas en el ámbito de la juventud, podría parecer una cuestión meramente técnica, pero no lo es. Aprobar la creación de indicadores para la toma de decisiones que incorpore una mirada generacional es una decisión sobre la calidad de nuestra democracia. Nos enfrentamos a una disyuntiva clara: ¿fortalecer nuestras instituciones o dejar paso a la antipolítica? Habrá quien piense que el enfoque joven en las políticas no es útil. Probablemente sean los mismos que niegan la emergencia climática o que niegan la violencia de género; sin embargo, los jóvenes y las jóvenes representamos alrededor del 17 % de la sociedad y demandamos la capacidad de influir en aquello que nos afecta. Por eso quiero saludar esta tarde a quienes un día decidieron organizarse en asociaciones para cambiar el mundo y hoy siguen desde la tribuna, desde este espacio, sus propias iniciativas. Gracias, especialmente, al Consejo de la Juventud, a Revolución Ugetista RUGE, a los jóvenes de Comisiones Obreras y también a los creadores de contenido, que trabajan, estos sí, por la democracia. Gracias por acompañarnos. (Aplausos). Frente a quienes cierran los consejos de la juventud, tildándolos como chiringuitos, aquí está el Grupo Socialista para darles su máximo apoyo, y no con palabras, sino con hechos.
Entrando en materia, quiero explicarles esta modificación legislativa, una modificación legislativa que refuerza la Ley 27/2022, que institucionalizó la evaluación de políticas públicas. Ahora queremos completar esta ley y dar un paso más allá, sumando la perspectiva de la juventud a las iniciativas del Gobierno, esto es, implementar el denominado Youth Test, surgido en el Foro Europeo de la Juventud y que ya funciona en Alemania, Austria e Italia con diferentes matices. Este examen, señorías, podría acreditar, por ejemplo, cómo la subida del salario mínimo a 1221 euros que ayer anunció el Gobierno afecta directamente a más de medio millón de jóvenes, cómo la reforma laboral afecta también a la reducción del 80 % de contratos basura o cuánta vivienda se puede crear si se prohíbe la compra especulativa en zonas tensionadas. ¿Qué propone el Test Joven? Evaluar el diseño de cualquier política pública, abrir la participación a través de consultas regladas, identificar las consecuencias en grupos vulnerables y publicar los resultados en un lenguaje claro y accesible. En definitiva, hacer que la juventud salga de ese laberinto paternalista que dicta que los jóvenes solo podemos opinar de ámbitos tradicionalmente asociados a nuestra generación.
En este debate tratamos de saldar una deuda con una generación de jóvenes que reclama verse reflejada en los lugares donde se deciden las cosas. Y aquí me quiero detener, porque es aquí, en este Parlamento, donde se deciden las cosas que importan, aunque algunos nos lo quieran hacer olvidar. Un vídeo viral no legisla, señorías. Y aunque al señor Musk y a sus aliados les pese, un bot no es un voto. Hay dos rumbos posibles, como les comentaba: o más antipolítica o más democracia, o más reglas o más ley del salvaje oeste. Sabemos que detrás de la antipolítica existe un negocio rentable. Y si hoy vemos tendencias ―por suerte, aún minoritarias― en jóvenes que prefieren la dictadura a la democracia, es porque el dinero invertido en desinformación lo hace para dinamitar la confianza en las instituciones. Los dueños de las plataformas digitales ―y ahora este debate está en auge, también con la iniciativa que ha planteado hoy el Gobierno de evitar y multar que haya una posibilidad de desnudar mujeres con inteligencia artificial y que eso salga gratis―, esta gente que está detrás de esas plataformas, no se comportan como árbitro, se comportan como jugadores de uno de los equipos, jugadores en el equipo de las instituciones débiles y también de todo lo que tiene que ver con la consolidación de la desigualdad. Por eso es vital que la juventud recupere la confianza en esta democracia con medidas tangibles, porque en democracia la verdadera revolución, señorías, se hace con el Boletín Oficial del Estado y mediante debates complejos, no en un podcast conspiranoico, en el que se dice a la ligera: Tráeme este país, que yo te lo arreglo.
Queda bastante por recorrer, pero durante estos últimos años el Gobierno de España ha planteado mejoras sustanciales en las condiciones de vida de muchos jóvenes atrapados en crisis. Lo ha hecho especialmente para aquellos que no han nacido en familias de grandes patrimonios, es decir, la amplia mayoría. Por una parte, hemos bajado el desempleo y la temporalidad a mínimos históricos y hemos subido salarios y logrado que las prácticas coticen. Quien diga que este Gobierno no ha mejorado la vida de los jóvenes miente. Y no hablamos solo de trabajo, hablamos de contar con el doble de becas que hace una década o de que moverse en transporte público cueste la mitad, reduciendo millones de toneladas de CO2, o de limitar la subida del alquiler en un 3 % y bajar precios con la ley de vivienda, lo que las comunidades del Partido Popular ―no sé por qué, porque aún no lo han explicado― no se atreven a aplicar.
Y de esto, señorías, es de lo que van los impuestos, de igualar las oportunidades. Sin embargo, hay un 1 % de este país, heredero y adinerado, que quiere mantener sus privilegios. Hablo de esa minoría que probablemente nació en hospitales públicos, se educó aquí en España, pero ahora se marcha a Andorra para no contribuir, poniéndoselo más difícil a los que vienen detrás solo por querer ganar más. Y lo más alucinante de estas personas, de estos influencers, es que dan lecciones y se graban para monetizar su egoísmo. Esto puede ser entendible para algunas rentas altas, pero lo que no es entendible es la actitud de algunos jóvenes de clase trabajadora que aplauden los privilegios de esa minoría y los defienden con ímpetu. (Aplausos). No saben que lo que están haciendo es marcarse un gol en propia puerta, porque la cama de una UCI o la pensión de nuestros abuelos y nuestras abuelas no es la causa de sus males. ¿No se dan cuenta de que el dinero que les falta se lo llevan las grandes fortunas a costa de horas extras sin pagar? ¿No entienden que el 48 % de las compras de vivienda en España las hacen dueños de ocho o más casas, y eso es lo que sube los precios? Eso es lo que sube los precios.
Veo la bancada de VOX muy vacía. No acostumbran ustedes a trabajar, pero los inmigrantes que vienen sí que lo hacen: aportar y trabajar. (Aplausos). Aportar y trabajar. Cualquier discurso que intente sustituir el conflicto de clases por conflicto entre generaciones y procedencias simplemente quiere ser funcional al privilegio. Por eso, entre la España de Victoria Federica y la España de Sara García Alonso, la astronauta, que ha llegado tan alto, literalmente, gracias a todo lo que tiene que ver con lo público y las becas, yo creo que nosotros nos quedamos con la España de Sara García Alonso. Y pido perdón de antemano por mi opinión de extrema izquierda ―les pido disculpas de antemano―, pero creo firmemente que quien tiene más debe pagar más, debe aportar más, en especial en un momento en el que las empresas en España baten récords de beneficios. Pero ese aumento no se ve traducido en un incremento de los salarios. Permítanme un consejo, señorías de la derecha, y también a la sociedad en general: si quieren que sus jefes les paguen más, no se pongan una banderita en la muñeca, no aplaudan a desinformadores o no levanten el brazo. Lo siento, pero no van a heredar la empresa. En lugar de reivindicar un modo de vida de apellidos compuestos, lo que podrían hacer es afiliarse a un sindicato, ¿no? Sindíquense, señorías. (Rumores).
Decía Salvador Allende que ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica. En este momento, es un deber moral, un imperativo moral, combatir el odio que se disfraza de revolución; un odio que intenta que el último se pelee contra el penúltimo, porque estamos en unos tiempos donde hay gente celebrando que en Estados Unidos se detenga y se intente deportar a un niño de cinco años, u otorgándole medallas, como hace la señora Ayuso. Aquí en España tenemos Desokupa, una serie de policía migratoria al estilo Trump, pero de marca blanca. Imagínense qué ocurriría si, con este tipo de empresas, al frente del Ministerio del Interior o de la Vicepresidencia estuviera Abascal. Pues bien, señorías ―sobre todo me refiero a las señorías de la extrema derecha de VOX―, como a ustedes les gusta tanto ahora lo americano, las americanadas, les he traído un meme de una escena de Padre de familia (muestra una imagen en la que se ve a un personaje de dicha serie, Peter Griffin, a quien han puesto al lado de su cara una paleta de colores en la que figura la expresión «okay» junto a los colores claros y la expresión «not okay» junto a los colores oscuros) para que entiendan su criterio respecto a la migración. Mírenlo bien. Siempre hacen ustedes lo mismo: el odio al extranjero se intensifica a la vez que se oscurece el color de piel y se modera si la cartera está llena. No son ustedes únicamente xenófobos; además, son aporafóbicos. Odian al pobre, señorías de la extrema derecha. (Aplausos).
Nos cuentan las señorías de VOX que son la España que madruga, y hoy no están ni la mitad de los diputados de la extrema derecha, o hablan de reconquista tras haberse escaqueado de la mili, como el señor Abascal. Y lo que hay que decir y lo que hay que aportar, sobre todo al debate, es que ser revolucionario no es lamer las botas de quienes desean que las mujeres opinen lo justo; no es atacar a activistas como Sarah Santaolalla o como a nuestra compañera Tesh Sidi, que recibió insultos gravísimos la semana pasada. (Aplausos).
Por cierto, ¿me pueden explicar lo del feminismo de VOX que quiere calcar el PP? Porque yo creo que debe ser un caso de «La nave del misterio» de Iker Jiménez. Un caso. Ser rebelde no es dar un like a quien especula con las casas y expulsa a los jóvenes de los barrios o aplaudir a quienes directamente son okupas VIP, como sus compañeros de Alicante, señorías del PP. Ser revolucionario no es echarse al hombro una motosierra para despedir más barato, como aprobó la semana pasada Milei. Y, por último, ser rebelde, en ningún caso ―en ningún caso― es situarse al lado de quienes apretaban el gatillo durante el franquismo. ¿En qué cabeza cabe que eso sea rebeldía? ¿En qué cabeza cabe? Ser rebelde es que lo injusto nunca te sea indiferente.
Termino, presidente, pidiendo el voto a favor de esta toma en consideración para enriquecer, avanzar y dialogar. El enfoque joven en las políticas es un buen instrumento para acabar con el odio, poniendo negro sobre blanco cifras para construir un país en el que quepan todas las generaciones, para que los jóvenes vuelvan a sentir esta democracia como suya, para que lo revolucionario vuelva a ser justo y que ustedes chillen, griten o insulten, porque su histeria es un freno, pero nuestras medidas, señorías, son un motor.
Muchas gracias. (Aplausos).