Aurora Nacarino-Brabo Jiménez
Gracias, presidente. Señorías, la definición más corta de la democracia liberal es esta: el Gobierno limitado. En cambio, la definición más corta del sanchismo es esta otra: la ambición de un Gobierno sin límites. Ese conflicto entre las instituciones liberales y un Poder Ejecutivo rebelde, que no acepta controles y que no quiere rendir cuentas, ha originado una crisis de la democracia, y de esa crisis me gustaría hablarles esta tarde. La vocación de traspasar límites la encontramos ya en el acto fundacional de la legislatura: tú me das los siete votos que me faltan y yo hago desaparecer tus delitos. Todo vale. Recordarán un poco después cuando Pedro Sánchez dijo aquello de que gobernaría con o sin el concurso del Legislativo. Eran los días en los que nos barruntábamos que no habría presupuestos por segundo año consecutivo, y hoy ya van tres. El último presupuesto que esta Cámara tuvo la oportunidad de debatir y votar es del año 2022, es decir, era otra legislatura, otra composición parlamentaria, otra mayoría social y, a fin de cuentas, otra España. Yo no estaba aquí, ni esta Presidencia, ni siquiera se había formado el Grupo SUMAR, que hoy es nada menos que socio de coalición. Dicho de otro modo, Pedro Sánchez no gobierna este país, Pedro Sánchez gobierna sobre el pasado. La mayoría que invoca aquí cada semana es como esa luz de una estrella que se apagó hace mucho tiempo, ya no existe. Al final no era un Frankenstein, era un fantasma. Las cuentas de 2022 se hicieron para un país que salía de una pandemia. Hoy tenemos otros desafíos, somos dos millones de habitantes más, pero los presupuestos no están preparados para adaptar las infraestructuras o el parque de viviendas a esa nueva realidad, y no digamos ya para elevar la inversión en defensa. El proyecto de presupuestos es la ley más importante que tiene que presentar un Gobierno y la única cuya elaboración regula específicamente la Constitución. La respuesta más trascendente a la que debe responder un Parlamento es en qué se gastarán los impuestos que los ciudadanos pagan con tanto esfuerzo. Hoy se pagan más impuestos que nunca en España, y todavía quieren subirlos más; se pagan más impuestos que nunca, pero los ciudadanos han perdido el control sobre su destino. Dice Pedro Sánchez que no pasa nada si no hay presupuestos porque la economía crece. Eso que se lo cuente a los españoles que ven cómo la subida de los precios se come sus salarios. (Aplausos). En todo caso, ¿qué nos quiere decir el presidente? ¿Que los procedimientos democráticos no importan? ¿Qué dan igual mientras la economía crezca? Ya sabemos que sin democracia puede haber crecimiento ―se nos ocurren varios ejemplos―, pero eso no es lo que defiende el PSOE, ¿no? ¿O sí?
No tener presupuestos es mucho más que un problema económico, es un problema democrático o, dicho de otro modo, la diferencia entre un plan quinquenal y una economía libre es de soberanía. Lo sabían bien los liberales que guiaron la independencia de Estados Unidos y que dijeron: si no me das derechos de representación, yo no pago tributos. Así funciona la democracia, el Parlamento vota, los ciudadanos mandan, pero eso casa mal con la vocación de un Gobierno sin límites; le molestan los límites parlamentarios y también los de los organismos de control. La AIReF ha dicho que cuando trata de evaluar la gestión económica del Ejecutivo va ―y cito― a ciegas. Se presentaron como el Gobierno más limpio y más transparente de la democracia, y el gran apagón se ha convertido en su mejor metáfora. Somos tan transparentes, han dicho en el PSOE, que hasta nuestros sobres son transparentes. Díganme, ¿de qué cabeza salió esa genialidad de la comunicación política? (Aplausos).
Señorías, lo que se les transparenta son las vergüenzas, pero los límites que menos les gustan son, por supuesto, los que marca el Poder Judicial. Cuando un juez abrió una causa contra una persona cercana a Sánchez, se dijo que aquel juez era un prevaricador; cuando fueron varios jueces, varias causas y varios los encausados, cuando aparecieron encausados en el Gobierno, en el partido y en la familia del presidente, cuando se vio que estaban por todas partes, hubo que adecuar el tamaño de la descalificación al tamaño del escándalo: era una conspiración judicial. A mí mis padres nunca me compraron la excusa de que el profesor me tenía manía, pero, por alguna razón, los socios de Sánchez sí le compran que los jueces le tienen manía a él. Allá ustedes, señorías, pero quien se traga el engrudo ese del delirio persecutorio estaría mejor tumbado en un diván que sentado en un escaño. (Aplausos).
Después es inevitable hacerse algunas preguntas. ¿Cómo puede defender el interés nacional aquel que tiene comprometido su interés personal más inmediato en los tribunales? ¿Puede pensar en la crisis de vivienda quien tiene a su fiscal general imputado? ¿Cuánto tiempo dedica a la pobreza infantil quien tiene que esconder de la justicia a su hermano en la Moncloa? Si los trenes no salen ni llegan a su hora, ¿qué puede importarle a quien tiene a su número 2 en la cárcel y a su otro número 2 a punto de entrar en ella? ¿Y qué orden de prioridades ocupan las mujeres maltratadas para quien tiene a su propia mujer sentada en el banquillo? En resumen, ¿cuándo piensa Pedro Sánchez en los españoles? ¿Cuándo trabaja para ellos?
En cuanto al Ministerio de Hacienda, que también es objeto de esta moción, la señora Montero es a la vez ministra, vicesecretaria general del Partido Socialista y candidata a la Presidencia de Andalucía. Es una y trina, y yo me pregunto cómo consigue escindir esas personalidades múltiples en el mejor interés de los españoles. Cuando tiene que tomar una decisión económica que afecta a los territorios, ¿qué sombrero se pone, el de ministra de Hacienda, el de vicesecretaria general del PSOE o el de líder de la oposición andaluza? Y en ese mismo conflicto de interés evidente se encuentran otros cinco ministros candidatos que confunden los límites del Estado con los del Gobierno y los del Gobierno con los de su partido.
Sí, señorías, este Gobierno tiene un problema con los límites del poder. La semana pasada, Pedro Sánchez traspasó un límite más y se permitió una chanza al líder de la oposición durante la sesión de control. Es lo que pasa cuando no tienes sentido del humor, que el día que intentas hacer un chiste te acabas riendo del Parlamento y de más de ocho millones de españoles. (Aplausos). Yo nunca me atrevería a tutear al presidente del Gobierno desde esta tribuna, pero sí me gustaría recogerle el guante para continuar su campaña de animación. Así que, desde aquí, ánimo a los trabajadores, ánimo a los jóvenes, ánimo a las mujeres, a los autónomos, a los parados, ánimo también a los socialistas huérfanos. Ánimo, españoles, porque mucho más temprano que tarde la risa volverá a ser patrimonio de todos y no de uno solo.
Muchas gracias. (Aplausos.―Varios señores diputados del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso: ¡Muy bien!).