Carlos Hernández Quero
Gracias, señora presidenta. Señora ministra, España no es país para jóvenes, y no lo es porque así lo quiere este Gobierno y porque así lo han querido los anteriores. Todos han expoliado durante años a una generación a la que ahora se culpa de sus propias desgracias: si no tienes casa, chaval, no haberte suscrito a Netflix o no haberte tomado esas cañas el viernes, que eres un manirroto; si no tienes ahorros, no haberte pillado aquel vuelo barato a Praga con los amigos, que siempre estás pensando en la fiestecita; si no prosperas en el trabajo, será que eres un vago, porque esas prácticas no remuneradas eran un chollazo; ¿que te sientes extraño en tu barrio de siempre?, pues eso es porque eres un racista de narices, con lo bonito que es ser ciudadano del mundo; ¿que te vas al extranjero a buscar trabajo?, pues será porque tienes espíritu aventurero, porque desde luego aquí vamos como un cohete. Lamentablemente, podríamos seguir haciendo acopio de titulares, declaraciones y frases desafortunadas de políticos, académicos, tertulianos, periodistas, de los que han partido el bacalao en este país, vaya, de los mainstream. Ninguno ha sido capaz de hacer la más mínima autocrítica. Ninguno se siente responsable del destrozo que han hecho en este país. Y ahora nos vienen con leccioncitas y deditos en alto sobre el fin de la abundancia: que si hay que apretarse el cinturón, que si el decrecimiento es el futuro o que si hay que tener menos para ser más felices. ¿Qué ha pasado con nuestras élites? ¿Qué mercancía averiada nos están vendiendo? El problema no son los jóvenes, el problema son unas élites intelectualmente perezosas, irresponsables (aplausos), sin sentido de comunidad, pusilánimes, incapaces de dar respuesta a ninguno de los retos del presente y ajenas por completo a la suerte de la gente común. (Continúan los aplausos). Uno de los campos donde mejor se percibe esta distancia entre las creencias de lujo de los de arriba y las necesidades de los españoles, particularmente los más jóvenes, es la vivienda. ¿Cuál es el punto en el que nos encontramos actualmente? En el de la devastación de un modelo social que había funcionado durante décadas y que permitió a las familias trabajadoras y a las clases populares convertirse en propietarias. ¿Qué sucede ahora? Que los hijos de aquellos que se hicieron propietarios hoy son precarios. Que comprar una vivienda es prácticamente imposible para los jóvenes, que no vislumbran la posibilidad de ser dueños ni a corto ni a medio plazo y, en consecuencia y tristemente, tampoco a largo plazo. El que pierde el tren de la propiedad a los 35 y sigue sin haberlo cogido a los 40 difícilmente podrá reengancharse nunca. Es imposible ahorrar cuando te descapitalizas mes tras mes pagando un bien que nunca será tuyo. Es imposible formarse un pequeño patrimonio cuando tienes que destinar el 40, el 50 o el 60 % de tus ingresos a pagar el alquiler. (Aplausos). Lo habitual hasta hace cuatro días era que, alrededor de los 30, Sara y Santi acabaran comprándose un piso y estuvieran pensando en formar una familia. Digo lo habitual porque así era: en 2011, el 70 % de los menores de 35 años era dueño de su casa. Hoy, sin embargo, las tornas han cambiado: estamos en el 30 % y Sara y Santi no tienen ni estabilidad ni seguridad material ni certezas ni expectativas ni propiedad. Lo que hoy preocupa y ocupa a Sara y Santi es que a finales de este año se les acaba el contrato de alquiler, no van a poder hacer frente a la actualización del precio y que en su zona, que es su barrio de siempre, apenas hay oferta y la que hay no es accesible porque la demanda es absolutamente brutal. En consecuencia, no les va a quedar más remedio que verse envueltos en una nube de castings inmobiliarios, de desembolsos de fianzas, de garantías adicionales, de mudanzas, de incertidumbre… En el mejor de los casos, si tienen suerte, conseguirán un piso lejos de los padres, aunque eso suponga decir adiós a cualquier posibilidad de tener ayuda, de conciliar o de tener hijos. Eso si tienen suerte. En el peor de los casos, si no la tienen, se verán obligados a alquilar una habitación dentro de un piso compartido con extraños. Lo cierto es que Sara y Santi no son perfiles marginales o vulnerables: no están en paro ―nunca lo han estado―, tampoco están entre quienes menos cobran ―ganan poco, pero en la media de su edad― y ambos hicieron todo lo que se les dijo que tenían que hacer ―lo estipulado, vaya―, es decir, se formaron, llevan años fajándose en el mercado laboral, han crecido dentro de sus empresas, tienen un currículum apreciable, son valorados por sus jefes, tienen ganas de comerse el mundo. Sin embargo, ni siquiera pueden planificar dónde vivirán dentro de unos meses.
Sara y Santi, señora ministra, son el rostro de la crisis de vivienda que hay en este país, una crisis que no afecta a unos pocos, una crisis que afecta a todo hijo de vecino y que ha dejado al español medio completamente fuera de juego (aplausos), obligado a hacer malabares para sobrevivir entre el pluriempleo, por una parte, y el piso compartido, por otra. Insisto, esto le sucede al joven medio, no es un caso aislado, no es una anécdota, no es una excepción, es una generación. Una generación nómada, una generación de jornaleros del alquiler, una generación caracol que va con la casa a cuestas de un lado a otro. Una generación que, lamentablemente, sabe que solamente podrá pasar por el notario a firmar la compra de su casa cuando previamente haya pasado por el tanatorio a despedirse de sus padres. (Aplausos).
Pero, ya no es solamente una generación, esto ya no es solamente cosa de los más jóvenes, es algo mucho más grande y tenebroso. Son también los que eran jóvenes en la anterior crisis y se quedaron entonces empantanados y llevan ahí quince años. Es que es la clase media pura y dura, señora ministra, la que se está desvaneciendo ante nuestros ojos. España ya tiene más inquilinos por debajo de los 45 años que la media de la Unión Europea, cuando siempre fuimos una nación de propietarios. Es nuestro país, donde la mitad de los arrendatarios está en riesgo de exclusión social, donde una habitación cuesta hoy lo que hace diez años costaba un piso entero. En definitiva, una sociedad conducida al desastre por malos políticos y por malas ideas. (Aplausos).
Esta es la situación. En España faltan casas y cada vez hay más personas que quieren una. El problema de la vivienda va de dos variables, casas y personas, pues aquí faltan casas y cada vez hay más personas que quieren una. Cada año se constituyen en España casi el triple de hogares de los que se producen, lo que genera la tormenta perfecta, el caldo de cultivo ideal para que suban los precios, para que se dispare la especulación, para que se expulse a numerosas personas del mercado y para que se extienda por doquier la infravivienda y el hacinamiento.
¿Qué necesitarían, en consecuencia, personas como Sara y Santi para poder evitar el naufragio? Por lo menos, una clase política con sentido de comunidad, consciente de la gravedad de la situación, que apostara por ampliar decidida y drásticamente la oferta, que fuera capaz de contener una demanda global absolutamente desbocada y que aplicara medidas de probada eficacia, medidas que ya sabemos que han funcionado en otros lugares.
No sé si es mucho pedir o si mucho esperaban, porque lo que han encontrado ha sido a un ejército de vendedores de crecepelo que ha hecho exactamente lo contrario de lo que se necesitaba y que ha utilizado sin rubor a los jóvenes españoles como conejillos de indias de sus ensoñaciones ideológicas. Donde tocaba construir, incrementar alturas, rehabilitar, ganar densidad o hacer vivienda protegida para garantizar un hogar digno y asequible a quien hoy no lo tenía, este Gobierno y los intelectuales de izquierda que lo legitiman y lo amparan negaron la mayor y se abrazaron al mito decrecentista. Un cuentecillo de pijos promarxistas que se pueden permitir, tal vez, áticos en las zonas bien, lo que es absolutamente criminal para una familia que va justita en Carabanchel o en Cornellà.
Entonces, tirada por la borda la palanca de la construcción, una de las principales herramientas dentro del campo del que estamos hablando, y en un contexto en el que cada vez era mayor el déficit de casas, lo suyo supongo que sería procurar tener un mercado de alquiler lo más funcional posible, donde se armonizaran los intereses de inquilinos y caseros; los de los inquilinos son la estabilidad y la asequibilidad, y los de los caseros, la garantía en el cobro y la seguridad en la recuperación de la posesión. Armonizando estos intereses podríamos tener una oferta de larga duración amplia, sostenida, que permitiera garantizar que nadie se quede sin casa. Nada más lejos de la realidad, los mismos ases intelectuales que desafiaron toda lógica aritmética al negarse a construir, salieron ahora con el mito de las regulaciones y los controles de precio. Unas medidas desfasadas que literalmente no han funcionado en ningún lugar del mundo y que aquí no iba a ser menos. El resultado: destrucción de la mitad de la oferta en un puñado de años, escasez, mercado negro, requisitos leoninos para los nuevos inquilinos, exclusión residencial de cada vez más sectores de la población… Vamos, un regalito envenenado para Sara y Santi, gentileza de unos diputados y un Gobierno dispuestos a arruinarles la vida con tal de satisfacer sus dogmas ideológicos. (Aplausos).
No contentos con no haber construido y no contentos con haberse cargado la oferta de alquiler residencial de larga duración, que es el que necesitan las familias y los jóvenes, en un país en el que faltan casas a cascoporro, ustedes han terminado de dar la puntilla a nuestros jóvenes abriendo las fronteras a más de tres millones de personas en solamente cinco años. Son tres millones de personas que tienen la necesidad de dormir en algún lugar, de tener un techo y cuatro paredes, de tener un hogar. Faltaban casas y traen ustedes a más demandantes de casas. No hay suficientes casas y traen a más personas que quieren casas. Es algo absolutamente desquiciante y suicida. ¿Qué esperaban que pasara? ¿Creían que aumentar hasta el infinito la demanda de vivienda en un país con una oferta tan rígida no iba a tener efecto en los precios? Si diez personas quieren dos onzas de chocolate, ¿qué sucede cuando ya no son diez, sino que son cincuenta o sesenta y las onzas siguen siendo dos? ¿Qué sucede? Que suben los precios, señora ministra. (Aplausos).
Lo que hoy tienen los españoles más jóvenes es el fruto de sus creencias de lujo. ¿Cuándo pegó el petardazo definitivo en España el problema de la vivienda? Cuando coincidieron en el tiempo las tres líneas de las que hemos estado hablando: la negativa a construir, las regulaciones y topes de precios y el crecimiento desbocado y salvaje de población fruto de la inmigración masiva. Ese periodo es el 2021-2025, en el que el déficit acumulado de viviendas aumentó en 400 000 en cuatro años. Mientras tanto, ¿qué pasaba? Que se desacoplaban los precios de los salarios. Ese momento, 2021-2025, en plena legislatura de la vivienda ―legislatura de la vivienda tan cacareada―, fue el momento exacto en el que la vivienda se convirtió en un lujo. (Aplausos de las señoras y los señores diputados del Grupo Parlamentario VOX, puestos en pie).