Carlos Gil Santiago
Gracias, presidenta. Buenas tardes, señorías. Quiero comenzar esta intervención dando la bienvenida a los representantes de las distintas asociaciones de afectados que hoy nos acompañan y a todos los propietarios que ellos representan, así como a alcaldes y concejales de municipios afectados y también a autoridades autonómicas preocupadas por la pervivencia del litoral tradicional y que esperan encontrar hoy un primer paso hacia su tranquilidad. (Aplausos dirigidos hacia la tribuna de invitados.―El señor vicepresidente, Rodríguez Gómez de Celis, ocupa la Presidencia). A todos ellos ―a todos vosotros―, gracias por vuestra constancia, por vuestra persistencia y vuestro trabajo continuo para que la legislación se adapte a una realidad ya existente, cuando la ley que hoy está vigente os supone una amenaza. Hoy defendemos una proposición de ley que va mucho más allá de responder a una cuestión jurídica y territorial. Trata de responder a una realidad humana, social, cultural y patrimonial profundamente arraigada en un país tan vinculado al mar como es España. Hace ya décadas que el litoral español viene sufriendo una constante regresión, lenta pero implacable, provocada tanto por el cambio climático como por el efecto de la acción humana mediante actuaciones llevadas a cabo no siempre con buen criterio. Como consecuencia de esto y sin haber influido para nada en esta evolución, numerosos núcleos urbanos consolidados ―muchos de ellos centenarios― han quedado dentro del dominio marítimo-terrestre, y, para criterio de alguno de ustedes, han pasado a una situación de inseguridad jurídica, sin haber hecho nada para merecerlo. Señorías no hablamos de construcciones ilegales, no hablamos de urbanismo salvaje, no hablamos de pelotazos urbanísticos, no hablamos de rascacielos. Hablamos de viviendas humildes, de construcciones de baja densidad integradas y arraigadas en un entorno paisajístico y cultural que nada gana con su desaparición. Hablamos de pequeños núcleos costeros que no forman parte de nuestro paisaje solo, sino de nuestra historia y de nuestras raíces también. (Aplausos). Hablamos de núcleos con una identidad marinera, en muchos casos incluso construidos a instancia de la propia Administración para dar una mayor protección y control a la costa. Hablamos de inmuebles cuya construcción es anterior a su inclusión en zona marítimo-terrestre e incluso anterior a la aparición del concepto de deslinde. No confundan a la opinión pública: es esta la tipología de vivienda que venimos a defender. Como decía, ni pelotazos ni especulación ni viviendas de lujo ni ninguno de los bulos que ustedes están inventando. Hablamos de personas, señorías, de personas que con su trabajo o con el de sus antepasados adquirieron o construyeron legalmente estas viviendas, y no solo pretenden seguir disfrutando de ellas como legítimos propietarios que son. Hablamos de pequeños negocios familiares, de iniciativas empresariales, de pequeñas empresas, de medios de supervivencia de familias que durante muchos años han tenido estos pequeños negocios como medio de vida. Una proposición muy similar a la que hoy traemos fue debatida en el Senado en marzo de 2024 y se aprobó ―con el voto del Partido Socialista en contra, pero se aprobó― y se remitió al Congreso para su debate. A día de hoy acumula 47 prórrogas del periodo de presentación de enmiendas. ¿Por qué? Porque no quieren debatirla, porque saben que con ello van a quedar en evidencia sus políticas fundamentalistas y su desprecio a la propiedad privada, sea de quien sea, siempre que no sea suya. (Aplausos). La pregunta ―retórica, por supuesto― es si van a hacer lo mismo con esta proposición si hoy es tomada en consideración por esta Cámara. No hace falta que contesten: la respuesta ya la sabemos. No olviden que el principal problema de la demora en la tramitación de esta modificación de la ley es que sus efectos son irreversibles. Cada propiedad que despojan, cada inmueble que derriban es insustituible. ¿O van a restituir el daño causado a los propietarios de las viviendas que ya han derribado? ¿O van a devolver su negocio a los propietarios del restaurante Jaime, de la playa Babilonia en Guardamar del Segura, en la provincia de Alicante, cuyo derribo iniciaron en este mismo mes, a las puertas de un verano que esperaban para poder trabajar y sacar adelante a sus familias? ¿Les parece a ustedes normal que un restaurante tenga que dejar de trabajar un viernes, a las puertas del verano, estando de servicio, porque Costas ha ordenado el corte inmediato del suministro eléctrico y del agua? ¿Les parece que eso son formas? Ya sé que a ustedes sí y que ahora vendrá su portavoz a justificarlo, pero ya les digo que esas formas de actuar, tras el siniestro silencio de la ministra ―de la actual y de la anterior―, no corresponden a lo que se entiende por talante democrático. (Aplausos).
Vamos a hacer un ejercicio de imaginación ―a ustedes les resultará fácil, porque todos los días inventan cosas, se las creen y luego las cuentan como si fuesen verdad―. Imaginemos por un momento que España tuviese un Gobierno preocupado por el bienestar de los ciudadanos, de estos ciudadanos, de todos los ciudadanos. ¿Habría dejado de poner en práctica medidas contra la regresión del litoral, abandonando las playas a su suerte y comprometiendo la permanencia de numerosas viviendas legales y legítimas en primera línea del litoral? No.
Imaginemos un Gobierno de España que no forzara a ningunear el mandato del Poder Legislativo, manejándolo a su antojo. ¿Tendría congelada durante más de catorce meses una proposición de ley que viene del Senado? No.
Imaginemos un Gobierno cuya preocupación no fuese estar pendiente de lo que sale cada día de sus cloacas y de cómo explicar que tenga al hermano del presidente del Gobierno y al fiscal general del Estado a punto de sentarse en el banquillo y que pudiese estar pendiente de las necesidades de vivienda de todos los ciudadanos, y no solo de la de Jessica. (Aplausos). ¿Obviaría la preocupación de miles de ciudadanos españoles, que ven amenazadas sus propiedades, sin saber qué va a ser de ellas? No.
Imaginemos un Gobierno que no viviera ensimismado en su permanencia en el poder y se preocupara de la economía real de las familias. ¿Dejaría a su suerte a pequeños hosteleros y autónomos que viven esperando los tres meses del año en que sus negocios resultan rentables? No.
Imaginemos un Gobierno que no se burlase de los muchos miles de personas que exigen en la calle la dignidad de sus gobernantes. ¿Despojaría de sus propiedades a sus ciudadanos indefensos, que no son la causa que ha provocado la regresión del litoral? No.
Y una más y les dejo ―que parece que les molesta verse en el espejo―. Imaginemos un Gobierno cuya acción fuese ayudar a los ciudadanos que lo necesitan, y no retorcer la realidad a su antojo, ocultar ni retener ayudas a los ciudadanos, que las esperan para volver a la normalidad después de una catástrofe natural. ¿Tendría a miles de familias viviendo en la incertidumbre de hasta cuándo van a poder tener sus casas o trabajar en sus negocios? No. (Aplausos).
Pues en esas condiciones podríamos decir que están innumerables poblaciones. Solo a modo de ejemplo, Torre la Sal, Cabanes, Almenara, Moncofa o Nules, en Castellón; Sagunto y Tabernes de la Valldigna, en Valencia; la playa de Nares en Puerto de Mazarrón, Puntas de Calnegre en Lorca, playa de Levante en Cabo de Palos o Los Nietos en el Mar Menor, todos ellos en la región de Murcia; les casetes de vorera en Menorca; el barrio del Altillo y la Barranquera, San Andrés en Arucas, Tufia, Telde, La Bombilla en Tazacorte, Los Llanos, Puerto Talavera en Barlovento, Punta Larga y El Faro, todos ellos en las Islas Canarias; Lloret o S’Agaró, en Gerona; los núcleos tradicionales gallegos y las edificaciones en las costas vascas, cántabras o astures en el mar Cantábrico, y muchos otros que podía nombrar si el tiempo me lo permitiera. Todos ellos tienen dos cosas en común: la primera, su arraigo, su identidad propia, su vinculación a medios de vida tradicionales y su reconocimiento social e institucional; la segunda, la permanente amenaza a que su Gobierno les somete con ser despojados de su propiedad, desalojados o simplemente derribadas, en nombre de la legalidad, que no distingue entre lo accesorio y lo esencial.
Señorías, cuando los procesos de deslinde afectan a estas realidades no actúan como herramientas de protección ambiental, sino como instrumentos de desposesión. Muchas veces se trata de viviendas levantadas hace más de un siglo, consolidadas y respetuosas con el medio, que ya no pueden ser sustituidas ni replicadas. Destruirlas es perder patrimonio y, lo que es peor, no garantiza la recuperación ambiental del ecosistema, porque en demasiadas ocasiones esos espacios quedan degradados y abandonados, sin uso ni sentido. Y no lo decimos solo nosotros, lo reconocen así las propias comunidades autónomas, que han otorgado a muchos de estos conjuntos la condición de bienes de relevancia local, bienes de interés cultural, conjuntos catalogados por su valor histórico, etnológico o arquitectónico.
Sin embargo, paradójicamente, esa protección desaparece en cuanto entra en juego el deslinde del dominio público marítimo-terrestre, porque nuestra Ley de Costas no prevé una respuesta adecuada para estos casos singulares. Y eso es lo que venimos a corregir con esta proposición. No venimos a vaciar de contenido el artículo 132.2 de nuestra Constitución, que protege el dominio público. Al contrario, lo que proponemos es armonizar esa protección con la realidad consolidada de unas construcciones que no solo no amenazan al medio ambiente, sino que forman parte indiscutible del paisaje cultural del litoral español. Lo que venimos a proponer es dar seguridad jurídica a estos legítimos propietarios, que, sin merecerlo, se ven amenazados por efectos que ellos no han causado. Venimos a proponer preservar lo que ya existe cuando tiene valor, cuando está integrado, y todo ello sin renunciar a la protección ambiental, sino que se ejerza con sentido común y sensibilidad hacia el territorio y sus gentes.
Decía esta semana una diputada de Compromís: «Necessitem una solució per a les persones que no han fet res malament i que están patint la problemàtica de la regressió de les platges». Eso es precisamente lo que venimos a pedir hoy. Y hoy, señorías de Compromís, tienen una oportunidad para dejar claro a favor de quién están.
Esta proposición no solo habla de edificios, sino de personas, de comunidades, de memoria colectiva y de actividad; habla de un patrimonio vivo, de un país abierto al mar que no puede medirse con criterios técnicos, sino que exige una mirada política y ética. Por eso vamos un paso más allá pidiendo que se reconozca también el papel y la realidad de otras instalaciones de interés local, como los clubes náuticos, que forman parte de la identidad de nuestro litoral y que, por lógica, precisan tener sus instalaciones junto al mar. Valgan como ejemplo el Club Náutico Bétulo, en Badalona, o el más comprometido en este momento en Sitges, aunque podríamos citar una cantidad mucho mayor, los cuales han contribuido ―y lo siguen haciendo― al crecimiento deportivo, social y económico de sus ciudades y al desarrollo de una actividad que hoy también se ve amenazada por una aplicación rígida de la ley que pedimos adaptar a esa realidad.
Nuestra propuesta de modificación de ley pretende dotar de seguridad jurídica y protección a estos núcleos tradicionales. Es una modificación que no generaliza, sino que permite actuar caso por caso con rigor, con criterios claros, pero también con sensibilidad y que se reconozca lo que ya reconocen muchas Administraciones autonómicas y locales, y es que no todo lo construido junto al mar es igual, que no todo lo que está cerca del mar es ilegal y que hay lugares, muchos lugares que merecen una excepción razonada porque representan un valor que no podemos permitirnos perder.
No se trata ―insisto― de abrir la puerta a nuevas ocupaciones ni de justificar abusos. Se trata de proteger lo que tiene valor y lo que ha sido construido con respeto y con sentido de pertenencia. Se trata de aplicar la ley con sensibilidad y con inteligencia, de reconocer lo singular y de avanzar hacia una legislación de costas que no sea solo reactiva y restrictiva, sino también propositiva y abierta a situaciones singulares.