Carlos Flores Juberías
Señorías, las catorce fuerzas políticas —Junts, Esquerra, Bildu, PNV, SUMAR y desde esta misma semana también Podemos, a los que felicito por su ascenso en este hemiciclo― que desde el pasado mes de noviembre gobiernan este país y también el partido por cuya intermediación lo hacen, el ‘sanchista obrero español’, llevan meses y meses repitiéndonos un mantra, el de que es necesario, es inaplazable, es urgente, es imperioso desjudicializar la política. No se me confundan, no estoy hablando de despolitizar la justicia, que este es en cambio un empeño que lleva décadas —desde 1985 cuando menos— sobre la mesa y que, unas veces por acción y otras veces por omisión, vamos dejando y dejando siempre para mañana, normalmente para la siguiente legislatura.
Desjudicializar la política es lo que la portavoz del anterior Ejecutivo reclamó en febrero de este año, cuando en respuesta a una resolución del Tribunal Supremo contraria a sus intereses defendió las bondades del diálogo para normalizar las relaciones institucionales, recuperar los afectos entre catalanes y mejorar la convivencia de todos, abogando por evitar la judicialización de los problemas políticos; es lo que el presidente del Gobierno propuso tal día como hoy hace exactamente un año, cuando en plena tramitación de la reforma de los delitos de sedición, malversación de caudales públicos y desórdenes defendió en Barcelona la necesidad de devolver la confrontación y el debate político al territorio de la política y sacarlo de los juzgados.
No es esta una idea que comparta; no la comparto como ciudadano, no la comparto como jurista, no la comparto como diputado. No la comparte mi grupo, no la comparte el grupo mayoritario de la Cámara, no la comparten los once millones de españoles que nos votaron y estoy convencido de que tampoco la comparten una buena parte de los siete millones de ciudadanos que votaron al Partido Socialista. No la compartimos los que nos encontramos persuadidos de que nadie que se dedique con honestidad al ejercicio de la política tiene nada que temer de los jueces y de los tribunales de nuestro país (aplausos); quienes nos hallamos persuadidos de que ninguna institución constitucional se halla más comprometida en la defensa de los derechos y las libertades de los españoles ―e incluyo los derechos de participación política― que el Poder Judicial; los que creemos que nada bueno puede esperarse de unas fuerzas políticas que se conjuran para gobernarnos al margen de la ley o que se esconden de quienes tienen la misión de preservarla.
Aun así, déjenme que siquiera por unos minutos haga como que doy por buena esta tesis y sustituya la apelación al estricto cumplimiento de las leyes por la defensa de una proposición no de ley. Hoy, que una diputada de Podemos acaba de amenazar con llevar a los tribunales al Gobierno o a la mayoría socialista, déjenme que sea yo el que intente reivindicar la política. Una proposición no de ley que, como bien saben ustedes, es uno de los instrumentos de los que esta Cámara dispone para orientar la acción del Gobierno, instándole a seguir una determinada política o a abstenerse de tomar determinadas medidas, sin que su aprobación conlleve modificación alguna de nuestro ordenamiento jurídico susceptible de acabar con el presidente del Gobierno sentado en un banquillo.
Una proposición no de ley cuyo contenido queda de manifiesto en su mismo enunciado: impedir que miembros del Gobierno o cualquier autoridad o funcionario colaboren, negocien o pacten con prófugos de la justicia; pero que, incluso, sería susceptible de resumirse en una demanda tan sencilla de enunciar como sencilla de cumplir, la exigencia de que el Gobierno que encabeza el señor Sánchez —al que no veo por aquí y al que supongo que estará firmando ejemplares de su libro en El Corte Inglés de Moncloa— respete esta Cámara y a los ciudadanos a los que esta Cámara representa; y que le brinde a este Congreso, y también al Senado, el respeto y la consideración que uno y otro merecen, en su condición de más altos representantes del pueblo español, de titulares de la potestad legislativa del Estado de instituciones legitimadas para el control del Gobierno. El respeto y la consideración que el señor Sánchez y sus enviados les hurtan cada vez que se desplazan a Bruselas o a Ginebra para discutir y acordar con prófugos de la justicia asuntos que solo entre estas cuatro paredes pueden ser acordados y que solo aquí merecen ser discutidos. El respeto y la consideración que el señor Sánchez y sus enviados burlan cada vez que en esas reuniones semiclandestinas suscriben acuerdos que menoscaban las leyes salidas de este Parlamento y, aún, la ley de leyes que los ciudadanos españoles ratificamos en referéndum el 6 de diciembre de 1978. El respeto y la consideración de los que el señor Sánchez y sus enviados hacen mofa cuando se sirven del dinero que los contribuyentes les confiaron para agasajar a criminales convictos, pero nunca arrepentidos, que han hecho además gala de su deseo de repetir sus crímenes. Y, ya puestos, que les brinde también a los españoles, a los que esta Cámara representa, el respeto y la consideración que merecen en tanto que titulares de la soberanía nacional y ciudadanos libres e iguales en un Estado democrático. El respeto y la consideración que el presidente del Gobierno y sus enviados les niegan ―nos niegan― cuando venden en almoneda nuestra soberanía, menoscabando ante nuestros aliados la imagen de nuestro país; cuando nos homologan ante los ojos de la opinión pública internacional con tantos otros estados fallidos o al borde de serlo, como Bosnia, Kosovo, Ruanda, Colombia o El Salvador, que tuvieron que recurrir a mesas negociadoras montadas en países lejanos y bajo la supervisión de potencias internacionales para resolver los diferendos que no fueron capaces de encarrilar en sus todavía precarias instituciones representativas; o cuando ofenden el más elemental sentido de la decencia, ofreciendo a los prófugos con los que se sientan a negociar ventajas penitenciarias o, directamente, la más absoluta impunidad a cambio de votos. (Aplausos).
Soy perfectamente consciente de que, con el Gobierno que tenemos y con la mayoría que le sustenta, las posibilidades de que esta proposición no de ley llegue a buen puerto son escasas y aún menores las de que, en el caso de ser aprobado, el Ejecutivo dé cumplimiento a una demanda tan cabal como esta. Así que me permitirán que dé por concluidos esos tres minutos de defensa de la política y de apuesta por la desjudicialización de la política, y que vuelva a recordar que existe el derecho y vuelva a recordarles a los señores del banco azul que, sea cual sea el resultado de este debate y de esta votación, el artículo 408 del Código Penal va a seguir estando donde estaba. Es ese artículo que castiga con la pena de inhabilitación especial para empleo o cargo público por tiempo de seis meses a dos años a aquellas autoridades o funcionarios que, faltando a la obligación de su cargo, dejaren intencionadamente de promover la persecución de los delitos de que tengan noticia o de sus responsables. Y para hacerles saber y hacer saber también a los españoles que nos están escuchando que, en tanto que sobreviva una sola de las leyes que los españoles nos hemos dado para proteger nuestra convivencia y asegurar nuestra integridad como nación...