Gerardo Pisarello Prados
Grupo SumarDiputado.Página 22Vídeo
Gracias. Hace unos días el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, reconoció aquí ante los ojos del mundo que había un Estado, Israel, y un Gobierno, el de Netanyahu, que estaban masacrando a decenas de miles de palestinos. Pero no lo hizo de cualquier manera; denunció que las bombas y que el hambre que están condenando a tantas mujeres, niños, ancianos tienen como objetivo impedirles ser pueblo, impedirles existir. Y todo eso, señorías, tiene un nombre: genocidio (aplausos); no cualquier nombre, sino el que designa el crimen más grave y lacerante que pueda cometerse contra un colectivo humano. En nuestra conciencia moral y política, los genocidios cometidos contra los pueblos judío, gitano, armenio, congoleño, contra las naciones indígenas de América y tantas más no son crímenes cualesquiera; son crímenes tan despiadados, tan encarnizados que no solo ofenden al pueblo concreto afectado, sino a la humanidad toda, y precisamente por eso no admiten la indiferencia o el silencio como reacción. Seguramente eso fue lo que quiso decir el presidente del Gobierno al sugerir que nosotros no mirábamos hacia otro lado y que por eso no comerciamos con un Estado genocida. Lo que ocurre es que esa frase, leída en su conjunto, dejó un mal sabor de boca, incluso un poco de rabia, porque sabía a media verdad, cuando no a falso testimonio. ¿Por qué? Porque según datos del propio Estado de Israel, hoy se sigue facilitando desde España la exportación e importación de armas que apuntalan las masacres contra Palestina. ¿Por qué? Porque según organizaciones como la Internacional Progresista o el Palestinian Youth Movement, puertos como el de Algeciras siguen utilizándose para pasar armas, munición, componentes hacia territorio israelí. ¿Por qué? Porque, según datos de la propia Secretaría de Comercio, se siguen manteniendo vínculos con empresas israelíes como Rafael y otras que se jactan de haber probado en Palestina el material de combate que luego venden. Y, frente a esa realidad incontrastable ―hay que decirlo―, resulta un insulto que el ministro Albares o el ministro Marlaska o la ministra Robles pretendan minimizar estas denuncias o degradarlas a imprecisiones, porque estamos hablando, señorías, de más de quinientas entidades que llevan décadas estudiando cómo se perpetran estos crímenes en Palestina y la opacidad contractual que los caracteriza; porque estamos hablando de periodistas y de juristas serios, como Olga Rodríguez o Eduardo Melero, que saben que el embargo integral de armas es una manera clave para prevenir el genocidio, como advierte Naciones Unidas y como pide la Corte Internacional de Justicia; porque estamos hablando de festivales y de artistas como Fermín Muguruza, Reincidentes y tantos más que ya se están negando a participar en festivales impulsados por el fondo israelí KKR, vinculado a asentamientos ilegales; porque estamos hablando de críticas que han hecho aquí compañeros que dan apoyo al Gobierno en muchos otros temas, como Mertxe Aizpurua, Ione Belarra, Gabriel Rufián, Néstor Rego, Agustín Santos o como mañana hará Enrique Santiago. ¿Y por qué? Porque, si por la mañana se dice una cosa pero por la tarde se hace otra, lo que parecía valiente comienza a parecer falaz e hipócrita; porque, si por la mañana se grita genocidio pero por la tarde se sigue comerciando con las empresas que lo propician, lo que se produce es una degradación de la palabra empeñada; porque, si por la mañana se grita «basta de muertes» pero por la tarde se ampara el negocio que la facilita, lo que parecía denuncia se convierte en complicidad. (Aplausos). Y no nos engañemos, señorías, porque mucho de lo que propone la iniciativa legislativa que hoy traemos aquí podría haberse hecho ya, con voluntad política en el Consejo de Ministros. Pero, aun así, es importante ese debate; es importante para las víctimas de estos crímenes atroces y también para desenmascarar la miseria moral de quienes los justifican. Señorías, yo nací en un país, Argentina, que todavía hoy vive el trauma de los salvajes atentados terroristas perpetrados contra la embajada de Israel en 1992 y contra la AMIA en 1994, que dejaron centenares de personas muertas y heridas. Y precisamente por eso me subleva que los neofranquistas, que cada 12 de octubre se calzan el yelmo en la cabeza y celebran la expulsión de judíos y moriscos, vengan a esta Cámara a envolverse en la bandera de Israel para disimular su antisemitismo histórico. (Aplausos). Y digo también que yo fui parte de un Gobierno, el de Barcelona, que denunció como ninguno los infames pogromos cometidos en el siglo XV contra la comunidad judía de la ciudad y que reconoció en el Nomenclátor a rabinos humanistas como Salomón ben Adret.
Pero precisamente por eso, por respeto a la memoria de hebreos humanistas como ben Adret, como Maimónides, como Baruch Spinoza, ese mismo Gobierno no dudó en suspender las relaciones comerciales con Tel Aviv como forma de presión cuando Netanyahu anunció el proyecto criminal y segregacionista que todavía hoy se despliega en Gaza y Cisjordania, porque no nos engañemos, detrás de la iniciativa, del embargo que hoy traemos aquí, no solo hay cientos de miles de palestinos movilizados en todo el mundo; también hay miles de judíos y judías que están plantando cara a Netanyahu y que están arriesgando su libertad por eso. Ahí está el caso de las estudiantes y de los estudiantes judíos que están protestando contra el genocidio en universidades norteamericanas. Ahí está el caso de judías pacifistas como Naomi Klein, como Judith Butler y tantas otras. Ahí está el caso de Ben Cohen, creador de los helados Ben & Jerry’s, que dejó de vender en los asentamientos ilegales por considerarlo una violación de derechos humanos y que fue arrestado hace unos días en el Senado por protestar contra la financiación de la ofensiva israelí. Son cientos de miles, en realidad, los palestinos y las palestinas que piden juntos el fin del negocio que hoy ampara la ocupación y que permite asesinar con bombas y con hambre a centenares de niños, de ancianos y de mujeres en pocos días.
¿Y qué tienen para decir PP y VOX al respecto? ¿Que toda esta gente es antisemita? ¿De verdad, señorías, un partido como VOX, cuyos dirigentes se han pasado la vida flirteando con ideas nazis y ahora encuentran en Netanyahu la coartada para su islamofobia, pueden tener el cuajo de acusar de amigos de Hamás a los activistas judíos que ayer denunciaban la limpieza étnica a las puertas de Gaza? ¿De verdad, un partido como VOX, que dio cobijo a neonazis como Jordi de la Fuente o Pedro Varela, tiene la catadura moral de señalar como antisemitas a religiosos judíos detenidos en Nueva York o en otros sitios por sostener que las masacres cometidas por Netanyahu vulneran principios básicos recogidos en la Torá o el Talmud? (Aplausos). ¿Y el Partido Popular? ¿Qué autoridad tiene el Partido Popular para acusar a nadie de antisemitismo, cuando su propio alcalde en Madrid, José Luis Martínez-Almeida, homenajeó sin ruborizarse a un falangista y judiófobo confeso como Millán-Astray? ¿Hasta dónde podría llegar un partido que se jactaba de haber hecho crecer los votos para Israel en Eurovisión solo para desgastar al Gobierno, mientras los tanques de Netanyahu arrasaban Palestina?
Señorías, esta semana se cumplía el 77.º aniversario de la Nakba, la palabra que en árabe califica la expulsión por fuerzas israelíes de más de setecientos mil palestinos de sus hogares en 1947 y 1948 con amenazas y masacres. Y la Nakba, por desgracia, no es un acontecimiento del pasado, refleja crímenes abominables que nunca se han dejado de cometer. Todos sabemos que nada de esto comenzó ayer ni en octubre de 2023, y, sin embargo, Europa lleva décadas mirando hacia otro lado o estrechando sus relaciones con Israel con alianzas comerciales preferenciales y con compra y venta de armas. ¿Cómo va a representarnos esa Europa belicista, cómplice, hipócrita a millones de personas que habitamos en el continente? ¿Cómo van a representarnos unos dirigentes europeos que no dudaron en plantear la salida de Rusia en Eurovisión y que, en cambio, ahora bailan entusiastas al son de las canciones de Israel? ¿Cómo van a entusiasmarnos esos dirigentes europeos, sumisos a Biden y a Trump en su nefasta política con Palestina, que ahora nos piden que nos endeudemos en millones para comprar más armas a Estados Unidos, que muy probablemente irán otra vez a manos de Netanyahu? Pues hay que plantarnos de una vez y decir alto y claro: No en nuestro nombre. (Aplausos). Nos lo ha pedido explícitamente la relatora de Naciones Unidas para los territorios ocupados, Francesca Albanese; nos lo están pidiendo cientos de miles de personas que en Londres, La Haya, Madrid, Barcelona y tantas otras ciudades se están manifestando contra los planes criminales de Trump y Netanyahu para Palestina, y nos lo están pidiendo las personas que esta misma tarde se van a concentrar aquí, frente a este Congreso. Hay que prohibir la venta, suministro, transferencia o exportación de armamento que tenga como destino directo o indirecto cualquier país que esté cometiendo crímenes contra la humanidad o genocidios.
Yo estoy seguro de que esa medida tendría el apoyo de líderes religiosos como el papa Francisco, que hasta el último momento pidió a los pueblos del mundo que nos movilizáramos no por el rearme, sino por el desarme, y nos recordó que las guerras son siempre una derrota. Y también estoy seguro de que les hubiera gustado a otros dirigentes laicos, efectivamente, como José Pepe Mujica, quien no dudó en reconocer el Estado palestino cuando era presidente de Uruguay, en pedir la liberación de los rehenes de Hamás y en propiciar hasta su último aliento una solución de alta política, como decía él, que hiciera callar de una vez las armas.
Entre nosotros, señorías, tenemos un presidente que quizás interese a las nuevas generaciones del Partido Popular, que tanto se divertían enviando SMS compulsivos en las votaciones de Eurovisión. Respecto a la suspensión del comercio con Israel decretada por Mariano Rajoy, ese peligroso antisemita, en el año 2014, si fue posible entonces, que lo sea ahora, porque no puede ser que los beneficios manchados de sangre de unas pocas empresas pesen más que la vida de miles de niños, porque no puede ser que el cinismo de los canallas, de los que querrían entronizar la ley del más fuerte se imponga impunemente. Palestina es hoy el laboratorio de un proyecto cruel, inmoral que, de abrirse camino, acabará llegando a la humanidad toda. No lo permitamos. En cumplimiento de la convención contra el genocidio, de los mandatos de Naciones Unidas y de la Corte Internacional de Justicia, aprobemos un embargo de armas que establezca un precedente para Francia, para Alemania, para el Reino Unido y el resto de los países de Europa en defensa de los miles de niños palestinos, de las mujeres, de los ancianos, masacrados, que ya no pueden hablar. Pongamos fin al comercio de armas, paremos el genocidio y trabajemos activamente por la paz. (Aplausos). Y hagámoslo, señorías, evocando una vez más las perennes palabras de Primo Levi, judío antifascista y sobreviviente del Holocausto: Si no somos nosotras y nosotros, ¿quiénes? Si no es ahora, ¿cuándo?
Muchas gracias. (Aplausos de las señoras y los señores diputados del Grupo Parlamentario Plurinacional SUMAR, puestos en pie).