María Guijarro Ceballos
Eskerrik asko, mahaiburu andrea. Arratsalde on, señorías. Que paren el mundo que me quiero bajar. ¿Les suena? Si Mafalda o Quino levantaran la cabeza gritarían a pleno pulmón esto frente al estruendo de la motosierra. Y ese grito, ese deseo de bajarse del mundo deben estar sintiéndolo millones de mujeres, de niños, de niñas, de hombres, que claman con sus propias voces desde sus países para que los veamos y, sobre todo, los miremos, para que los oigamos y, sobre todo, los escuchemos, para que los acompañemos en su lucha por recuperar la justicia y la igualdad que nunca debieron perder. (Aplausos). No podemos mirar hacia otro lado mientras que se desmantela la arquitectura de la ayuda humanitaria y de la cooperación al desarrollo en Estados Unidos y en algunos países de la Unión Europea. Es un mensaje de desesperanza y, además, es un mensaje de torpeza geopolítica, y nos obliga a reaccionar de una forma firme y también inteligente, porque la cooperación al desarrollo no solo es solidaridad, es una inversión en estabilidad global. El mundo está interconectado, lo sabemos; las pandemias, las guerras o las crisis energéticas no conocen fronteras, así que la solidaridad internacional evita conflictos, contribuye a la seguridad, por ejemplo, en el eje del Mediterráneo, reduce los efectos boomerang y fomenta economías sostenibles en nuestros países socios. La solidaridad internacional protege los derechos humanos, fortalece el Estado de derecho y contribuye a una sólida gobernanza democrática. Por eso, el compromiso con la cooperación es irrenunciable. Les leo algo que dice el Servicio Jesuita a Refugiados: A corto plazo las vidas de muchas personas, las más vulnerables, están en juego; a medio y largo plazo también lo está nuestra capacidad para hacer frente al cambio climático, los flujos migratorios o las pandemias. Ningún país puede responder en solitario a tantos desafíos globales. (Aplausos). Señorías, Estados Unidos ha anunciado un recorte del 92 % en sus programas de cooperación, es decir, casi 60 000 millones de dólares al año. La ayuda estadounidense suponía más de un 40 % de la cooperación mundial. Además, el Reino Unido ha anunciado recortes en un 40 %, Francia en un 35 %, Bélgica en un 25 % y Países Bajos y Suiza van por el mismo camino. Y esas cifras, aunque pequeñas para las economías más ricas, son absolutamente devastadoras para millones de personas, para comunidades rurales que intentan salir de la pobreza, para niños y niñas que podrían perder su acceso a la salud y a la educación. Solo en este año quince millones de personas más podrían enfermar de malaria y se perderían más de veinte años de trabajo contra el VIH. Y no lo dice solo este grupo parlamentario. Yo les pido que lean a Filippo Grandi, el alto comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, o a Alistair Dutton, secretario general de Cáritas Internacional, o a cualquiera de las ONG y de las coordinadoras de las ONG. Pero, sobre todo, me gustaría que escucharan también a las personas que trabajan en el terreno.
España debe seguir en el lado correcto de la historia, debe seguir trabajando con la comunidad internacional y la Unión Europea para reforzar políticas públicas de cooperación, de paz, de derechos humanos y libertades fundamentales. Nuestro país ha mantenido históricamente una posición firme con los Gobiernos de izquierda, desde el presidente Zapatero hasta la actualidad, y durante los últimos siete años, el Gobierno progresista ha intentado recuperar el presupuesto de cooperación que el Partido Popular dejó en mínimos, pero en mínimos, durante una década, y las comunidades autónomas que están gobernadas por el Partido Popular y VOX siguen recortando año tras año y están debilitando una cooperación descentralizada que sostuvo el sistema en la época de Rajoy pero que hoy está en peligro por sus alianzas con la ultraderecha.
Miren, ustedes no respetan nada. Aragón va a recortar el 76 % de su presupuesto en cooperación, Andalucía un 13 %, el Ayuntamiento de Sevilla, donde en junio se va a celebrar la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo, lo ha recortado en un 40 %, a petición de su socio municipal, VOX, que califica la ayuda internacional como no decente, y en Valencia, ¡ay, Valencia!, hace una semana se eliminó el convenio con la agencia de Naciones Unidas que atiende a los refugiados palestinos. Yo no tengo muy claro si en Valencia ahora van a apoyar esa agencia que pretende el Estado israelí, que solo quiere expulsar a gazatíes. Y, además, se aprobó el mayor recorte de gasto en cooperación en la Comunidad Valenciana en toda la historia, un 40 %. Y no se detienen ahí, porque Mazón, en ese discurso que tiene, desnortado e indecente, comparó el genocidio de Gaza con la situación de Valencia y aplicó esa miserable lógica de que primero los de aquí. ¿Y dicen ustedes que se sienten orgullosos? ¿Dicen ustedes que no están renunciando a sus principios? ¿Y se aplauden, y mucho, entre ustedes? La ultraderecha y ustedes con ellos, señorías del Partido Popular, han lanzado otra cruzada también contra las ONG. Las califican de chiringuitos ideológicos y asimilan a todos los inmigrantes con delincuentes. Oigan, ¡pero no les piden la documentación cuando los inmigrantes se llenan de barro hasta las orejas para que les ayuden en el peor momento de la historia de Valencia! (Aplausos). Y quieren expulsar a los menores migrantes, que, por cierto, vienen de esos países donde se recorta la solidaridad internacional. Y quieren eliminar la Agenda 2030. Y han renunciado al Pacto Verde Europeo, aunque les sirve ese otro pacto que tienen ustedes, que es el pacto de El Ventorro, y esos deben ser sus principios.
Por tanto, señorías, les pido a los demás grupos parlamentarios que no permitamos que la insolidaridad nos devore, que la extrema derecha y quienes los legitiman en las instituciones con sus narrativas de odio no nos impidan estar a la altura de una sociedad española que es reconocida como una de las más solidarias de Europa. Debemos seguir manteniendo la bandera de la cooperación, de la democracia, los derechos humanos, la cooperación como política pública y apoyar, sin ambages, el trabajo de las ONG, porque esto no es cuestión solo de dinero, es una crisis de responsabilidad, y el coste de la inacción lo vamos a medir en sufrimiento humano, lo vamos a medir en inestabilidad y en futuros perdidos. Y no hay opción, no podemos parar el mundo y bajarnos; lo que tenemos que hacer es pelear para que otros no sean bajados. (Aplausos). Por eso, por coherencia, por justicia social y dignidad, hoy, más que nunca, debemos reivindicar algo que no está muy de moda, que es el derecho a la solidaridad.
Eskerrik asko. Muchas gracias. (Aplausos).